Entrada del diario de Harumi. No puede leerse la fecha, ya que la página está quemada. Sin embargo, el contenido permanece intacto.
¿Dónde estaba?
—¡Hermanita! —¿Naomi?—. ¡Despierta!
¿Por qué escuchaba tu voz? No estabas allí… El lugar no era para ti.
En un balde sonaba el caer de las gotas del techo. Limpiaba los platos. Trabajaba en el turno de la noche. Naomi había cumplido catorce años.
Me sequé las manos con un trapo y arreglé el moño de mi cabello. Tomé asiento en el taburete y liberé un suspiro largo. Espera a que apareciera que el jefe. Sin embargo, cuando la puerta se abrió, entró un hombre atildado. ¿Qué hacía un calvo, con lentes de sol, en la zona trasera de una cafetería a las siete y cincuenta de la noche? Él caminó hacia mí, tenía un aspecto aterrador, pero algo me decía que confiara en él.
—¡Hola! —dijo en voz alta, como si tuviera audífonos con el volumen a tope. Hizo una sonrisa de lado a lado. No respondí—. Soy amigo del dueño del local, muy pero muy amigos, ¿sabes? —Seguí sin responder—. Tú eres Harumi Igarashi y tu hermanita se llama Naomi. Ustedes hacen un dueto maravilloso, único. Pareciera como si la muerte de un pariente las hubiera unido, ¿entiende? No hay hermanos tan compenetrados en el mundo, como la sangre que se une por medio de una tragedia. ¡En fin! Vengo de parte de su tía. —Inclinó su cuerpo, vi el tatuaje que tenía oculto en el cuello.
—No, no estamos dispuestas a recibir ayuda —dije y me levanté—. ¿Por qué sigue insistiendo? No entregaré a Naomi…
—Ella también se interesa por usted, señorita Igarashi —afirmó con voz de publicidad televisiva.
—Mi madre, aún después de su muerte, no hubiera estado de acuerdo con los métodos de la tía. Conozco la clase de monstruo que es Fumiko Igarashi. Vi su tatuaje en el cuello, no me importa que ustedes sean miembros de la yakuza. Pueden extorsionarme todo lo que quieran, pero no entregaré a Naomi a las garras de Fumiko.
El hombre adoptó una expresión seria, la sonrisa se esfumó. Miró el sitio con evidente repugnancia. Yo aguardaba su respuesta. Se acercó al fregadero, agarró un plato limpio y pasó un dedo; en consecuencia, su yema rechinó. Entonces asintió, como complacido por mi labor. Luego me observó de arriba abajo.
—No tengo órdenes de extorsionarla, tampoco de emplear la fuerza. Vine a ofrecerte una oportunidad de salir de este cuchitril, pero, ahora, veo que te gusta este asqueroso lugar. Tú vives así, porque te gusta ser esclava de un gordo lame botas. Nosotros tenemos el control del barrio, en secreto. La policía local está de nuestro lado. Pudiera recurrir a varios métodos de convencimiento. Ya sabe, para que usted acepte a la fuerza y la señora Igarashi se sienta complacida. En vista de la circunstancia, me retiraré no sin antes dejarle una advertencia.
—No tengo miedo —dije, casi entre dientes y con mirada desafiante—. Mi hermana no será prostituida por ustedes.
El yakuza se dio la vuelta y se detuvo bajo el umbral de la puerta.
—Tarde o temprano, usted, señorita Igarashi, sucumbirá a la presión que atañe su vida. ¿No deseas lo mejor para Naomi? ¿No quieres pagar la universidad sin tantos problemas? Un día se acabarán los ahorros que tienen el banco. ¿Sabe? Para no aburrirla, si quisiéramos, usted viviría un infierno donde quiera que pisase…
—¡Lárgate! —grité, con furia—. No me interesa oír la maldita advertencia de costumbre. Tú no eres el único siervo que ha enviado aquí. Esta no es la primera vez que escucho las mismas palabras, año tras año, desde la muerte de madre. ¡Lárguese y no me moleste!
—Buenas noches —dijo de inmediato.
