Los gritos de Mateo no se hicieron de esperar, pero incluso eso no saco de la nebulosa en la que Elizabeth estaba. — ¿Que te pasa? Sabes que no están permitidas las armas dentro de la mansión, los niños están arriba, pueden asustarse, idiota. — lo veían y no lo creían, Mateo Zabet no solo estaba perdido por Elizabeth, definitivamente este hombre amaba a esos niños y ni él se había percatado de ello. — Lo siento, pero creo que nadie lo queria seguir escuchando. — se justificó Hades levantando los hombros. — Más que escucharlo, me gustaría verlo tres metros bajo tierra. — murmuró Ámbar. — Me gustaría lanzarlo al mar de Italia, pero creo que sería contaminar demasiado el medio ambiente. — se jacto Victoria. — El caimán podria arrancar su corazón, aunque dudo que tenga uno. — ofreció Feli

