Aun en medio del aturdimiento de los presentes, Mateo tomo a Elizabeth de la mano y la llevo fuera, hacia el jardín trasero y con destino a la casa de Hades, no pensaba permitir que nadie acusara a Elizabeth y mucho menos que se involucraran en cosas que no debían y definitivamente no dejaría que nadie lo separara de su mujer. — Detente, espera Mateo. — la garganta de la morena de a momentos se cerraba, haciendo de su pedido algo difícil de oír, si no fuera porque Mateo estaba atento a ella. — ¿Qué? — el corazón casi se le detiene al ver el rostro pálido de Elizabeth y con rapidez tomo su rostro entre sus manos. — Respira, trata de tranquilizarte. — pidió al comprender que su mujer estaba a punto de tener un ataque de pánico. — Dios, golpeé a tu hermana, lo hice frente a toda tu familia

