La lluvia seguía cayendo cuando Pilar entró por segunda vez a la penitenciaría. Pero esta vez, no llevaba miedo en la mirada, sino determinación.
Tacones negros, traje gris humo, labios marcados con un tono vino oscuro. La abogada Montenegro no venía a suplicar: venía a arrancar la verdad con pinzas o con garras, si era necesario.
Santiago ya la esperaba.
Sentado en la misma silla de metal oxidado, los brazos cruzados, la barba más prolija. Algo en él era distinto. No más el sarcasmo frío de su primera cita, sino una tensión contenida, como si quisiera hablar… pero no supiera por dónde empezar.
Cuando la vio entrar, se quedó en silencio. No se levantó, pero sus ojos la recorrieron como si esa fuera su forma de saludarla.
—Hoy está más puntual —dijo él, sin sarcasmo.
—Y usted más presentable —respondió Pilar, dejando caer la carpeta sobre la mesa.
Un segundo de tensión. Luego, algo casi imperceptible: una sonrisa ladeada en los labios de Santiago.
—¿Vino por otra ronda de insultos, doctora?
—Vine por respuestas.
Ella se sentó con firmeza, descruzó la carpeta y sacó una fotografía. Era la escena del crimen. Cristóbal Ferrer con el rostro destrozado y el cuchillo aún en el pecho.
Santiago no apartó la vista. Ni un gesto. Ni un parpadeo.
—Ese cuchillo era suyo, ¿no? —preguntó Pilar.
—Sí. De mi cocina. —Su voz sonó como acero raspando cemento.
—Pero usted no lo usó.
—Yo no lo maté.
Silencio.
Pilar asintió y colocó otra fotografía. Lucía Gómez saliendo del apartamento, captada por una cámara del edificio a las 11:45 de la noche.
—La policía dice que usted salió a las 11:34.
—Correcto.
—¿Sabe qué significa eso?
Santiago la miró con atención.
—Que alguien entró después… y remató la escena.
Pilar se inclinó hacia él, apenas un poco, lo suficiente para que su perfume invadiera el aire tenso entre los dos.
—Usted fue incriminado. Y su exesposa está desaparecida. Tengo testigos que aseguran haberla visto en Medellín hace dos semanas… en un club muy exclusivo. Con un nuevo nombre.
Santiago apretó la mandíbula. Pilar lo vio contenerse. Lo vio respirar hondo, como si dentro de él viviera una tormenta que amenazaba con romperlo todo.
—¿Qué quiere de mí, doctora? —preguntó, más serio que nunca.
—Su historia. Entera. Sin filtros. Sin mentiras.
—¿Y si no le gusta lo que oye?
—No estoy aquí para juzgar. Estoy aquí para ganar.
Santiago la miró, esta vez sin arrogancia. Había algo distinto en su mirada. Algo más oscuro, más humano… más dolido.
—Lucía era todo para mí —dijo al fin, casi en un susurro—. Y me entregó a la policía como quien tira la basura.
—Entonces devuélvale el favor —dijo Pilar con firmeza—. Pero esta vez… con pruebas.
Santiago la estudió durante varios segundos. Luego, se recostó en la silla, cruzó los brazos y habló:
—Cristóbal Ferrer me robó todo. El respeto, el matrimonio, la dignidad. Pero no la vida. Esa se la quitó otra persona. Y si va a meterse en esto, doctora Montenegro… más le vale estar lista para ensuciarse.
Ella no se inmutó. Solo asintió con los labios firmes.
—Ya estoy en el lodo, señor Álvarez. Lo que quiero es salir… con usted.
Fin de la primera escena.