Amanece y anochece en el mundo siniestro de las vicisitudes malignas.
Los edificios eran como titanes con ojos luminosos, y la población, que estaba dormida, se levantaba con el sonido metálico de una alarma: un aviso para empezar la rutina.
Harumi, vestida, cocina el desayuno. Dejó dormir un poco a su hermana, dado que no quería levantarla tan temprano. El rayo de luz del alba bañaba la sala del departamento. Las aves graznaban, y el sol despuntaba tras edificios: inicia el trastorno de la sociedad amodorrada por el cielo incoloro.
Una hermana sepultaba el dolor de la desgracia que desmoronó, un día, su realidad. En su mente trajinaban recuerdos onerosos, eran claras impresiones de unos pies colgando sobre el tatami, su mano cubriendo la boca y sus lágrimas cayendo al suelo. Decía a su hermana, Naomi, que no debía pasar, pues su madre seguía durmiendo. Pero era un sueño eterno el que dormiría su madre, con una soga al cuello. El mundo en el exterior, sonaba. Un la alarma sonaba en las habitaciones de cada tokiota.
¿Por qué su madre las abandonó? ¿Cuántas personas se suicidaron cuando ella se suicidó? ¿Qué era su madre para ellas?
—Una muralla, un grito silencioso —susurró Harumi mientras lavaba los platos.
Hermana servía el desayuno, era una perita en la cocina. Se había levantado temprano, más de lo común, para preparar un desayuno tradicional. Hoy día trato de cocinarlo, pero no puedo, no soy ella y no soy como mamá. El aroma a pescado hacía rugir mi estómago, apenas refregaba mis ojos con las almohadillas de las manos y bostezaba. Oía el choque de los platos, pero ella era cuidadosa, en extremo, para no producir escándalo.
La vi en la cocina, silbaba una canción que solía tocar mamá en el shamisen. Hermana tocaba guitarra, le gustaba aprender acordes y canciones de The Beatles. En cambio, mamá, nos deleitaba con sus cantos y melodías del alma nipona. Nos llamaba, entusiasmada, para sentarnos alrededor de ella. Teníamos un brasero, era un brasero conservado por la familia desde la restauración Meiji. Esa cosa no nos interesaba, pero mamá conservaba las antiguallas de la familia. Ya existían calefactores, no hacía falta un brasero, era innecesario. Sin embargo, no puedo negar que había un halo místico, una conexión de nuestra historia en lo más profundo con un simple brasero. Cuando mamá cantaba, la brisa invernal se colaba por la ventana, movía las cortinas, que flotaban en la penumbra de la sala, el ruido de la ciudad se disminuía y caíamos en el poder hipnótico del shamisen y el canto. Apretábamos nuestras manos en el brasero para sentir calor, aunque estábamos abrigadas.
Su nombre era Umeko.
—Pronto estará listo el desayuno —dijo Harumi, enfocada en los ingredientes del caldo dashi para la sopa de miso.
—¿No consume tiempo preparar asa teishoku? —pregunté.
—¿Los buenos días? —Seleccionaba las verduras para el tsukemono.
—Buenos días. —Dejé escapar un bostezo.
—Buenos días.
—Me iré a lavar los dientes —avisé.
—Ve.
Después de lavarme los dientes y exprimir un grano en mi rostro, jugué con el gato en la sala. Me dolían los ojos por la intensa luz de la mañana, parecía un territorio de luz. Ahora que recuerdo, Harumi tenía el libro, Territorio de luz, de Yukō Tsushima en su biblioteca. Nuestra residencia era similar al del libro, sobretodo la iluminación que podía dejarte ciego, pero cuando tus ojos se acostumbraban a la luz, era espectacular estar en un campo bañado por la luz del universo.
—Deberías vestirte —sugirió Harumi, revisaba el arroz.
—Aún no he comido.
—Eso no importa, puedes comer con el uniforme puesto.
—¿Lo podré manchar?
—No eres tan torpe con la comida.
La revista en la mesa, sobre los consejos maternales, había desaparecido. Fui a la cocina y abracé las piernas de Harumi, mi mejilla derecha reposaba en su glúteo.
—¡Naomi! —Dio un pisotón al suelo.
—Gracias —dije y corrí a mi habitación.
Me vestí con paciencia, incluso peiné mi cabello. Éramos chicas de dejarnos crecer el cabello, no nos gustaba cortarlo. Preparé el abrigo, dado que era invierno. Luego recogí las tareas que había realizado, hojeé los cuadernos, verifiqué que nada faltara. Mamá nos disciplinó desde el temprano divorcio con mi padre.