Cuando estábamos por cerrar el local, me llamó el jefe. Sai, mi compañero de trabajo, me miró con expectación. Él limpiaba una mesa redonda, tenía el cabello recogido como un samurái de la era Meiji; su rostro era definido, cuadrado, pero con líneas suaves; su cuerpo no era delgado, dado que practicaba boxeo y participaba en la categoría de peso medio.
—¿Qué crees? —me preguntó, inclinado y con el pañuelo en una mancha de café sobre el mantel.
—Debe ser por la visita inopinada de hoy —contesté, acomodándome el uniforme.
—Oye, Harumi, me llamas si algo ocurre.
—¡No pasará nada! —Le di una palmada amistosa.
—Eso espero —dijo y sonrió con timidez—. Hey, no te vayas todavía.
—¿Qué ocurre? —Medio giré el cuerpo, junté mis dedos a la altura del vientre.
—¿Eres lesbiana?
—¡No! —respondí y volteé los ojos.
—¡Vale! La pregunta fue ridícula, era de esperar. Sin embargo, hay lesbianas que saben ocultarlo bien.
—¿Enserio querías retenerme para hacerme una pregunta tan insulsa?
—No exactamente.
—¿Qué quieres preguntarme?
Los nervios se manifestaban en su rostro lívido. Apretó los labios, bajó la mirada y continuó limpiando la mancha con afán.
—No era una pregunta —dijo, finalmente.
—¿Entonces?
—Olvídalo, ve y habla con el jefe.
Una vez en el despacho del señor Kawasaki, tomé asiento frente al escritorio. Un batiburrillo de artículos de oficina, organizados, me causó impresión. Había un cuadro surrealista de un artista desconocido. En la obra, un gato flotaba en una especie de volcán con lava abstracta. Me pregunté: «¿Qué diablos quiso transmitir el pintor con la pintura?». El aire acondicionado se ajustaba a la temperatura otoñal. Un bonsái de plástico estaba sobre el escritorio.
El señor Kawasaki era un hombre entrado a los cincuenta. No era especialmente alto. Su nariz pomposa me hacía pensar en un ogro. La prominencia de su frente, en una muralla. Solía limpiar la grasa de la piel con servilleta. Como un archipiélago, el cabello se dejaba mostrar en pequeñas islas abundantes de pelo y otras no, parecía que se resistía a caer por completo. Aquella noche, vestía una camisa blanca de marga larga. Su reloj de pulsera era barato, se notaba que no escatimaba en lujos innecesarios, aunque la cafetería era decente en comparación de la tacañería del ogro.
—Señorita Igarashi. —Se sopló la nariz con una toalla aromatizada a alcohol—. Disculpe, tengo alergia.
Asentí, callada y con el rostro circunspecto.
—¡Vaya! Aquellos yakuza no pueden dejarnos en paz. Todo es culpa de usted, señorita Igarashi.
—Si necesita que me marche, puedo renunciar ahora —dije, aunque me iba a costar todo.
—¡No, no, no! —Hizo ademanes enérgicos a la altura del pecho flácido. Quizás fue luchador de sumo en su juventud—. Has sido mi empleada por cinco años. ¿Cómo puedo tirar por la borda todo lo que le debo a tu madre? Eso no, señorita Igarashi. Cumplo con el papel de devolver un favor a la mujer que me salvó de la muerte.
—Comprendo —dije, estrujaba mis manos debajo de la mesa, estaba ansiosa.
—El hombre que tenía cabeza de huevo, me dejó un sobre. —Extrajo, en efecto, un sobre amarillo con un bulto que sobresalía de su material—. Contiene un millón de yenes en metálico. Desconozco cómo cabe tanto efectivo en un sobre. —Arrastró el sobre hacia mí—. Si quieres saber cuándo lo dejó, fue después de que gritaras. Te hago saber que la yakuza frecuenta este local. No es sorpresa para ti ni para mí, puesto que el barrio está bajo su dominio.
—El hombre-huevo dijo que usted y él son amigos. —No toqué el sobre.
