Narra Marina.
Me siento bien profesionalmente cuando tras una larga hora todo acaba, pues sé de nuevo que he cumplido con las expectativas en cuanto noto que Karen se ha quedado profundamente dormida.
Me alejo de la chica sabiendo que no tengo más nada que hacer aquí. Quito mi bata, la meto en mi mochila junto a mis materiales, pero justo cuando me doy vuelta para caminar hacia la puerta corrediza, el perfume de René llega a mis fosas nasales.
Levanto el mentón encontrándome con sus ojos verde oscuro.
—Le ha gustado —opina en tono sereno, aunque con el rostro aún serio.
—Sí, eso me alegra. —Miro de reojo a la mujer, y cuando vuelvo a verlo le sonrío a boca cerrada para seguir mi camino.
Siento que tengo el corazón en la boca. Prefiero que me diga lo que piensa ahora de mí a que finja que nada pasó.
—Marina.
—Dígame, señor Duque.
—¿Y mi sesión?
—¿Ah?
Él se acerca quedando a mi frente, con las manos en los bolsillos de su pantalón deportivo que en lugar de darle un toque fresco solo lo hace lucir más sensual.
—No he recibido mi masaje de mantenimiento esta semana.
—Ah... yo... —Me siento patética cuando no sé qué responderle—. ¿No se supone que es usted quien me dice los días que debo venir?
Creo que ha sonado odioso, y no fue mi intención.
—Te lo dije.
—No.
—Claro que lo hice —refuta ya con el rostro confundido—. Te lo dije en la tarjeta, Marina, ¿acaso no recibiste las flores?
—Yo... sí las recibí pero, extravié la tarjeta, lo siento.
Nos miramos fijamente. El momento tenso desaparece cuando lo veo sonreír un poco mientras sacude lentamente la cabeza.
—¿No la leíste?
Parece que estoy conteniendo la respiración. ¿Qué rayos decía la tarjeta?
—No. De verdad... la puse en mi bolsillo, tenía un agujero y la perdí.
—Eso lo explica todo.
—¿El qué? —cuestiono confundida.
—El por qué me dejaste plantado ayer...
Me escurro como el aceite cuando está en mis manos.
—¿En dónde?
Quiero y no quiero saber.
Él sonríe.
—Eso no importa ya, Marina.
Su manzana de Adán sube y baja. Y yo estoy aquí apretando la tira de mi mochila, con la respiración luchando para que se estabilice mientras solo estamos frente al otro a un metro de distancia mirándonos sin saber qué está ocurriendo.
¿Entonces por dejarlo plantado fue que actuó de esa manera hace una hora? ¿Fue por mi ausente respuesta a las flores y no por la mujer que aún duerme lejos de nosotros?
—¿Tienes tiempo ahora? —pregunto.
—¿Para el masaje? —Alza una ceja, yo asiento—. No quiero despertar a Karen. —Tras mirarla vuelve a mí—. Para salir ambos, sí.
—¿Cómo? ¿Una cita o...?
—Una salida, una cena, una cita, una escapada de la rutina, como lo quieras ver Marina.
—Claro.
Ni siquiera lo he pensado.
¿Que no iba a renunciar yo o...? No, no, no, ¿ahora cómo me retracto? Dios.
Él me quita la mochila sin que yo pueda rehusarme y la pone en su fuerte hombro descubierto gracias a su franelilla. Ese detalle me hace sonreír.
Me da paso fuera, luego sale él, por lo que salimos del pasillo caminando uno del lado del otro: puedo rozar su piel, está caliente como la otra noche.
No puedo tomarme nada a la ligera.
Oh Dios. No puedo pensar que René vaya a actuar normal esta noche después de lo que pasó el martes. Se me hace imposible, porque, si lo hace, o es demasiado tonto y no comprendió el porqué aquello ocurrió, o es demasiado inteligente y piensa llevarme a la cama hoy.
La última idea me genera una ansiedad que hace tiempo no había sentido.
Se me eriza la piel cuando René me hace una seña con su cabeza señalando la puerta para salir de la mansión.
—¡Marina! —Roberto aparece—. ¿Ibas a irte sin que te pagara?
—No, Roberto. —Le sonrío un poco queriendo deshacerme de él rápido en vista de que busca en sus bolsillos y no hay nada—. No te preocupes ¿sí? Tómalo como un regalo de bodas.
René parece querer matarme.
—¿De verdad? —Su hermano luce asombrado, pero luego ve a René y cambia el gesto—. No Marina, cómo crees, es tu trabajo. Pásame un texto con tus datos para hacerte una transferencia, ¿vale?
Parece que ha entendido que voy de salida con René porque se despide sin más y eso me alivia. Así que segundos después el beisbolista lanza mi mochila al asiento trasero, y luego yo me encuentro dentro del Ferrari del hombre que ha logrado que tenga un orgasmix después de un año entero.
Me sonrojo rápido al pensar en eso, pero le sonrío cuando él lo hace tras guiñarme el ojo.
¿Qué es lo que quiere de mí? No, no, esa no es la pregunta. La pregunta debería ser ¿Qué es lo que se trae con la latina de piel morena brillante?
—¿Fuiste a trabajar hoy? —me pregunta de la nada, yo niego con una sonrisa a boca cerrada—. ¿Cómo te fue estos días?
—¿En la clínica? —Lo veo asentir—. Bueno... agotador. Es por ello que tomé descanso hoy, sentía que iba a explo...
No completo la palabra porque solo puedo pensar en aquello. Y parece que René no lo entiende, hasta segundos después, pues se sonroja de repente y abre las ventanas para que la brisa entre.
Juro que mis manos pican por tocar sus mejillas y comprobar su temperatura ahí.
—¿Y qué hiciste hoy? —se interesa.
Suspiro recostando mi cabeza del asiento, ¿por qué necesita saberlo?
—Dormí hasta tarde, comí helado mientras veía Friends, me alisté para ir a un restaurante que quería visitar cerca de donde vivo, fui al acuario y... Luego fui al spa.
—Guau. —Me ve con una sonrisa que me hace morder el labio levemente—. Son muchas cosas.
—Lo son. —Rio un poco—. Y tenía pensando hacer otras esta noche pero los planes cambiaron… —Me alzo de hombros.
—¿Te cambié los planes? —Luce apenado—. ¿T-Tenías una cita con alguien o...?
Se muerde el labio mientras ve un instante por la ventana y ello me parece demasiado atractivo.
—Conmigo misma —respondo, y él me ve—. Pero acompañado todo es mejor ¿no?
El castaño oscuro asiente lentamente.
—Así que... ¿a donde tenías pensado ir?
—No lo sé, solo quiero comer mucha comida deliciosa.
Y saber sus secretos, claro.
René asiente con otra sonrisa.
—De haberlo dicho antes...
Mi corazón se acelera cuando rápido da vuelta en U, causando que algunos conductores le griten en reclamo y él grite de vuelta un "a la mi3rda". Logrando no sólo que yo lo mire asombrada por su repentino atrevimiento, sino que él me vea de vuelta con esa mirada verde oscura que me eriza la piel.