El apartamento estaba envuelto en una calidez que solo podía provenir de la sensación de haber logrado algo grande. Las cortinas blancas dejaban entrar la luz suave de la luna, que se mezclaba con el brillo tenue de las velas que habíamos colocado sobre la mesa. El aroma de la cena, una mezcla de hierbas frescas y vino tinto, flotaba en el aire, creando una atmósfera que parecía sacada de un sueño. Santiago estaba de pie junto a la ventana, contemplando la ciudad que se extendía más allá. Tenía una copa de vino en la mano, y su perfil se recortaba contra el cielo nocturno. Me acerqué a él, sintiendo cómo el silencio entre nosotros era cómodo, lleno de entendimiento y de algo más profundo. —Parece que todo está en calma —dije, apoyándome en el marco de la ventana junto a él. Él gir