—No te miente. Es una amistad de secundaria, muy vieja. No sabía que fue de él cuando ingresé en la universidad de Tokio y él se quedó en una universidad privada de Akita. De manera que tomamos caminos separados. Era un joven inquieto, pero ahora veo que es pasivo y menos agresivo que antes. Los años lo convirtieron en un hombre reservado. Me sorprende como cambian las personas que conocemos en el pasado. Cuando se marchan de nuestras vidas, quedan con la edad permanente del recuerdo. Por ello es que nos impresionamos del cambio tanto físico como psicológico de la persona en cuestión.
Entendía lo que decía, pues madre, cuando se suicidó, no había envejecido en mi memoria. Su cuerpo, sus expresiones, su pensamiento, quedó plasmado en cada fotograma de mi memoria. A veces, como un reproductor de vídeos, pausaba una escena que me transportara a una estancia fon ella, una botella de sake en el medio y las calurosas discusiones. Naomi veía los espectáculos de ambas, ella era espectadora de nuestra frustración en la vida.
Hermana…
—¿No va a recoger el sobre? —preguntó Kawasaki.
—Disculpe, señor Kawasaki, pero no usted no debe incumbirse en asuntos que no comprometen su integridad en el sistema. Mi tía, supongo que la conoce, ha tratado, por medio de artimañas, de manipularme para ceder la custodia de Naomi a ella. Tengo los papeles legales, sellados y firmados, de que la custodia de Naomi me pertenece. Esto —señalé el sobre— es una trampa para flexibilizar mi voluntad. Un millón de yenes podría resolver algunos conflictos de mi vida, pero no los solventaría para siempre. Como una pecunia que llega por un agujero de dudosa procedencia, se desvanece por los efectos nocivos de los gastos que tenemos como ciudadanos.
—No puedo quedarme con el sobre, señorita Igarashi —sentenció Kawasaki con una mirada que mostraba conmiseración por mi situación—. Tenerlo supone un riesgo a mi integridad en el sistema. Así que llévatelo y haz lo que quieras con él.
Sentada en un banco, bajo la luz ominosa de un farol eléctrico, acariciaba el bulto. Desanudé el molo y dejé caer mis cabellos sobre los hombros.
Con un millón de yenes aliviaría la carga de pagar la universidad. Además, aplacaría las deudas que me atormentaban. La tentación de usarlo era declarar la derrota ante la insistencia de la tía.
—Zorra —mascullé.
Fui hacia la estación y tomé el metro de regreso a casa. Aguantaba el sueño como podía. Trabajaba desde las ocho de la mañana hasta las ocho de la noche. Horario completo, solo con las horas de descanso suficientes para comer. Atendía clientes, tomaba sus pedidos, recibía sus quejas, aplausos y, a veces, lágrimas. Había visto de todo un poco de la vida ajena que transita en la megalópolis ejemplar del mundo.
¡Maldición! Me había quedado dormida. Quedaba poca gente en el vagón. Un oficinista leía el diario, una niña jugaba con el teléfono de su madre, que también estaba dormida. Dejé caer la cabeza hacia atrás, el movimiento del metro movía mi cuerpo, como si fueran pequeñas sacudidas, casi imperceptible a la vista. Iba a ser vencida por la modorra, pero debía mantenerme cuerda. Naomi me necesitaba.
Asumí una responsabilidad cuando madre murió. La vi colgada del techo, con el cogote torcido. Olía a heces fecales. Impedí que Naomi se quedara con la impresión de una madre muerta a tan temprana edad. Quise cargar con la imagen, yo sola, y que ella no resultara afectada.
Llevo a cuestas el peso que Naomi no debe llevar. Anhelo que pase la secundaria con notas altas para que ingrese en una buena universidad, encuentre un trabajo y realice su vida.
Abrí los ojos, fluía una gota del tifón, que arrasaba mi espíritu mancillado por la crueldad de un mundo sin consciencia, de una madre muerta, en los arrozales de mi rostro. Sequé aquella gota. El oficinista me quedó viendo, sonrió al verme y yo correspondí su sonrisa.
No sé cómo sucedió, pero necesitaba amor. Me acosté con el oficinista. Lo llevé al departamento, en silencio. Naomi dormía. Abrí la puerta de la habitación de mamá y le rogué que me hiciera el amor hasta que perdiera consciencia de la realidad. Así fue, copulé hasta que me desmayé del sopor. Caí desnuda, como una muñeca rota. El sobre reposaba en la mesa de noche y el oficinista se había marchado después de eyacular cuatro veces dentro de mí. Por supuesto, usó condón, puesto que yo tenía paquetes en la cómoda de la habitación.
