POZOS DE PASIÓN. ACTO 1. MUTILACIÓN, MATRIMONIO Y OTRAS GUERRAS. Prólogo. La llamada
🌙 La elección que nunca debí tomar
Nunca imaginé que dos miradas tan distintas pudieran cruzarse en mi vida para desordenarlo todo.
Una era la de Rania, mi jefa. Carismática, elegante, siempre rodeada de un aura de importancia… pero también imprevisible, ambigua, y con ese tipo de sonrisa que hace que una se pregunte si te está felicitando o si te acaba de clavar un alfiler en el ego. No era mi referente —ni pretendía serlo—, pero sí la mujer que dirigía el proyecto de cooperación en el que había luchado por entrar.
Y, aunque entonces yo no lo sabía, también era la prometida del hombre que estaba a punto de incendiar mi vida entera.
La otra mirada… era la de Marc.
Un muro de disciplina y autoconfianza.
Un soldado con una calma que parecía tallada en granito.
Y una intensidad en los ojos que hacía que mis neuronas científicas se desconectaran como si hubieran encontrado la forma más eficiente de humillarme.
Un triángulo que yo, inocente como una becaria recién llegada al laboratorio, ni sospechaba.
Un triángulo en el que, sin querer, ya había puesto un pie.
Y luego estaba Janan.
No era parte de ese enredo —por suerte—, pero sí la luz que una no espera encontrar en un lugar donde la oscuridad es norma.
Una matrona valiente, sabia, devota de las mujeres y de sus hijos.
La prueba viviente de que, incluso en los lugares más frágiles, alguien se dedica a sostener lo que otros destruyen.
Yo, por mi parte, solo veía el desierto como una oportunidad profesional.
Un proyecto científico.
Una línea brillante en mi CV de investigadora precaria que sobrevivía a base de contratos temporales, becas miserables y el milagro diario de llegar a fin de mes sin vender un riñón.
Pero el destino tiene sentido del humor. Humor n***o, además.
Aún no sabía que, en cuestión de semanas, me vería obligada a elegir entre dos opciones que ninguna mujer debería escuchar jamás:
ser propiedad…
o ser esposa.
Y no una esposa por amor.
Ni siquiera por voluntad.
Una esposa para seguir viva.
Aun así, allí estaba yo, temblando bajo un cielo lleno de polvo y armas, el corazón dividido entre una jefa que nunca jugaba limpio y un capitán que jamás debía haber cruzado mi camino.
Pero todo empezó antes.
Con una llamada.
Una llamada que jamás debía haber respondido.
O tal vez sí.
PRÓLOGO — La llamada
Una llamada de París.
Perfecto. Justo lo que necesitaba para terminar un día que había prometido ser tranquilo: una explosión de burocracia en mi salón.
—Alô !
—Docteur Sanz, comment allez-vous ?
—Bien, professeur. Recién llegada a casa. ¿Y usted?
El profesor Tailler.
Si la burocracia tuviera mascota, sería él.
—Oh, là là ! La belle Espagne. Usted era de Madrid, ¿verdad? Excelente ciudad para disfrutar de la vida…
Traducción: “En París trabajamos mucho, vosotros bebéis sangría.”
Hago una sonrisa amable, porque al parecer la ciencia exige paciencia con los clichés internacionales.
—Profesor, ¿necesita que firme algún formulario más?
—No. La llamo por el proyecto Qabek. La doctora Todorova… ha abandonado.
Me quedo rígida.
Natascha.
Que abandonaba menos que un gato su caja de cartón favorita.
Algo serio había ocurrido.
—¿Quiere usted el puesto?
Mi cerebro científico dice: analiza opciones, calcula riesgos, piensa.
Mi economía precaria dice: DILO YA.
—Sí —respondo demasiado rápido.
—La espero mañana en París.
¿Mañana?
Mi cuenta bancaria empieza a llorar.
Literalmente llorar.
Tengo más deudas emocionales que euros en la cuenta.
—Intentaré conseguir un vuelo —digo, sin mencionar que comprar uno de un día para otro es más caro que una resonancia magnética sin seguro.
—La Fundación cubrirá el billete desde París —explica él—. Ya sabe: a los árabes no les preocupa el dinero.
Ríe. Yo no.
Pero asiento.
Colgamos y me quedo con el móvil en la mano, como si fuera una llave que aún no sé si abre una puerta o una trampa.
El proyecto Qabek…
Tres años de contrato estable —un lujo en mi gremio—.
Tres meses al año sobre el terreno en un emirato remoto llamado Oryen, y el resto en el Instituto Pasteur.
Investigación biomédica real.
Impacto real.
Mujeres reales.
Y eso es lo que me engancha: las mujeres.
Los informes de la OMS que estudié para la entrevista me perforaron el alma:
— En pleno siglo XXI, la mortalidad materna sigue siendo obscenamente alta en demasiados lugares.
— Las mujeres y las niñas son las últimas en recibir atención sanitaria.
— En hogares sin ventilación, la cocina mata pulmones jóvenes cada día.
— Y el golpe más duro: hasta un 71 % de mujeres ha sufrido violencia física o s****l por parte de su pareja.
Setenta y uno.
A veces me pregunto cómo no está el mundo entero ardiendo.
Yo sabía que quería ayudar.
Que debía ayudar.
Que mis años estudiando biomedicina no podían ser solo artículos publicados y congresos donde nadie cobra dietas.
Pero también sabía que ir a Oryen implicaba riesgos.
Riesgos que nadie me había detallado.
Riesgos que, más adelante, descubriría que Rania conocía muy bien… y que aun así había elegido no compartir conmigo.
Pero eso sería después.
Por ahora tenía un problema más inmediato: encontrar dónde dormir en París.
Porque ser científica no te hace rica, ni mucho menos.
—Profesor —había preguntado—, ¿sabe si podría ayudarme con el alojamiento?
—Quizá algún compañero pueda hospedarla —había dicho él—. ¿La doctora Etxebarri, su antigua compañera?
Ay, Biotz Etxebarri.
Genial persona y científica, pésima diplomática en lo que se refiere a la nevera de pisos compartidos.
Probablemente ya habría alquilado mi antigua habitación, pero le mandaría un mensaje igualmente.
Respiro hondo.
Mi vida va a cambiar.
No sé si para mejor o para peor, pero cambiará.
Miro el móvil, abro el contacto de mi madre y me preparo mentalmente.
Necesito mi mejor tono alegre, ese que uso cuando le cuento algo que sé que la hará entrar en modo alarma nuclear.
—¡Mamá! —exclamo—. ¡No te lo vas a creer!
Si supiera lo que yo tampoco voy a creer dentro de unas semanas…