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El Despertar de la Loba Elemental: Libro 1

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Descripción

"Un mundo en ruinas, cinco reyes poderosos, 7 estrellas extraviadas y una loba que es la llave de su salvación... o su destrucción total."

En un futuro apocalíptico donde la humanidad es solo un recuerdo, la jerarquía de las bestias lo es todo. Kaelin Astrea Solaris Blackvane, no es una loba común; ella es la última Loba Elemental, un ser de mito cuya sangre contiene el poder de las estrellas.

Pero el poder tiene un precio devastador: con cada cambio de estación, la naturaleza reclama su tributo, y Kaelin perderá uno de sus sentidos, quedando a merced de los depredadores que la rodean.

Tres corazones, un solo vínculo inquebrantable.

Kaelin no camina sola. Está unida a dos Alfas feroces que darían su vida por ella: Júpiter Craine, el imponente y protector Lobo Huargo y Sebastián Craine, el Lobo de Sangre cuya pasión salvaje no conoce límites.

Juntos forman un trío cuya conexión trasciende la carne, compartiendo el dolor y el poder de una magia prohibida.

Sin embargo, el despertar de Kaelin ha encendido una llama que atrae a los soberanos más peligrosos del mundo.

Valerius, el frío Rey de los Vampiros; Caspian, el arrogante y seductor Rey Tritón; Elowen, el gélido Rey Blanco de los Elfos; e Ignis, el indomable Dragón de cabello de plata. Todos son hermosos, todos son letales y todos la desean.

Lo que comenzó como una alianza política para salvar el mundo se ha convertido en una guerra de celos, posesividad y deseo carnal.

Mientras los reyes compiten por su favor, una amenaza más oscura acecha desde las sombras. El Rey Hechicero es el contraste perfecto entre belleza y alma podrida, obsesionado con reclamar a Kaelin para su propio trono de sombras. Él no quiere su amor; la quiere rota, sometida y convertida en su Reina de Ceniza.

¿Podrá Kaelin sobrevivir a la tortura que implica la redención de su especie, mientras navega entre la devoción de sus lobos y la ambición de los reyes? ¿O será consumida por el fuego de las estrellas antes de que el "Triunfo de la Lealtad" se haga realidad?

