Joshua Estuvimos esperando unos minutos a que Giselle se recuperara y tras eso la ayudamos a sentarse con la espalda apoyada en el tronco de un árbol. —Agua —dijo. El hombre pareció entenderla, pues de una mochila que llevaba a la espalda sacó una oxidada cantimplora y se la ofreció. Vi la cara de asco de Giselle luchando entre la sed y la repugnancia que le producía beber de aquel recipiente en un estado de higiene tan dudoso. Negó con la cabeza y él hombre la apartó y me la ofreció a mí, que también sacudí la cabeza en señal de negación. Todo en aquel hombre evidenciaba que no se llevaba demasiado bien con el jabón, o si tal vez lo había conocido en algún momento de su vida. —Alter do Chão —le dije para indicarle adonde nos dirigíamos, y el hombre asintió y me hizo unas señas, dánd

