Narra René.
Me preocupa que, cuando sienta que estará por irse de verdad, vaya a decirle todo lo que he estado conteniéndome.
Tengo la mano puesta en mis bolsillos mientras veo fijamente el teléfono en la mesita de noche.
Son las once de la noche y ya no creo que vaya a llamar o dejar un mensaje.
Me siento idiota.
Debí suponer que el mensaje en la tarjeta más las flores serían la peor forma de hacerle sentir que no tenía por qué sentirse avergonzada de lo que había pasado anoche.
Pero tal parece que sí lo hace, o peor aún, piensa que me aproveché de ella.
Es para mi difícil admitir que en parte sí lo hice porque sabía que estaba mal y no paré. Como también es difícil entender que ella realmente pueda sentirse tan vulnerable en ese sentido por mí.
Aunque debo echarle culpa al alcohol, no soy tan ciego. Puedo sentirlo. Y también sé que es cuestión de tiempo para que ninguno pueda resistirse. Sin embargo, que rompamos esa tensión no es el problema; el problema radica en lo que debe y puede pasar después de eso.
Hacía mucho que no sentía que estaba haciendo algo mal. Ahora lo siento. Todo mi ser, lo que me invade, lo que soy, se ha estado saliendo de control desde que ella llegó. Y por más que intento detenerlo no puedo. Mis cambios de humor son pruebas de ello; pero no voy a rendirme, no voy a dejar que eso sea más fuerte que yo.
Voy a cambiar los planes, voy a hacer que funcione. Aunque todo lo que me rodee comience a desmoronarse por su culpa.
Tomo otro medio litro de agua helada al ir a mi nevera ejecutiva porque me he dado cuenta con el tiempo que ni siquiera puedo sentirme por tanto tiempo ligero, fresco o frío.
Y eso solo es el inicio, sin tener un inicio real.
El agua y los masajes de Marina es lo único que puede hacer que mi cuerpo se relaje al punto de olvidarme que pronto comienza la temporada, y que la adrenalina, si no hago lo que debería hacer, podría hacerme sacar mi peor parte.
—Supongo que no le dijiste anoche a Roxana por qué llegué tan tarde —le digo a mi hermana Rafaela.
El auto se me accidentó. Son cosas pequeñas, pero sé que ocurren con frecuencia últimamente cuando estoy solo, para fastidiarme. Así que tuve que pedirle a mi hermana, quien es la única que está despierta a estas horas, que fuese por mi en medio de la nada.
—Sí, porque compartimos habitación y debo darle explicaciones cuando la despierto a esas horas.
Hago una mueca. Sé que pelean cada día, pero también sé que no pueden vivir sin la otra. Incluso, me atrevería a decir que de la familia ellas que son las menores junto a Raúl, son los más apegados emocionalmente.
—¿Y qué te dijo?
—Que estabas algo salado… —Se cruza de brazos—. Tuve que decirle que estabas con Marina reviviendo un masaje, lo siento.
—¿Pero le dijiste que he estado enviándole flores?
—No. Es un secreto entre ambos, hermano mayor.
Le sonrío haciéndole una seña para que se siente a mi lado, ella lo hace y la abrazo por los hombros.
—Gracias.
No debería estar en esto en este momento de mi vida; pero realmente no quiero causar alboroto con el tema de Marina, sobretodo por Roberto.
Suspiro.
—¿Así de preocupado estás?
Asiento.
—La temporada comienza. Eso es todo. Me siento algo presionado.
Aquí la mayoría pretende no hacerme sentir la responsabilidad, o lo que esperan de mi, pero cuando estoy con mi manager o mi equipo lo siento.
En cuanto entré a la liga Americana fui mejor novato, un año después obtuve un premio por ser líder en bases robadas, luego por los siguientes cuatro años a ese tuve éxito por ser el más rápido, por ser el mejor en segunda base, y desde hace un par de años hacia acá, he estado entre los primeros cuatro lugares de los mejores 10 en la liga por pisar los talones de los más grandes en hits, home runs; y por batear bien tanto con la zurda como con la derecha, ya que soy ambidiestro.
Así que según mi padre eso me convierte el presente año en el beisbolista más codiciado de la liga, aunque no sea el líder del equipo.
Diario recibo llamadas de otros equipos. A cada lugar que voy llegan "por sorpresa" managers y promotores, ofreciendo sumas impensables. En Navidad los Los Yankees me obsequiaron el Ferrari, y tanto los Astros como los Dodgers ofrecieron pagar una suma alta de dinero por años en los que incluso pienso que ya no estaré activo.
Pero jamás dejaría a mi equipo.
Mi historia empezó con Chicago, y sé que terminará así, aunque puede que un día de estos mi manager personal tenga más agallas que mis padres y como consecuencia tenga que despedirlo.
Agradezco haber cambiado varias cosas de mí estos dos últimos años, porque ahora sé que tengo lo necesario.
Después de charlar un buen rato con mi hermana en el balcón de mi habitación, mientras ella hizo té y comentó algunas cosas de su vida en las cuales pude dar consejos, me voy a la cama, sin poder evitar chequear el teléfono una vez más, consiguiéndome con la nada.
No tener una idea clara de lo que debo hacer respecto a Marina, y respecto a mí, es lo que ha estado quitándome el sueño.
...
—Casi ni has salido de casa —me dice mamá mientras estamos solo ambos tomando café en la gran mesa—. Deberías aprovechar tus vacaciones, hijo.
