13 Nyko Megan estaba inconsciente. No se movía. Estaba tumbada en la silla de examinación del doctor, tan indefensa y pequeña que no había nada que yo pudiese hacer. La impotencia enloquecía a mi bestia. Caminaba de un lado a otro y daba vueltas, quería arrancarle la cabeza al doctor por no curarla de inmediato. —¿Qué le sucede? —gruñí. El doctor agitó otra varita sobre su cabeza y miró el resultado. —Ya sabes lo que sucede. Sí, lo sabía. Estaba sangrando de nuevo. Como si las brillantes gotas rojizas que salían de sus ojos no me diesen una pista. Gracias a los dioses que llevaba los brazaletes puestos. Sin su influencia constante, ya habría hecho trizas este lugar, y a este médico que no decía nada. —Entonces, detén el sangrado. — Me temo que no es tan simple. El médico asintió