Si era primera vez que lo hacía en secreto de Naomi, pues no, me declaro culpable ante el tribunal de maternidad. «Usted es una hermana bestial, parece un animal», bramó el juez de mi razón. «No me importa. Un polvo hace que olvide el dolor de mi interior», respondí. «¡El sexo, en tales condiciones, expande el vacío!», vociferó. «¡No me reproches! Tú eres culpable de que me sienta mal». Necesitaba beber sake, aquella plácida mañana. Observé el reloj, iba a llegar tarde al trabajo, de nuevo, lo cual significaba que descontarían un porcentaje de mi salario. Ese porcentaje era crucial para saldar las facturas del mes.
Naomi cocinaba, yo me había vestido.
—Buenos días —dije con la mano la boca, pues estaba bostezando.
—¡Buenos días, hermanita! —dijo.
Lucía su uniforme de secundaria. Me recordó a mí cuando tenía su edad, solo que ella no se acostaba con chicos mayores. De hecho, Naomi no había tenido ninguna relación con un chico de su edad ni de otra.
Abracé a Naomi por la espalda y acaricié su cabello.
«Traigo hombres en la noche y me acuesto con ellos. Mi cuerpo está impregnado del aroma del semen de un animal disfrazado de oficinista. ¿Qué clase de hermana soy? Con las manos que acaricio el cabello de mi hermana, masturbo hombres como si estuviera poseída por un demonio s****l. Pero es mi depresión enlazada con la libido. Necesito desahogar el peso que no me pertenece. Naomi, tú no me perteneces, pero debo cumplir mi papel en el infierno que creó el s******o de madre. Deseo verte casada, con un buen marido y un empleo estable».
Llevé a Naomi a la secundaria. Nos despedimos como de costumbre. Su sonrisa era el foco de mi felicidad. Me fui con la media luna trazada en el papel de mi piel. Compré unas chocolatinas en una máquina expendedora y proseguí la ruta hacia el trabajo.
La noche cayó como quien lanza una pesa al suelo en un gimnasio. No sé cómo el día fue tan acelerado.
—¿Tienes planes para esta noche? —preguntó Sai mientras trapeabamos el suelo.
—No puedo dejar a Naomi sola, sería una mala hermana si lo hiciera.
Por otro lado, quería acostarme con Sai, pero con él, era distinto. Evitaba sentir algo por él, pero son cinco años de convivencia laboral. Nunca nos hemos acostado, pero compartimos lágrimas. Él era el único hombre que tenía el derecho a conocer mi pasado.
—A ver. Naomi sale temprano de la secundaria, tú ya no vas a buscarla. ¿Por qué no le dices que venga a la cafetería? El festival de medio otoño es en unos días. Podemos ver la luna, juntos. ¿No te parece? Es como si fuéramos una familia.
—Déjame pensarlo.
«Como si fuéramos una familia», resonó en mi cabeza.
—Oye, Harumi —me dijo después de un rato, cuando el piso estaba seco—. Tengo una botella de sake que me trajo un primo que viajó a Kyoto.
—Debo aguantar el sueño de aquí al departamento —dije para ofrecer resistencia.
—¡Vamos! Solo un trago.
Acabamos bebiéndonos cinco botellas en el departamento. Teníamos música a bajo volumen en el equipo se sonido Sony. Naomi estaba con nosotros, ella también bebió. Sai había conocido a Naomi cuando la iba a buscar a la escuela. Recuerdo que nuestro primer beso fue durante una tarde, en el vagón del metro. Naomi dormía a mi lado y yo me quedaba dormida en el hombro de Sai. Él aprovechó de robarme un beso, pero yo correspondí al ritmo de sus labios. Desde ese día, había nacido algo entre nosotros.
—¡Bebe! —espeté cuando serví otra dosis de sake a Naomi. Ella estaba roja—. ¡Debes aprender a beber!