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CAPÍTULO 1: CENIZAS, SANGRE Y EL VÍNCULO ROTO
El invierno en el año 300 del Gran Vacío no era una estación, era una sentencia de muerte. La ceniza caía del cielo como los fragmentos de una esperanza calcinada, cubriendo las torres de obsidiana de la Ciudadela de los Susurros de Plata. Para la Manada Eclipse de Sangre, el frío no era el mayor enemigo, sino el silencio sensorial que se avecinaba. Con el solsticio de invierno, el olfato de los licántropos —su conexión más sagrada con el mundo y los suyos— comenzaba a marchitarse, dejando a los alfas en un estado de paranoia ciega y agresividad latente. Júpiter Craine permanecía en el balcón de sus aposentos, con el torso desnudo desafiando las ráfagas de viento helado que cortaban como cuchillas. Sus ojos grises, antes claros como el amanecer, eran ahora tormentas de ceniza. Su mano derecha, de dedos largos y nudillos marcados por mil batallas, se cerraba espasmódicamente sobre la barandilla de piedra, pulverizándola bajo su fuerza sobrenatural. Cada latido de su corazón era un eco de agonía. No era un dolor físico que pudiera curarse con medicina o tiempo; era un vacío voraz que le devoraba las entrañas. Se llevó la mano al cuello, rozando la cicatriz queloide y deforme que marcaba el lugar donde, una vez, Lyra lo había reclamado como suyo. Al cerrar los ojos, el recuerdo lo golpeaba con la fuerza de un huracán. Podía olerla. Lavanda, lluvia fresca y ese aroma dulce y lácteo de la maternidad que empezaba a florecer en ella. Lyra se reía mientras le obligaba a sentir las patadas de Elias contra su vientre. "Será un guerrero, Júpiter, pero tendrá tu corazón", le decía ella. —Mentiras... todo fueron mentiras del destino —gruñó Júpiter, su voz rompiéndose en un rugido sordo. —El destino no miente, hermano. Solo es cruel. Sebastián Craine emergió de las sombras de la habitación, caminando con la elegancia depredadora de un lobo de sangre. Aunque eran gemelos idénticos, Sebastián carecía de la desolación que asfixiaba a Júpiter, pero su rostro reflejaba una tensión diferente. Sus mandíbulas estaban apretadas y sus pupilas estaban dilatadas por el dolor ajeno. —Vete, Sebastián —ordenó Júpiter sin mirarlo—. No necesito tus sermones ni tu lástima. —No es lástima lo que siento, es tu p*ta agonía quemándome los nervios —replicó Sebastián, acercándose hasta quedar a pocos centímetros de su espalda—. Soy tu gemelo. Siento cómo se te desgarra el alma cada vez que piensas en ella. Siento el eco de ese vínculo que te arrancaron, y déjame decirte que es una carga que empiezo a detestar. Sebastián nunca había encontrado a su pareja destinada. Para él, el concepto del "Compañera Destinada" era una debilidad, una cadena que te entregaba en bandeja de plata a la merced del enemigo. Había visto a su hermano, el guerrero más formidable de la región, quedar reducido a un espectro tras la muerte de Lyra. Sebastián despreciaba ese amor, lo consideraba una enfermedad, y sin embargo, por su vínculo de gemelos, estaba condenado a sufrir los síntomas de una pérdida que no era suya. —Daemon Vane no solo mató a tu hembra, Júpiter —continuó Sebastián, su voz bajando a un susurro peligroso—. Mató la paz de esta manada. El consejo de ancianos está inquieto. La maldición estacional está empeorando. Los lobos están perdiendo el olfato antes de tiempo y la agresividad está fuera de control. Necesitan un Alfa que no esté de luto. Necesitan sangre. Júpiter se giró con una rapidez que habría decapitado a un hombre común. Agarró a Sebastián por el cuello de su túnica oscura, sus ojos inyectados en sangre. —¡¿Crees que no lo sé?! ¡Siento el hambre de mi lobo huargo pidiendo justicia! ¡Siento a Elias gritando en mi cabeza cada vez que el viento sopla! —Entonces dásela —desafió Sebastián, sin inmutarse ante la fuerza de su hermano—. Los exploradores han regresado. Daemon se ha encerrado en su fortaleza de la Manada Ónix de Hierro. Se dice que está celebrando su victoria, rodeado de sus generales y de su posesión más preciada: su Luna. El agarre de Júpiter se tensó. El rumor de la Luna de Daemon era una espina clavada en su orgullo. —Nadie la ha visto jamás —masculló Júpiter—. Dicen que es de una belleza tan pura que Daemon la esconde del mundo para que nadie más pueda respirar su aire. Dicen que la adora, que es su talismán de poder. —Exactamente —la sonrisa de Sebastián fue algo puramente diabólico—. Él te arrebató a Lyra de la forma más