Cuando salimos del agua y vimos al hombre junto a su perro, esperando de pie junto a nuestras maletas, respiré aliviado, la verdad. Parecía una buena persona, pero no lo conocíamos de nada. Caí entonces en que no nos habíamos presentado, así que me acerqué a él con el brazo extendido y le dije mi nombre, señalándome el pecho con la otra mano, luego, señalando a Giselle, le dije el suyo. Él nos miró a los dos y, señalándose del mismo modo el pecho, dijo: —Oruki. ¿Oruki? ¡¿Había dicho Oruki?! Lo miré pensando que no había escuchado bien, ¡qué afortunada casualidad, ¿verdad?! No podía ser. ¿El Universo por una puñetera vez se había puesto de nuestro lado y nos había traído derechos hasta el maestro Oruki Okaki? —¿Es usted Oruki Okaki? —preguntó Giselle, que al parecer estaba pensando lo mi