Nunca conocí a mi padre, pero Harumi pudo conocerlo. Según mamá, no nació para ser padre, por ende, fue rígido e inexpresivo con hermana. Hubo un día que, mamá, nos confesó: «Él era amante de una alemana, habían preparado su viaje para partir a Berlín. Yo concedí el divorcio tras soportar sus infidelidades por trece años. Vive en Berlín, aunque él no amaba a su amante, realmente no amaba a nadie, era un ser incapaz de amar. Lamento que no hayan crecido con un padre digno». Mamá había tomado sake, más de la cuenta, estaba borracha cuando confesó el paradero de nuestro padre.
Cuando mamá bebía sake, Harumi, no entiendo por qué lo hacía, bebía con ella y terminaban discutiendo por estupideces. A veces parecía que iban a sacar una wakisashi e iban a matarse, hablaban como hombres y se insultaban como hombres. Si bien peleaban por nimiedades, un día discutieron porqué Harumi no había hecho una torta como le gustaba. Pese a todo, era inevitable quebrar el lazo que las unía. Sus estupideces eran poco frecuentes comparados con los viajes familiares. Desconocía que teníamos familia en Hokkaidō, Kioto, Osaka y Okinawa. Para realizar los viajes, Harumi y mamá reunían dinero de sus trabajos. Aunque mi tía Kumiko, hermana mayor de mamá, era empresaria en Roppongi y podía apoyarnos económicamente, mamá negaba la ayuda de Kumiko. Cuando mamá estaba borracha con mi hermana, decía: «Es una hipócrita, se acostó con tu padre catorce veces. Ella me visitaba a menudo, pero no lo hacía por mí ni por Harumi, era por el pene de tu padre. Kumiko es un ser que piensa en su propio beneficio, puesto que las acciones que posee y su posición en Roppongi fue gracias a la venta de su cuerpo. Se ha casado seis veces para obtener grandes sumas de dinero. Sus víctimas eran ancianos podridos en yenes y con propiedades en el territorio. Es una descarada, tu padre fue un placer pasajero, un juguete para demostrar su superioridad ante mí, y pisotear el apellido de nuestra familia».
Harumi, cuando murió mamá, negó la ayuda económica de Kumiko. Tía estaba interesada en mí y ella, por una razón que desconozco, me atraía de algún modo. Sus ojos eran similares a los de una serpiente cascabel, caminaba con garbo, lucía vestidos caros, en sus dedos y cuello mostraba diamantes y quilates de oro. La sola presencia de Kumiko Igarashi intimidaba y esclavizaba.
Debo añadir que desde la cremación de mamá, Harumi dejó de beber sake. En ocasiones sus amigos la invitaban a salir, pero ella se rehusaba a beber sake u otra bebida espirituosa. Ella bebía con mamá, y beber con otra persona sería descolocar un no sé qué en su interior. Harumi decía: «Me sabe mal por los demás, madre era la única que podía verme borracha y despotricar contra el mundo. Pero el sake era una forma de unirnos, una manera de aliviar nuestro sufrimiento diario, una tierra temporal que usábamos para cubrir el agujero. Con ella era distinto beber que con mis amigos. Una vez, mis amigos y yo, fuimos a emborracharnos a un bar, pero no fue igual. Ellos estaban borrachos, yo no. Por mucho que tomara y tomara, no podía, pero con madre me emborrachaba y peleaba, con mis amigos no». Admito que Harumi era rara o quizá no comprendía su depresión y resistencia a emborracharse con amistades.
—¡Ven a comer!
En la mesa había, servidos en sus respectivos platos y tazas, arroz, sopa de miso, tsukemono, salmón y huevos cocidos. Hermana había recogido su cabello con una cola, sus ojos se veían grandes a causa de los cristales de los lentes correctivos, su camisa blanca con un conejo, color rosa, permanecía impoluto, su falda larga mostraba sus piernas esbeltas, unos mechones delgados de cabello caían, de izquierda a derecha, en su rostro. Comimos en silencio, cada una ensimismada en su mundo y en sus problemas. El sonsonete gastado del mecanismo de un reloj, era nuestra pieza musical.
—Gracias —dije al terminar de comer.
—Te pasaré buscando tarde, una compañera está enferma y debo cubrir sus horas de turno —dijo al levantarse para recoger los platos.
—¿No deberías ir a la universidad? —pregunté.
—Si no trabajo hoy, no podré pagar el alquiler. —Recogió los platos y tazas—. Tan solo espérame.
—Te esperaré.
No sé por qué, pero tomé su mano. Ella me sonrió, su sonrisa era falsa.
—No escapes…
—Ya lo hablamos —interrumpí—. No iré a la torre.
—Espérame.
—Lo haré.
Salimos a las fauces de Shinjuku. Nos sentíamos pequeñas entre los edificios, pero nos sentíamos seguras con nuestras manos juntas. Harumi vestía el uniforme del café. No íbamos tarde ni retrasadas. Ella se detuvo en una máquina expendedora, compró dos barras de chocolate.