—No seas dura con la niña, Harumi —reclamó Sai, ebrio y sentado como si estuviera en una audiencia frente a un sogún—. Ella no quiere beber…
Sai iba a retirar el vaso, pero Naomi apretó su mano y vio la bebida con determinación. Acto seguido, bebió de un trago. Sus ojos se entornaron, como si ardiera por dentro.
—Mamá decía que tu eras bonita, más que yo. ¡Ahora mírate! Entrada en carnes y con pechos más blandos con los míos. Me sorprende que no tengas un pretendiente.
—Todo a su tiempo, Harumi-chan —dijo Sai—. Ella no está en la edad apropiada para acostarse con un hombre.
—¡Y a mí qué me importa! ¿Cuántas colegialas te has follado? ¿Ah? ¡Dime! No soy la única mujer a quien quieres follarte dos o siete veces hasta cansarte o dejar tus testículos vacíos —expulsé y me serví otro vaso. Sai me arrebató el vaso y se bebió el contenido.
—¡Cállate! Si he follado colegialas, no es asunto tuyo. —Dejó el vaso con estrépito en la mesa—. No sé cuántas veces te quiero penetrar, pero, la verdad, es quiero una familia contigo.
—¡Por favor, no estoy lista para eso!
Sai, en un impulso de cólera, se abalanzó sobre mí y comenzó a besarme. Naomi veía, estupefacta, pero yo cerré los ojos y me dejé llevar. Rodeé el cuello de Sai mientras nos besábamos con fruición. De improviso, Sai levantó la cabeza. Yo miré a Naomi, que estaba de pie, atónita, una rabia azotó mi interior.
—¡¿Qué haces allí?! ¡Vete a tu habitación!
Naomi se arqueó y vomitó el sushi que habíamos servido. Sai, como si fuera un padre, la ayudó a beber agua con limón. Luego la acostó en su habitación. Seguimos la tertulia en la sala y tuvimos relaciones esa noche. Tuvimos sexo en el sofá, en la cama, en la cocina y en el baño. Mis gemebundos debían de escucharse al otro lado de la pared, pero bajo los efectos del alcohol, no me importaba.
—¿Por qué tienes tantos condones en las gavetas de la cómoda? —preguntó cuando vio toda clase de condones dentro de la gaveta.
—Follo con cientos de hombres desconocidos, pensando que eres tú. ¡Hazme tuya! —grité esto último desde la cama.
A la mañana siguiente, desperté sin Sai en la cama, pero él estaba, para mi sorpresa, en la sala, leyendo una revista.
—Llevé a Naomi a la secundaria y tienes el desayuno servido en la mesa —dijo sin levantar la vista de la revista—. Come, debemos ir al trabajo.
—Tú nunca has llegado tarde —dije y, por extraño que pareciera, no tenía resaca.
—Llegaré tarde contigo —aseguró Sai.
Corrí, con la camisa puesta, hacia él. Lo besé y tiré la revista a un lado. Después me acosté en sus piernas como si yo fuera un gato.
—¡Harumi, levántate!
—Llegaremos tarde juntos, tú lo dijiste —declaré.
—¡Tonta, mil veces tonta! —exclamó con felicidad.
Tomados de mano, fuimos a la estación. Me recosté en su hombro, porque, como serpientes, entrelacé mis brazos al suyo. Los japoneses no damos muestras de afecto en público, pero no estaba mal abrazar a la persona que había cubierto el agujero de mi alma.
En el trabajo, cada quien asumía su rol. No nos distraíamos sino hasta la hora de cierre. La cajera, una chica bajita llamada Sakura, nos miraba como quien es cómplice de una fechoría.
—Por fin —susurró con una sonrisa traviesa, mientras contaba el dinero del día y cuadraba los números.
—Kawasaki no debe enterarse —dije en voz baja, al lado de Sakura.
Ella acomodó sus gafas correctivas con un dedo. Los flequillos amenizaban con su rostro redondo.
—Esos dos serán novios, te acordarás de estas palabras, Sakura —susurró con una risita nerviosa—. Lo dijo el señor Kawasaki, seguro estará celebrando en el despacho la unión de ustedes dos.
Aiko, la amiga de Naomi, se quedaba a dormir en la habitación de ella. Sai durmió conmigo, no hicimos el amor.
Era bueno despertar y saber que él no se había ido.