Pilar Montenegro No quise salir con Amanda ni con Michelle. Bogotá se extendía ante mí como un mar de luces, y yo, desde mi terraza, con una copa de vino en la mano, me perdía entre pensamientos que no me dejaban en paz. Santiago Álvarez… el Diablo. Cada vez que su rostro venía a mi mente, un cosquilleo subía por mi piel. Sus ojos ámbar, su voz grave… algo de él me provocaba una inquietud deliciosa y peligrosa al mismo tiempo. El timbre sonó. Dejé la copa sobre la mesa y fui hasta la puerta. Cuando abrí, el pasado estaba ahí, vestido de impaciencia: Julián Torre. —No voy a dar vueltas, Pilar… —dijo entrando sin que lo invitara—. Quiero volver contigo. —No, Julián. —Mi voz fue firme—. Esa puerta ya se cerró. Sus cejas se fruncieron. —¿Acaso hay otro en mi lugar? Lo miré directo a

