“No es suficiente”, eran siempre las palabras favoritas del rey (mi padre) desde que tenía uso de razón. Nunca nada había sido suficiente para él, quien vivía constantemente obsesionado con formarme como un aptó soberano que tarde o temprano ocuparía su lugar. Sin embargo, aquella devoción no era más que un castigo para mí. Nacido de una consorte, no era más que un bastardo, una opción a la infertilidad de la reina, quien había muerto luego de un prematuro parto fallido, como único heredero al trono de Radu, debía cumplir con las expectativas de todos, incluyendo, las de mi propio padre. Por aquel motivo, cuando apenas y podía sostenerme en pie, mi padre ya me estaba entrenando para matar, tenía 4 años y mi madre todavía no se enfriaba en su tumba cuando ya sabía cómo sostener un arma,

