La última noche en Ciudad Olvidada tenía el peso de los finales y el sabor agridulce de las despedidas. Alejandro caminaba por las murallas destrozadas mientras el sol se hundía en el horizonte, tiñendo el cielo de tonos rojos y naranjas que parecían presagiar la sangre que probablemente correría en los días venideros. El viento del atardecer llevaba consigo el olor a hierro de las forjas y el murmullo distante de voces que se preparaban para lo que vendría. Debajo de él, la ciudad pulsaba con una actividad frenética pero controlada mientras sus habitantes hacían los últimos preparativos para la partida del amanecer. Caballos siendo ensillados y verificados. Armas siendo afiladas una última vez. Suministros siendo empacados y reempacados por manos nerviosas que necesitaban algo que hacer