La muerte de madre había trastocado el comportamiento de Harumi. Antes se quejaba de mí, gritaba, pateaba las puertas, arrojaba objetos al suelo y, llorando en el balcón, abrazaba sus piernas. Yo me alejaba, porque, al acercarme, recibía parte de sus golpes e insultos. En las noches, cuando ella lloraba, yo también lloraba: no solo había perdido a mi madre, también a mi hermana. A causa de la conducta agresiva de Hermana, huía apenas salía de clases. Había aprendido a montar en el metro, me fusionaba con la masa de personas que me empujaban. No me importaban los codazos, las patadas, las magulladuras, ya que suficiente tenía con mi hermana y, por tanto, podía soportar la marea hiriente de la sociedad. Subía al Skytree, luego del viaje, contemplaba las arterias de la ciudad, su vida, sus luces, sus mentes, sus corazones, sus cascarones vacíos, sus miedos, sus muertes y sus nacimientos, todo pasaba en las calles, en los edificios, en los hospitales, en las casas, mientras estaba en lo alto. Mamá y yo solíamos venir aquí para presenciar al monstruo que nos engullía y consumía.
En cuanto llegaba Harumi, rompía con la pantalla lóbrega de mis ojos fijos en las luciérnagas del inframundo tokiota. Su mano me lastimaba, gruñía algo y me llevaba al apartamento. Luego que llegábamos al apartamento, procedía a gritarme, recibía cuatro o siete bofetadas, no lo recuerdo bien. En la escuela habían profesores que se preocupaban por las manchas de mi cuerpo, yo inventaba excusas para proteger a Harumi.
—Ya puedes soltarme, Naomi —dijo Harumi, se había agachado para abrazarme.
Ella había cambiado, algo la hizo recapacitar, volvía a ser mi verdadera hermana.
—Gracias —dije en su oído.
—¡Voy a llegar tarde! —exclamó y dio una palmada a mi espalda—. No tienes que andar agradeciendo todo lo que hago.
—Me da igual, quiero que lo sepas.
Me paré en la entrada de la escuela, la vi desaparecer cuando dobló una esquina. Ese día cuando la había abrazado, no quería que se apartara. Temía que volviera el demonio que la había poseído.
Después de clase, esperé, sentada, en un banco. Había un local, cerca, donde servían soba. Un Mustang n***o, estacionado, esperaba por una persona. Me impresionó el auto, mis ojos no despegaban la vista de él. Desconocía el poder de atracción de un simple auto.
Sentí que me observaban, giré para comprobar que no había nadie. El viento movió las ramas de un árbol. Regresé la vista al Mustang, se había ido. Un ave trinó, un grupo se estudiantes de secundaria superior pasó por mi lado, reían y hablaban en voz alta. Agucé el oído para entretenerme con la música del local, no tenía idea de quién cantaba, pero, inconfundiblemente, era inglés. Años más tarde comprendí que era una canción de la agrupación británica: Coldplay; el tema era Viva la vida.
Aún recuerdo su presencia umbría, su cabello desordenado, era alto y de apariencia frágil, su rostro era similar al cantante Hiroki Moriuchi, vocalista de My first story. Caminaba con el maletín en su espalda, cabizbajo, parecía como si estuviera viendo un objeto sin haberlo en la realidad.
Quería dejarlo de ver, pero podía, un hechizo había atrapado mi vista. Sudaba, juntaba mis piernas, apretaba los bajos de mi falda, las puntas de mis pies se encontraron. Mientras me ruborizaba, él me veía. Sabía que lo hacía. Un chico de primer año de secundaria no dejaba de verme.
—¡Naomi! —dijo una voz que reconocí: Aiko.
Se sentó a mi lado, recuperé mi racionalidad.
—¡No te asustes! —me dijo Aiko, pues había respingado con su llegada repentina.
Él dirigió sus ojos a Aiko y emitieron cierta felicidad, o eso parecía demostrar. Su semblante moribundo había cambiado, como si Aiko cambiara su tristeza por la felicidad. Luego bajó la cabeza y continuó su camino.
—Es guapo —dijo Aiko y dejó caer su cabeza en mi hombro, hizo un suspiro de enamoramiento. Cursi.
—Me da miedo, ¿lo conoces?
—Se llama Tanimura Yoshimoto, está con nosotras desde la guardería.
—¡¿Qué?!
No tenía idea que mi futuro mejor amigo había compartido la guardería con nosotras.
—Como lo oyes, pero nunca nos hablamos —aclaró Aiko.
