El vestido perfecto
Mi amiga Ivette levanta hacia mí un vestidito muy corto de color plata, bastante luminoso, con un escote que casi llega al ombligo. Como estaba aburrida y no tenía nada que hacer tuve la mala idea de acompañarla a ir de compras.
En esas llevamos un buen rato yendo de una tienda a otra, buscando el vestido perfecto para irse de fiesta esta noche.
―¿Qué te parece este? ―pregunta, y sin duda a la persona menos indicada.
Ella sabe de sobra que mi gusto para vestir es tan ordinario que jamás elegiría un modelo así de provocador, y menos me lo pondría.
―Demasiado escandaloso ―respondo, y ella hace una mueca de sarcasmo.
―Por favor, sé que esta moda no es lo tuyo; aun así, dilo con más ánimo ya sabes que el escándalo es sinónimo de buen gusto ―me riñe con humor.
―¡Eso no es cierto! Ni siquiera aplica como una símil que ya son lo bastante exageradas ―replico espantándome con sus locas deducciones gramaticales.
―Lo que diga su majestad, la RAE ―se mofa de mí sacándome la lengua.
―Vamos, Iv, no estoy de humor. Además, sabes que no soy la indicada para decirte qué usar en una fiesta. Se supone que tú eres la experta en deslumbrar.
―Gracias por el cumplido.
―No lo es ―rechisto haciéndole una mueca.
Pongo los ojos en blanco diciéndome que no sé por qué siempre me pregunta esas cosas, sabiendo que ese estilo es más propio de ella, y mis opiniones sobre moda son bastante sosas. Sin embargo, en el fondo sé que lo hace para divertirse a mi costa.
―¿Y qué es ahora, si se puede saber? ―pregunta, moviéndonos de allí, aunque no deja el vestido y lo lleva consigo.
―Es Geller ―contesto un poco aburrida, solo de recordar lo que me dijo y que yo ni siquiera había contemplado hacer.
―¿Me lo quieres contar? ―cuestiona, haciendo una pose de interesada.
―Quiere que escriba un libro ―respondo lanzando una exhalación, y ella se echa a reír―. No le veo la gracia.
La miro ceñuda.
―Pensé que era algo peor. Además, si eres estudiante de letras, eso debería dársete de lo mejor.
―No confundas. No soy escritora, soy investigadora y divulgadora ―recalco mi abnegada función.
―¿Y cuál es el lío? Además, te encanta leer, así que creo que no sería nada malo que escribieses tu propia historia. Solo sería darle un poco más de acción a lo aburrido de tus escritos.
―Ese es el problema: él no quiere que sea un libro basado en mis métodos de investigación científica. Quiere algo menos… convencional. Según él, como una manera de probar que puedo ser prolífica.
―Estoy de acuerdo con el viejo.
Ivette se burla de mí, y ahora quiero ahorcarla a ella y al viejo Geller.
―No me ayudas en nada con tu respuesta ―me quejo, y ella se encoge de hombros.
De inmediato ve otro vestido que le hace iluminar el rostro, y eso es suficiente para que se le olvide lo que le dije. Ella grita de alegría al encontrar un vestido parecido al plateado, pero de color azul eléctrico y sin mangas. El otro tiene las mangas cortas. Lo toma del perchero y, con uno en cada lado, se los mide muy feliz de frente, mientras yo sigo machacándome la cabeza con el encargo que me ha tenido frustrada, desde que el profesor me hizo la propuesta.
―¿Dime cuál me va mejor? ―pregunta, la miro poniendo los ojos en blanco y ella a mí con sarcasmo―. Bien, te ayudaré a resolver este trágico asunto.
―No creo que haya manera de resolverlo sin que tenga que sentarme a escribir algo que no quiero porque me saldría fatal, y ese no es el problema.
―¿Entonces cuál es?
―Es que ha dicho que no quiere que sea nada académico, sino ficción, como una novela.