—Para mí vacaciones últimamente es estar en casa con ustedes, mamá.
Y no miento, durante los primeros tres años del éxito en la liga americana estuve completamente ausente en casa, teniendo vacaciones con chicas en cada año que al final resultaron ser solo... diferentes a lo que siempre he buscado.
Si alguien piensa que es muy fácil conseguir pareja en medio de la fama, es mentira. Mi hermana Rocío es prueba de ello. Así que los últimos años solo me quedo en casa, saliendo pocas veces, conociendo chicas de verdad.
La última fue una compañera de trabajo de Rolando, profesora de secundaria. Todo iba bien hace tres meses, hasta la segunda semana en que conocí a Marina, pues terminó lo que sea que estaba buscando conmigo cuando comentó que volvería con el padre de su hija.
Así que pronto estoy pensando en Marina de nuevo.
—¿Por qué andas en esas fachas, René?
Solo tengo un short puesto. A mamá no le gusta que ande mostrando mi cuerpo por toda la casa, así que antes de que pueda decirme algo más, le explico.
—Hace calor.
—¿Cuándo?
—Últimamente.
—Pero si hace nada el invierno se fue. —Ella me ve sorprendida—. ¿Estás bien? ¿Por qué has estado sudando tanto?
Jamás encontraría la forma correcta de explicarle mis verdaderos porqués.
—Creo que alguna vitamina me hace mal.
—Esos suplementos... —Mamá sacude la cabeza—. Son dañinos. Voy a hablar con tu entrenador.
Rio un poco.
—No te hará caso, Nat.
Ella vuelve a sacudir la cabeza mientras le pasa unos granos a la señora de servicio.
—Tendrá que, porque si no, está fuera.
No pienso discutir eso. Mi madre, Natalia, es quien tiene desde hace poco el control total de todos, así que nadie puede negarse. Yo menos, después de todas las cosas que pasaron hace unos años entre ambos.
—¡Buenos días, alegría!
—Es muy temprano, Roberto —mascullo, intentando no pensar demasiado en todo lo que ha pasado.
Su presencia me irrita. Y sé que es muy lamentable porque es mi hermano, pero no hay nada que pueda hacer ahora mucho menos, para cambiarlo.
Él vive en un apartamento cerca de aquí, se levanta a entrenar a la misma hora que yo lo hago con mi entrenador aquí en casa. Jamás entrenamos juntos, pero siempre terminamos coincidiendo aquí en la mesa a las siete en punto de la mañana.
—Amargado… —Me sacude el cabello y le sonrío un poco—. Por cierto, bendición mamá. —Le da un beso en la frente y se sienta a su lado después de buscar café—. Ayer fui a pedirle a tu masajista un día de spa para Karen, y no sabía que tenía novio.
—¿Ah? —Se me seca la boca.
¿Cómo que la fue a buscar? ¿Un día de Spa para Karen? ¡Pero qué descarado es este...!
Aprieto los puños debajo de la mesa.
—Ayer un tipo le envió flores, eran Geranios rojos. Y todos sabemos qué significan.
No me gusta la forma en la que me ve.
—No necesariamente puede ser un novio, puede tratarse de un pretendiente — comenta mi madre—. ¿Creen que sea Rodrigo?
—¡Ay mamá! —Hago una mueca, Roberto ríe a carcajadas por ello causando que le de una mirada de reproche—. ¿Por qué tu insistencia con ellos dos?
—¡Porque fue la primera chica que nos presentó! —recuerda ella con rostro sorprendido—. Luego estuvo la tal Dian esa pero, bueno, tengo la esperanza que sea Marina. Ahora que la has traído a casa y se han vuelto a ver, ¿quién sabe, eh? Los vi hablando juntos en la cena el otro día.
Ruedo los ojos y me congelo un poco cuando noto que Roberto me mira atentamente.
—¿Quieres saber quién le regaló las flores, mamá?
Abro los ojos hacia él para que no hable. Ese infeliz seguramente se enteró por Roxana quien tuvo que descubrir mi secreto con Rafaela.
Bufo cuando mi hermano me saca la lengua. Es tan inmaduro.
La razón por la que mis padres no saben de esto es porque siempre han tenido esta pequeña idea feliz de Marina con Rodrigo y no quiero que piensen que... que quiero sabotearlos.
No. Nada es como antes.
—¿Quién le dio flores a quién? —Un Raúl recién despierto se acerca.
—René a Marina Grimaldi… —La voz de Roxana me hace cerrar los ojos.
Mamá salta del puesto.
—¿Qué?
—¿Que René le dio flores a la fisioterapeuta? —Mi padre también se une—. ¿Qué tipo le regalaste, hijo?
Me siento muy abrumado ahora mismo.
—Le regaló Geranios rojos —responde Roberto por mí.
Todos hacen un "Ohhh" pensativo.
—¿Que los Geranios no se regalan cuando no dejas de pensar en esa persona? —inquiere Raúl.
Me levanto de la silla notoriamente molesto, y risas se escuchan segundos después.
Bonita familia la que tengo. Le cuento a uno, se enteran todos.
Y lo más crucial de esto, es que tienen razón.
Desde que la conocí no he podido dejar de pensar en ella. Y aunque mi mente me pida que no me le acerque, cada que tengo sus manos sobre mi cuerpo así como la razón que me ata a ella, sé que no debo hacerle caso a mi consciencia.