Ese día, Aiko vestía el uniforme, tenía un collar de perlas sintéticas alrededor del cuello, un reloj de pulsera, con el dibujo de Hello Kitty, estaba en su mano derecha. Ella era amante de Hello Kitty, amor que reemplazó por Pokémon cuando conoció a Tanimura.
—Parece que le gustas —dije.
—¿Tú crees? —preguntó, sonrojada.
Aiko era una chica infantil, no sufría nada en su vida, era alguien normal y corriente, una tokiota sin complicaciones. Sus padres estaban vivos, laboraban, vivían juntos en un apartamento, se llevaban muy bien y no conocían la palabra «tristeza».
—Su rostro cambió cuando te vio.
—¡Él te veía de arriba abajo! Quizá eran tus piernas, son más bonitas que las mías.
«¿Qué me importa si tengo piernas más bonitas que las tuyas?», pensé. No iba a responder una estupidez estética.
Aiko no paraba de comparar su figura poco agraciada con la mía. Desde mi cabello hasta mis piernas, era como si deseara todas las noches, antes de irse a la cama, amanecer en mi cuerpo.
—¿Otra vez sola? —preguntó.
—¿No es evidente?
—¡Ah!
No entendí su exclamación.
—¿Qué haces a estas horas por aquí? Tus padres te recogen temprano —dije.
Toqueteaba su reloj con la punta de su uña.
—Vengo a esta hora para ver a Tanimura, siempre pasa por aquí con su amigo —confesó.
—Entiendo.
Estabas obsesionada con el infierno de Tanimura, Aiko.
¿No es el amor un infierno cuando es creado por dos seres disfuncionales? A pesar que Aiko no mostraba disfuncionalidad, Tanimura denotaba instabilidad. ¿Por qué te enamoraste de ese tipo? Podrá haber sido mi mejor amigo, pero te lastimó, te destruyó, su abismo se transformó en tu abismo. Aiko, desprendías inocencia, amabilidad, puerilidad, hasta caer en sus garras.
¿Cómo una mujer, estable, como Aiko pudo caer tan bajo?
¿Por qué no hice algo para salvarte de Tanimura?
¿Por qué no hacemos algo por las personas que decimos querer? Sus vidas son las nuestras.
Un avión comercial se zambulló en una nube, al salir, dejaba una estela blanca que formaban dos líneas.
—¿Esperas a tu hermana? —preguntó.
—Sí.
—Mis padres están trabajando, me buscan, me dejan y se van. No me quejo, tengo todo el día para hacer lo que quiero, y lo único que quiero es seguir a Tanimura —dijo.
—No conocía tu lado obsesivo.
Era su gran defecto, fui idiota por no haber tenido consciencia de ello.
—¡No es obsesión! —Me empujó ligeramente e hizo una risita tonta. Sus dientes eran perfectos, blancos y rectos—. Puede que me guste mucho, quizá pueda estar enamorada.
—¿Inseguridad? —pregunté.
Asintió.
—No soy tan hermosa como tú —dijo Aiko—. Él es guapo, no hay duda. Yo sería una burla para su imagen personal.
Además de obsesiva, Aiko menospreciaba su propio físico, emociones y actitudes, otra señal.
—¿Puedo acompañarlas? —soltó luego de durar unos minutos callada.
—Mi hermana no ha llegado, pero sí puedes venir con nosotras.
En aquel momento me sorprendió su pregunta, tenía a sus padres para regresar, no le hacía falta caminar en compañía. Actualmente, interpreto que Aiko se sentía sola en el apartamento, se aburría sin sus padres y buscaba compañía en cualquiera. Baja autoestima, obsesión por sanar heridas de un cascaron vacío y poca tolerancia a la soledad, tres señales. Empero, no está mal buscar compañía, la última señal no es tan alarmante como las dos primeras. Aunque, debe tenerse en cuenta que al buscar compañía, ya existe un especie de ruptura en el interior que grita por llorar o reír con una persona.
Aiko era el caso de una depresión silenciosa, a pesar de su aparente estabilidad familiar y de vida.
No podemos vivir en plena felicidad, siendo la felicidad un sentimiento efímero como la tristeza. Ambas deben converger.
Discurrieron las horas, hablamos vacuidades. Nuestra conversación era un barco que naufragaba por distintos mares. Me gustaba la compañía de Aiko. Mis respuestas eran cortas, pero amaba escucharla.
Tus dientes eran perfectos, tu caligrafía era mejor que la mía, tu corazón no era una piedra, tu familia estaba unida, tu vida era la que anhelaba tener. ¿Por qué querías tener mis piernas y mi supuesta belleza? Espero me respondas un día, Aiko. No dejes mis preguntas sin responder, te lo agradezco.
Al llegar Harumi, emprendimos rumbo al apartamento. Aiko vivía en un edificio contiguo al nuestro.