Capítulo 23: La Comprensión de la carga

958 Palabras
El silencio que siguió al despertar de Kaelin no fue de paz, sino de una estática ensordecedora. Júpiter la soltó con una brusquedad que nació del puro terror. Se puso en pie de un salto, dándole la espalda para que ella no viera cómo sus manos temblaban, mientras sus hombros subían y bajaban en una respiración errática. A unos metros, Sebastián permanecía de rodillas, con los dedos enterrados en la tierra plateada; sus ojos ámbar estaban inyectados en sangre, fijos en el suelo, como si tratara de asimilar que el latido de Kaelin volvía a sonar. —¿Qué pasó allá adentro? —la voz de Júpiter fue un hilo de acero a punto de romperse. —No... no lo recuerdo —mintió Kaelin. Su voz sonó pequeña, extraña—. Solo hubo luz y luego no lo recuerdo ... Kaelin sintió el peso de la margarita de Selene escondida en su esencia. Miró a los Reyes. Elowen, Valerius y el recién llegado Dracon, que acababa de aterrizar en una explosión de brasas tras sentir el vacío de Kaelin desde las puertas de su reino, la observaban con una mezcla de sospecha y terror. Todos ellos habían visto sus propias sombras en el espejo; todos estaban heridos en su orgullo y su historia. Todos ellos esperaban que ella fuera su salvadora, pero nadie preguntaba por el precio. En lugar de quedarse atrás, Kaelin se puso en pie y caminó hacia ellos. Primero llegó hasta Sebastián; le tomó el rostro con suavidad, obligándolo a mirarla. Luego extendió la mano hacia Júpiter, quien, tras un segundo de resistencia, se giró para buscar su contacto con una desesperación febril. —Mientes —siseó Júpiter, aunque esta vez sus manos se cerraron en la cintura de Kaelin como si quisiera fundirla con su cuerpo—. El vínculo no sabe ocultar la verdad. Sentimos que te ibas. Sentimos que nos dejabas. Sentí el mismo vacío n***o que cuando Lyra... —se calló, el nombre de su pasado siendo un veneno que no podía tragar—. No voy a pasar por esto otra vez. No voy a entregarte a una estrella para que te conviertas en un cadáver más en mi historia. —No voy a dejarlos —susurró Kaelin, pegando su frente a la de Júpiter y atrayendo a Sebastián hacia el abrazo—. Pero escúchenme... lo que vieron en el espejo, esas sombras de tiranía y sangre, no es lo que son. Si el destino decide que yo deba transformarme en algo que no comprenden, o si debo desaparecer para que este mundo respire, ustedes tienen que ser más grandes que sus temores. Sebastián soltó un sollozo seco, apoyando su cabeza en el hombro de ella; He matado a miles, he visto caer imperios, pero esos segundos en los que tu corazón se detuvo... —Sentí mi alma partirse en dos cuando tu corazón se detuvo, pequeña loba. Si esto es lo que significa amarte, el precio es una agonía que no sé si puedo soportar. —Soportarán —sentenció Kaelin con una ternura feroz—. Porque son mi soporte y mi hogar. No me miren con miedo, mírenme con la misma fe con la que nos entregamos en el sueño. Si yo doy este paso, es porque sé que ustedes estarán ahí para sostenerme cuando la luz me queme. La triada se mantuvo unida un momento más, un refugio de carne y sentimientos verdaderos frente a los reyes que los observaban con urgencia. Caspian, el Rey Tritón, dio un paso adelante, su instinto protector vibrando al ver la vulnerabilidad de la loba. —Debes hacerlo —dijo Caspian, su voz como el rumor del océano—. El Rey Hechicero no espera. Si no tomas la Estrella del Alma, nuestras sombras devorarán la realidad. Kaelin asintió. Se separó lentamente de sus lobos, pero mantuvo sus manos entrelazadas con las de ellos hasta el último segundo. Caminó hacia la grieta de luz. Cuando Kaelin extendió la mano hacia la luz blanca de la Estrella del Alma, el dolor no fue individual. Fue un estallido de conciencia que viajó a través del marcaje. Al tocar la estrella, Kaelin no gritó sola. Júpiter y Sebastián, unidos a ella por el vínculo, cayeron de rodillas sosteniéndola, formando un círculo de protección mientras la energía los atravesaba a los tres. La pérdida de la humanidad inundó sus mentes. Júpiter sintió el llanto de las madres, Sebastián el último aliento de los caídos, y Kaelin la soledad de los siglos. Pero en lugar de dividirlos, ese dolor los unió en una comprensión profunda: estaban salvando la esencia misma de la vida. La piel de Kaelin empezó a volverse traslúcida, revelando venas de plata líquida. Sus ojos se fracturaron en mil motas blancas, como galaxias en expansión, mientras su cabello antes n***o y rojo se torno de un tono violeta claro; En su espalda, la piel se tensó y se rasgó levemente, dejando escapar alas de luz etérea que envolvieron también a Júpiter y Sebastián, marcándolos con el brillo de la estrella. Cuando el brillo cesó, Kaelin quedó suspendida a unos centímetros del suelo. Se veía divina, aterradora y distante, pero sus ojos buscaron inmediatamente los de ellos. —Ya está hecho —dijo Kaelin, y su voz resonó con el eco de la eternidad—. El costo es alto, pero ya no caminaré sola por este camino. Júpiter y Sebastián se pusieron en pie, tambaleantes. El temor al rededor del sentimiento de perdida se convirtió aquí en una devoción solemne. Habían visto a su pareja transformarse en algo más allá de una loba, y aunque el miedo seguía ahí, la promesa de no soltarla era ahora un juramento sellado en sus almas.
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