5. Principio del intercambio equivalente.

1551 Palabras
—¿Renata, es importante que todos los días hagas esto? —le preguntó su madre. —¿Hacer qué? —le preguntó sonriendo y dejando un par de besos en sus mejillas, no sin antes darle un gran abrazo de oso. —Déjala, mujer, y no actúes como si no disfrutaras de sus abrazos y besos matutinos. La madre de Renata hizo un mohín enfadoso al igual que emitió un peculiar al chasquear su lengua. —Ya, ya, no importa lo que diga mamá, sé muy bien que disfruta que lo haga. El enfado de la señora Russell al ver a su esposo e hija compinchados contra ella los hizo reír a ambos. A pesar de eso, Renata no podía estar más agradecida por tenerlos de nuevo, por lo que, tras suspirar, se sentó en su lugar en la mesa. De inmediato sintió la mirada de sus padres sobre ella. —¿Qué pasa? —Nada, es solo que hace mucho que no traes a tu novio a la casa. ¿Ustedes dos han peleado? Renata empezó a ahogarse con un pedazo de pan tostado ante la pregunta de sus padres. —La última vez que vino, me dijo que quería hablar de algo importante conmigo. ¿Tú, madre, estabas segura de que más que decirme algo, era pedirme tu mano? —¿Mi mano? ¿Cómo por qué pediría él mi mano? —¿Cómo que por qué? —Porque es obvio que él te ama. La forma en la que te trata y lo atento que es con nosotros. Ella no dijo nada. ¿Qué podía decir? Ni ella todavía podía creer que había vuelto en el tiempo, ya que había muerto a manos del buen hombre que ellos creían que era Jorge. —A veces las apariencias engañan —les respondió a sus padres. —¡Ves! Te dije que algo había pasado entre ellos. Te dije que nadie podía ser tan bueno —dijo Martha, la madre de Renata. —Pero cariño, ni siquiera sabes qué es lo que ha pasado y ya estás pensando mal. Solo debe de ser un malentendido entre ellos, ¿no es así, hija? —dijo Javier, tratando de tranquilizar a su esposa. Renata supo que debía hacer algo; lo que menos deseaba era que sus padres pelearan a causa de Jorge. —Mamá, papá, sé que me aman, pero lo que haya o vaya a pasar entre Jorge y yo es solo entre nosotros. —Eso lo sabemos bien, es solo que… —dijo Martha. Renata se levantó de la mesa para abrazar nuevamente a sus padres y darles un par de besos. —Gracias por el desayuno y, sobre todo, gracias por estar aquí conmigo. Ya me voy; si no lo hago, voy a llegar tarde —mencionó antes de alejarse de ellos e ir al cuarto de baño a lavarse los dientes y así poder salir al trabajo. Tanto Javier como Martha no dijeron nada, solo observaron a su hija marcharse. “Veamos, hoy es 17 de enero. ¿Qué es lo que pasa el día de hoy?” Se preguntó, recordando que ese día llegaría tarde al ser acosada por un pervertido en el autobús de camino a su trabajo. Pero no en esta ocasión. Renata se subió al autobús como todos los días; como lo esperaba, el hombre pervertido se subió tras ella y la siguió, pero esta vez Renata no se sentó, sino que se quedó parada junto a otro señor. El hombre pervertido se colocó a su lado, pero no contaba con que ella cambiaría de lugar al señor, y fue a este a quien tocó. Lo que pasó después fue que el hombre pervertido recibió una valiosa lección; no solo fue bajado y llevado a la comisaría, sino que también recibió un buen golpe en el rostro por parte del señor al cual Renata le cedió el lugar al ser la próxima parada su bajada. —No cabe duda de que haber muerto y regresado a la vida tiene sus beneficios —se dijo a sí misma—, notando que aunque había logrado evitar que ese hombre le hiciera pasar un mal rato, todavía estaba a punto de llegar tarde. Por lo que corrió hacia el ascensor antes tratando de llegar antes de que las puertas se cerraran. —¡Por favor, paren el ascensor! —gritó con fuerza, llegando hasta las puertas pegables del ascensor cuando estas estaban cerrándose. Las puertas dejaron de cerrarse en el momento en que una mano varonil salió entre la abertura de ambas puertas antes de que terminaran de cerrarse. El dueño de esa mano varonil no era otro que Edmund Hannover, quien también iba