—Narrado por Santiago Álvarez— El reloj del patio marcaba las once de la mañana. Hacía un calor denso, de esos que se pegan a la piel y te hacen sentir como si la cárcel estuviera hecha de plomo. Yo estaba sentado en la mesa de cemento, con un cigarro entre los dedos y la mirada perdida en el patio, cuando el guardia gritó mi nombre. —¡Álvarez! Visita. No esperaba a nadie. No era día de abogados, y mi familia hace tiempo que dejó de venir. Pero cuando crucé el pasillo y vi esa melena roja brillando bajo el fluorescente del pasillo, supe que era ella. Pilar Montenegro. Impecable como siempre. Traje sastre gris claro, blusa blanca ajustada, tacones finos que sonaban firmes sobre el piso. Olía caro, limpio, como algo que no pertenece a este lugar. Como algo que uno quiere tocar… pero sab

