CAPÍTULO 48: EL PESO DEL SACRIFICIO

1346 Palabras

El interior de la Fortaleza de Sereton no celebraba la victoria; más bien, exhalaba un estertor de agonía. El aire era una amalgama nauseabunda de ozono, desinfectante barato y el olor metálico de la sangre que se enfriaba. Las paredes de acero vibraban, no por la maquinaria de Nox, sino por los lamentos de miles de colonos que habían sido arrancados del control mental de Dimitri. No era una liberación dulce; era un despertar traumático de la conciencia. Kaelin caminaba por los hangares médicos sintiendo que cada grito era una aguja clavada en su sistema nervioso. Sus botas resonaban en el suelo de rejilla metálica, bajo el cual se escuchaba el fluir constante de los refrigerantes de la ciudad. El escenario era dantesco: hombres y mujeres retorciéndose en camillas de metal, sus rostro

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