llegando al igual que ella a la empresa. —Gracias —le agradeció Renata, entrando al ascensor en el cual solo se encontraban ellos dos. —No ha sido nada —le respondió él. Renata ya no dijo nada; sin embargo, no pudo evitar observar al CEO de pies a cabeza, dándose cuenta de la herida que tenía en el antebrazo. —¿Esa herida acaso fue de ese día? Edmund bajó de inmediato las mangas de su chaqueta, cubriendo los vendajes de la herida que se había hecho al protegerla. —No es nada —fue todo lo que le dijo antes de que el ascensor se detuviera en el piso que ambos iban a bajar—. Señorita Russell, será mejor que no se le haga costumbre llegar a esta hora. Por hoy haré que se lo dejen pasar, ya que yo también estoy llegando tarde, pero téngalo en cuenta por favor. Ella solo asintió, saliendo también del ascensor y caminando hacia su escritorio, mientras empezaba a darse cuenta de algo. Ella había evitado tener una horrible cicatriz en su pecho, sin embargo, esa cicatriz no es que hubiera desaparecido. Simplemente no fue a ella a quien le sucedió. Esta mañana había logrado que ese hombre no la tocara a ella, sin embargo, había tocado a alguien más. Eso significaba que lo que tenía que pasar tarde o temprano ocurría. Algo que ya había notado el día anterior pero que no le había prestado atención. Eso significaba que… —Así es, mi querida niña…—mencionó la señora de la intendencia, la cual dejó de hacer su trabajo para observar a Renata—. Todo en esta vida tiene un costo, ya sea que lo pagues tú o lo pague alguien más. Dime ahora que ya sabes que tal vez todo vuelva a ocurrir, ¿cómo es que vas a evitarlo? ¿Cómo vas a lidiar con el principio del intercambio equivalente?—dijo la anciana para sí misma, volviendo a tomar el mechudo que tenía en sus manos y así seguir haciendo su trabajo. Mientras tanto, Renata seguía pensando y analizando cada cosa que había ocurrido desde que había vuelto, preguntándose si realmente era cierto que todo tenía que suceder. Esto significaba que sus padres estaban en peligro. Lo que no sabía era por qué sus padres habían tenido que viajar en esa ocasión. La muerte de sus padres era un misterio para ella, ya que Jorge se hizo cargo de todo. Él fue quien habló con los detectives y aceptó lo que le dijeron: que un conductor ebrio había impactado de frente el auto de sus padres. Aunque ella le insistió en que eso no podía ser posible, ya que su padre no tenía un auto y no sabía de uno que hubiera comprado. Estaba tan absorta en sus divagaciones que no escuchó que Elizabeth le estaba hablando: —¡La tierra a Renata, hola! Enfadada porque no le prestaba atención, tiró el bote con bolígrafos y lápices, haciendo saltar a Renata. —¿Por qué has hecho eso? —¿Cómo que por qué? Te he estado hablando y no me escuchabas. Renata no deseaba hablar con ella, pero tampoco podía comportarse hostil con ella de la nada cuando todo el tiempo siempre había sido servil con ella. —Lo siento, es solo que tengo un montón de cosas en la cabeza. —Pobre de mi alma gemela, pero ya sé lo que te alegrará. ¿Por qué no vamos a comprar? —No puedo, tengo que empezar a organizar un proyecto para presentar en la próxima junta…— empezó a decir Renata. —No, tú me acompañarás a comprar y me comprarás algo en compensación por tenerme tan abandonada —le dijo Elizabeth, tirando de su ropa hasta escuchar un pequeño rasguño—, lo siento. No creí que fuera tan frágil. Pero bueno, por algo te había dicho que no te la compraras. “¿Que ella le había dicho que no se la comprara?”, pensó para sí misma Renata. Al recordar cómo su amiga había estado tan enfadada ya que a ella no le había quedado esa chaqueta en especial y a ella sí. Después de eso, Elizabeth no perdía ninguna oportunidad para menospreciar cómo se veía con la chaqueta puesta. Así que ya que tanto quería lo suyo, ¿por qué no darle todo? ¿Por qué no hacer que fuera ella quien muriera a manos de Javier o por qué no hacer que ambos murieran de la misma forma?
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