La Cámara de Refugio Alfa se había convertido en un nido de acero y sombras, un santuario donde las leyes de los hombres de Sereton ya no tenían jurisdicción. El aroma de Kaelin, liberado de sus prisiones mágicas, era ahora una marea invisible que golpeaba las paredes y se filtraba en los pulmones de los dos hombres que la rodeaban. Ella estaba en el centro, asustada por la intensidad de su propia biología, sintiendo cómo el celo forzado la convertía en un faro de necesidad pura. —Galatéa... —invocó Kaelin en el silencio de su mente, buscando a su loba entre la bruma del Éter—. No me dejes sola en esto. La respuesta de su loba fue un instinto de equilibrio. A través de esa conexión debilitada, Kaelin comprendió que debía dividir su alma para salvarlos a ambos. No sería una orgía caó

