28 —Un pirado —dijo Slim, dando un sorbo a su café—. Sin duda. Y créeme, he visto muchos lunáticos. Siguió hablando de «visitantes». Si alguien atendía a esa descripción, era el hombre que tenía delante. Lia rio. —¿Entonces lo que te dijo no te sorprendió? —Sin duda tiene imaginación. El que eso sirva para algo en este caso… en este momento, lo dudo. Lia salió de la barra y palmeó la mano de Slim, dejando que se quedara allí la suya demasiado tiempo como para que fuera casualidad. Slim la miró a los ojos y sintió una vacilación momentánea ante lo que vio. A Lia parecía que le gustaba de verdad, algo que por su gran improbabilidad hacía que Slim se sintiera incómodo. Disfrutar de ello le daba el mismo tipo de sensación de culpabilidad que cuando volvía a la botella y le resultó difícil

