NARRA GEORGINA Estaba parada ahí, como una estatua, viendo cómo todo el mundo seguía a lo suyo. Nadie me prestaba atención. Ni un “hola”, ni un “oye, ¿necesitas algo?”. Nada. Así que, mejor me fui a la cocina, porque no pienso ser un adorno más en esta casa. Abrí la nevera y saqué lo que pude para armarme un sándwich. Total, si nadie me habla, por lo menos no me muero de hambre. Me senté en el taburete, con mi desayuno improvisado, y empecé a comer tranquila. Pero no pasó mucho tiempo antes de que Maxwell y yo nos cruzáramos miradas. —¿Oh? ¿Esta es la nueva sirvienta, Maxwell? —preguntó la pelirroja, con un tono que me dio ganas de revolear los ojos. No pude evitarlo y lo hice. Estaba a punto de responderle, pero Maxwell se me adelantó: —No, claro que no. Es una larga historia, pero q