―No le veo la dificultad. Si hay algo que te caracteriza es que te encanta leer.
―Sí, pero en cuestión de novelas preferiría escribir sobre algo más clásico, y nada de romance, como esas historias que se publican hoy en día.
―Dark romance con mucho spicy ―responde, con bastante sutileza.
―¡Vamos, Ivi!
―¡Hasta te pusiste colorada! ―Ella sí que se burla de mí―. Está bien, te daré una idea y espero que la medites. A mí me encantaría.
―¿Qué sugieres?
―Que veas, que experimentes.
―No inventes.
Me niego con expresión rotunda.
―Sí ―replica muy ferviente.
―Ni creas que voy a ir contigo.
―Sí, señorita, observar te ayudará un montón y experimentar en carne propia, ni te digo lo que te puede ayudar ―alardea.
―No estoy de acuerdo.
―Yo sí, y es una excelente idea. Y aunque no me creas, he escuchado que algunas autoras se inspiran en las cosas que ven o les sucede. Puede pasar contigo y así sales de ese lío.
―Que no ―me mantengo firme.
―Que sí, así que vas a venir conmigo al club esta noche y lo pasaremos increíble. Por lo menos te despejará la cabeza.
―Eso menos; sabes que no encajo en esos lugares. No son lo mío.
―Eso es porque no te gusta salir de tu zona de confort y tampoco tienes a nadie que te caliente por andar metida en tus proyectos. Así que estoy de acuerdo con tu profesor; eso te enseñará otras cositas mucho más allá interesantes, ya verás.
―Te odio, no vas a convencerme.
―Ya lo creo y me vas a odiar más, porque te vas a poner el vestido plateado.
―¡Olvídalo! ―replico, espantada.
―No, olvídate tú, porque no puedes ir como una monja recatada a un lugar como ese, y si quieres encontrar inspiración, tienes que convertirte en ella.
―Estás loca de remate, sabes que no vas a convencerme.
―Quizás, pero a lo mejor te servirá para distraerte y olvidar, al menos por una noche, que tienes que escribir un libro.
Odio a mi amiga cuando se pone en ese plan; sin embargo, creo que esta vez tiene un poquito de razón. Suelto un suspiro derrotado.
―Está bien; y no iré porque crea que tienes razón con eso de la inspiración, pero si un poco con lo de Geller.
―Pero sí con lo de la distracción, ¿verdad?
―Graciosa.
―Ya que llegamos a un acuerdo, te aseguro que este es el ideal para ti ―dice, extendiendo el famoso vestido plateado hacia mí.
―Ni lo pienses.
Lo miro espantada.
―Yo creo que sí ―se ufana, mientras niego muchas veces con la cabeza.
Luego que llegamos y después de ponérmelo me miro al espejo con horror. No puedo evitar pensar que me veo fatal. Ivette no solo se ríe de mí porque ha logrado que le acompañe, sino que también he terminado aceptando ponerme el vestido.
Debo admitir que soy algo mojigata para estas cosas, y es la razón por la que me cuesta salir de mi cascarón.
—Esto no me gusta.
—Ay, ya deja de quejarte. Te ves preciosa y muy matadora. Deberías ponerte vestiditos así más seguido.
—Se me ven las tetas.
—No exageres —se burla de mí, mientras trato de que no se me salgan del escote.
Por fortuna, la parte de arriba se ajusta bien, pero sigue dando la sensación de que se me van a salir si medio doy un saltito.
—Tonta.
—Bien, déjalo, no se van a salir —me riñe.
—Me siento desnuda.
—Te ves radiante. Ya pareces de veinticuatro, y no una vieja amargada sesentona.
—Ahora te odio más.
Ivette no hace más que reírse de mí, ya que ella siempre está cómoda con lo que se pone, además que lo sabe lucir muy bien.
—Bien, vámonos, llegaremos en la mejor hora —anuncia exultante, agarrando su cartera.