sangrienta posible. Le arrancó la marca de un mordisco mientras tú estabas lejos, protegiendo fronteras que no merecían tu sacrificio. Dejó que muriera en la agonía del rechazo y el desgarro. Ahora, nosotros haremos lo mismo. No solo masacraremos a su gente. Vamos a entrar en ese nido de hielo, mataremos a su Beta y a su Gama, y tomaremos a esa mujer. Júpiter soltó a su hermano, su respiración volviéndose pesada. La idea de ver a la mujer que Daemon amaba sufriendo a sus pies encendió una chispa de vida en su mirada muerta. —Quiero que ella vea cómo lo destruyo —dijo Júpiter—. Quiero que sienta el miedo que Lyra sintió. Si él la atesora tanto, ella será el precio de su arrogancia. La traeremos aquí, a la arena, y dejaremos que la manada vea cómo la luz de Daemon Vane se apaga en nuestras manos. Júpiter asintió, su resolución sellada en sangre. La imagen de la "Luna" de Daemon, esa mujer que imaginaba envuelta en sedas y protegida por el amor del hombre que destruyó su vida, se convirtió en el blanco de su odio. No buscaba justicia; buscaba una simetría cruel. Si Daemon le había quitado su corazón, él le quitaría su tesoro. —Prepara a los lobos, quiero a la manada entera —sentenció Júpiter, su voz resonando como el trueno en la estancia—. Mañana, la Manada Ónix de Hierro conocerá el verdadero significado de la extinción. Mientras los gemelos daban las órdenes de marcha, el silencio en las mazmorras de la Manada Ónix de Hierro era solo interrumpido por el goteo rítmico de la sangre de Kaelin golpeando el suelo de piedra. Kaelin Astrea Solaris Blackvane mantenía la barbilla hundida en el pecho, su larga cabellera negra cayendo como un velo que ocultaba su tormento. Las cadenas de plata le robaban el aliento, enviando descargas de agonía a través de su sistema nervioso cada vez que intentaba invocar una pizca de su energía elemental. Para el mundo exterior, ella era el enigma de Daemon, la Luna sagrada que él protegía con celo paranoico; para ella, la realidad era un ciclo infinito de humillación y cables de púas. Daemon Vane se acercó, su respiración apestando a alcohol y a una excitación maliciosa. Le tomó el rostro con brusquedad, obligándola a mirarlo. —¿Sabes qué día es mañana, pequeña loba? —siseó él, su mano apretando la mandíbula de Kaelin hasta que sintió que el hueso crujiría—. Es el solsticio. Mi manada espera un milagro de su Luna. Esperan que tu presencia calme la maldición estacional. No tienen idea de que tu único propósito es ser el recipiente de la agonía que yo no quiero sentir. Kaelin no respondió. Sus ojos azules, inmensos y gélidos, permanecieron fijos en un punto invisible de la pared. El silencio de la joven enfurecía a Daemon más que cualquier grito. —Disfruta de tu silencio mientras puedas —gruñó él, soltándola con desprecio—. Mañana, cuando te arrastre ante ellos, verás cuánto dura tu orgullo. Cuando la pesada puerta de hierro se cerró y el eco de los pasos de Daemon se desvaneció, Kaelin soltó un suspiro entrecortado que terminó en un quejido ahogado. La marca púrpura de su mejilla pulsó con una luz mortecina, una advertencia de que la estrella que latía en su interior estaba empezando a reclamar su tributo de dolor. "Pronto, Galatéa..." susurró en el santuario de su mente, dirigiéndose a su loba interior. "Solo un poco más. En cuanto el invierno debilite sus sentidos, encontraremos una grieta en estas cadenas. Huiremos de este infierno, aunque tengamos que dejar nuestra piel en estas paredes. No moriremos aquí, no antes de encontrar las otras seis". Galatéa, la loba blanca de ojos púrpuras, emitió un gruñido bajo y vibrante desde el fondo de su conciencia, una promesa de fuego y destrucción. Kaelin no tenía idea de que, mientras ella planeaba una huida desesperada hacia la soledad de las tierras baldías, dos alfas impulsados por el odio y la venganza cruzaban las llanuras de ceniza hacia ella. No sabía que el destino, ese arquitecto sádico que ya le había entregado un compañero que la trataba como basura, estaba a punto de unir su hilo al de dos hombres que la verían como un trofeo de guerra antes de reconocerla como su salvación. En la oscuridad de la celda, Kaelin cerró los ojos, ignorando el aroma a hierro y muerte que la rodeaba. El universo guardaba silencio, preparando el escenario para un encuentro que no solo cambiaría el curso de sus vidas, sino que sacudiría los cimientos de un mundo que se caía a pedazos.

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