Capítulo 1 - Sarah
La pantalla mostraba una barra de progreso, como si el sistema quisiera darme tiempo de arrepentirme. No lo hice. Nunca lo haría. Vivía en una sociedad corrupta y necesitaba escapar, así que tecleé el último comando para cambiar mi identidad con los dedos firmes, aunque por dentro temblaba de miedo.
—Confirmar eliminación total de identidad —leí en voz baja mientras el cursor parpadeaba.
—Hazlo. No mires atrás —me dije.
Así que presioné enter.
En ese instante dejé de existir para los Estados Unidos.
Porque yo no era solo una hacker; era una mujer desesperada por ser libre.
El sistema respondió: IDENTIDAD INVALIDADA. Cuando confirmé que mi nombre ya no formaba parte del registro, cerré la laptop y la guardé en el compartimento oculto de mi mochila. Tenía exactamente diecisiete minutos antes de que mis padres regresaran a casa.
Me levanté despacio, recordando los años que pasé planeando esto.
El reflejo del vidrio oscuro me devolvió una versión de mí que ya no existía oficialmente. Veintiún años recién cumplidos. La edad legal para ser vendida como un objeto.
Mi madre solía repetirlo como si fuera un logro.
—Ya pronto serás mayor, Sarah, y tus padres podrán cobrar por ti.
El recuerdo apareció sin permiso, fragmentado, como casi todos. Mis padres sentados frente a la mesa, revisando contratos que yo no podía tocar. Mi madre de pie detrás de ellos, con los brazos cruzados, vigilando que no hiciera preguntas.
—No lo veas como una venta —decía ella—. Es reubicarte en un nuevo hogar, donde serás útil para el clan que oferte más por ti.
Sacudí la cabeza para expulsar la imagen. No tenía tiempo para eso.
Me colgué la mochila y bajé por el ascensor. Cada segundo era una punzada en la nuca. Cuando por fin llegué al estacionamiento subterráneo, ya me esperaban.
—¿Lista? —preguntó un hombre extraño que imaginé era parte de la organización que me ayudaría a escapar.
—Lista —respondí.
—Entonces muévete. Y no hagas ruido.
Como si no lo supiera, pensé.
El auto arrancó en automático en cuanto me senté. El vidrio polarizado se activó y la ciudad empezó a pasar como sombras. Sentí el impulso absurdo de llorar pero, no lo hice. Llorar era un lujo que no me podía permitir.
Si algo me enseñó mi madre fue eso.
—Concéntrate —decía mientras me obligaba a someterme a pruebas fisicas—. Sé fuerte. Tu luz se altera cuando eres débil.
“Mi luz” Aquella que calmaba la oscuridad de los hombres de la elite. Aquella que me hacía aún más valiosa en una sociedad con pocas mujeres. La primera vez que mis padres se dieron cuenta de mi habilidad sobrehumana no entendí qué significaba; solo supe que era doloroso ser especial y diferente.
El auto se detuvo en un punto ciego de la zona industrial y, tras un breve intercambio de instrucciones, me dirigí a un túnel de servicio que me condujo hasta el primer punto seguro. Allí me esperaban otras dos mujeres.
Ninguna de nosotras hablaba entre sí. No hacía falta.
Todas sabíamos lo mismo: si abríamos la boca, el miedo nos iba a rebasar.
—Aquí esta tu documentación nueva —dijo un agente cuando fue mi turno de pasar—. Memorízala.
Asentí.
Los documentos tenían un nombre nuevo una nueva vida comprimida en datos falsos.
—¿A dónde me llevan? — termine preguntando.
—A otro continente, Neo-Rusia.
La palabra me atravesó con una mezcla de alivio y temor. Neo-Rusia. El lugar del que hablaban las transmisiones que escuchaban mis padres. Donde había orden, seguridad y progreso. Un país donde, decían, las mujeres tenían más oportunidades de ser feliz.
—¿Es seguro? —escuche preguntar a una de las otras mujeres.
El agente sonrió apenas.
—Es mucho más seguro que en este país.
Ninguna dijo nada más.
El trayecto fue una serie de traslados ilegales. La sensación de ser capturada era constante. Al llegar a la ciudad de Neo-Moscú, por ser la única de las mujeres que hablaba ruso, fui separada del resto.
Me llevaron directamente a unas oficinas de emigración, donde la torre parecía tener una segregación por género. Aquel orden me hizo sentir una leve esperanza: tal vez en este país existían espacios sin hombres asechando, sin miradas descaradas que me hicieran sentir como un objeto.
—Bienvenida a Neo-Moscú —anunció una voz automatizada—. Tenga a la mano su documentación para su registro en el programa de vinculación nacional.
—¿Programa de vinculación? —pregunté sin entender, pero la máquina no respondió.
Entonces comprendí que había algo extraño. Me asomé por la ventana, como quien necesita buscar en el entorno una salida, y no pude evitar ver los drones suspendidos en el aire: cámaras que no solo observaban, sino que parecían evaluar cada uno de mis movimientos.
—Siga la línea —indicó de pronto la pantalla— hasta llegar a la zona de inspección femenina.
Obedecí.
La organización que había contactado para mi huida de los Estados Unidos me había prometido ayuda para integrarme a una sociedad donde las mujeres éramos tratadas de forma más digna. Pero sabía lo que significaba una vinculación. Vinculación era el nombre oficial que se les daba a los matrimonios polígamos entre una mujer y los hombres que integraban un clan fuera este parte de la elite o de las clases inferiores.
—No te preocupes —me dijo de pronto una mujer que se paró frente a mi y que parecía una especie de agente gubernamental—. Todas están nerviosas al principio, pero te darás cuenta de que, a diferencia de tu país, aquí tienes la libertad de elegir con qué clan vincularte.
Estaba aterrada. Y aunque quise creerle, al ver los formularios frente a mí y leer su contenido, comprendí que estaba en problemas.
—Para permanecer en el país —explicó la funcionaria — debes ingresar al sistema de vinculación nacional.
—¿Por qué? —pregunté, sin rodeos.
—Como extranjera, es necesario que te vincules a un clan que te proteja —respondió—. Además, es obligatorio para mujeres sin aval interno.
Sentí un vacío en el estómago.
—¿Y si no acepto?
La mujer levantó la vista por primera vez.
—Deportación inmediata.
—¿De vuelta a…?
—A su país de origen —confirmó, antes de hacer una pausa—. Porque sabe que nosotros sabemos de dónde es realmente usted, ¿cierto?
—Esto no estaba en el acuerdo —dije.
—No hacemos acuerdos —respondió, pasándome una pluma—. Ayudamos a las mujeres en distintos lugares del mundo a integrarse a nuestra sociedad y nos apegamos a nuestro sistema legal para hacerlo.
Me quedé en shock. Firmar significaba perder mi libertad; negarme, regresar al infierno del que había escapado. No sabía qué hacer.