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1046 Palabras

"Y ella fue la que dijo que teníamos que apurarnos", murmuró Enyo desde un rincón de mi mente. "Te oigo, ¿sabes?", murmuré somnoliento mientras intentaba darme la vuelta. Un dolor abrasador me recorrió la espalda, la columna se me tensó en agonía, quitándome el sueño de los ojos. Enyo rió disimuladamente. "Perra", me quejé mientras evaluaba cuidadosamente mi situación. Las habilidades curativas de Enyo, con su licántropo, aceleraron el tiempo que nuestros vasos sanguíneos cortados habrían tardado en coagularse, deteniendo así, afortunadamente, la constante pérdida de sangre. Bostezó suavemente mientras apoyaba la cabeza en sus patas, sin apartar la mirada. Con cuidado, despegué mi cuerpo sudoroso del suelo resbaladizo y me incorporé de rodillas. El aire en aquella celda opresiva estaba

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