Capítulo 4 - Antonio

1427 Palabras
El caos y los gritos se mezclan a mi alrededor, pero nada importa más que llegar a ella. Cuando por fin la sostengo entre mis brazos, está en el suelo. La herida ha atravesado su pecho y la sangre fluye sin piedad. —Maldita sea… —murmuro al despertar. Esta noche he vuelto a soñar con ella, pero no fue uno de esos sueños placenteros que a veces mi mente me concede. En este, alguien la había herido y yo no había llegado a tiempo para protegerla. Era curioso descubrir que verla sangrar era lo único capaz de perturbarme. Curioso, porque me había ganado mi lugar en el clan más fuerte del país haciendo sangrar a otros. La sangre nunca fue un problema. Ella… a veces sí. Esa era la contradicción. Yo, forjado en la violencia, incapaz de temblar ante el dolor ajeno y aun así, vulnerable ante una sola mujer. Cualquiera la llamaría luz, pero, para mí ella era algo más peligroso. Era la única capaz de arrastrarme a una oscuridad distinta, una que no nacía del poder, sino del deseo. Sé que no es real. Lo sé. Es un invento de mi mente, una construcción frágil que aparece algunas noches —las mejores— en las que puedo verla, sentirla y, cuando tengo suerte, escucharla. Su voz es lo más bello de ella. Dulce. Constante. Capaz de apaciguar el caos que llevo dentro. A veces me pregunto si eso también forma parte de mi condena. Ver a la mujer que me ha enamorado solo en mis sueños. Sentir su presencia como consecuencia de años de abuso, de sustancias que distorsionaron mis habilidades sobrehumanas y quebraron ciertos límites de mi percepción. —No estás aquí —me repito en silencio—. No existes. Y, aun así, cada vez que la imagino, algo en mí se calma. Y eso, más que la violencia que ejerce mi oficio es lo que realmente me asusta. Porque odio vivir sin ella. Aparte Maxim ha decidido que es tiempo de buscar una esposa y aunque sé que sería perfectamente capaz de cumplir mi rol en la intimidad con quien sea que el sistema elija, dudo que alguna mujer pueda superar el estándar que la que vive en mi imaginación ha dejado impreso en mi alma. Así que, aunque hoy tenemos la reunión para conocer a quien se ha designado como nuestra candidata ideal, no tengo ningún interés real en conocerla. O eso creía. Porque cuando estaba a punto de salir a fumar, el mundo se detuvo en el instante en que la vi entrar a la sala. Llevaba un abrigo del mismo tono que he visto tantas veces en mis sueños, envolviéndola como si siempre hubiera sabido que algún día estaría frente a nosotros. Sus botas negras parecían anclarla a la realidad, pero no lograban borrar la certeza inquietante de que ella había vivido en mi mente mucho antes de existir ante mis ojos. —Clan Petrov —anunció la funcionaria, interrumpiendo mis pensamientos—. Ella es Sarah Dumont. —Sarah —continuó—, frente a ti están Maxim, Antonio y Stephan. Los tres integran el clan Petrov. Nos sentamos tras un breve saludo y, cuando la conversación comenzó, seguía ausente, perdido en mis pensamientos, incapaz de asimilar que ella estuviera aquí. Que fuera real. —Antonio —dijo Maxim, notando mi mirada fija en ella. Me obligué a parpadear. A respirar. Pero era inútil. Ella había vivido en secreto dentro de mi cabeza durante años. ¿Sería consciente de mi existencia antes de este momento? ¿Sabía que, con solo entrar, había resquebrajado algo oscuro en mí? Fuera como fuera, cuando fui capaz de centrarme lo suficiente en el momento como para interactuar, me di cuenta de que Maxim y Stephan, siendo fieles a sí mismos, estaban arruinando las cosas incluso antes de que comenzaran. —Y dime, Sarah, ¿cuál es tu posición favorita? —preguntó Maxim. Ella frunció el ceño, confundida por la pregunta. Maxim pareció notar su desconcierto y aclaró. —Me refiero a tu posición en la cama. ¿Hay alguna que prefieras? Volteé a verlo sin poder creer lo que estaba haciendo y entendí que por estar distraído, me había perdido gran parte de la conversación, al punto de no saber cómo habían llegado a una pregunta tan incómoda. —Somos adultos, Sarah —intervino Stephan con calma—. Y considerando que la reunión ha avanzado bien hasta el momento y que nuestra vinculación se lleve a cabo este mismo mes, es natural hablar de estos temas. Maxim asintió antes de añadir. —El interés recae en asegurarnos de que, durante la consumación de nuestra vinculación contigo, todos lo disfrutemos. Mis hermanos de clan eran genios en sus áreas de especialidad, pero incluso yo, que apenas me relacionaba con mujeres, sabía que la forma en que habían dicho disfrutemos sonaba como si Sarah solo fuera un vino al que planeaban degustar. Como si no fuera más que algo que quisieran saborear. El silencio que siguió se sintió eterno. Fue la funcionaria quien lo rompió, entrando desde la puerta que conectaba la sala de supervisión con la de reuniones. —Sarah, ¿te sientes bien? —preguntó con expresión neutra—. Si deseas tomar un descanso o suspender la reunión, podemos hacerlo. La funcionaria insistió, mirándola con atención al ver que no contestaba. —Sarah, ¿deseas terminar la reunión? Parecía como si su mente trabajara rápido, evaluando sus opciones. —Estoy bien —dijo al fin—. Es solo que… no tengo una respuesta para la pregunta de Maxim. Aquello sin querer captó mi atención. —Nunca he tenido relaciones antes. Desconozco qué posición podría gustarme más. —¿Virgen… en serio? —se me escapó decir, recordando las cosas que ambos habíamos hecho en mis sueños—. ¿Cómo puedes ser virgen? ¿Cuántos años tienes? Sarah me miró directamente a los ojos, molesta, y entonces sentí también las miradas de Maxim y Stephan sobre mí. —Veintiuno —dijo con voz firme, sosteniéndome la mirada—. Lo dije al inicio. ¿No prestaste atención? El disgusto en su expresión fue evidente. Pero ¿qué podía decirle? Estaba tan absorto ante el suceso de que la mujer de mis sueños era real que, sí, no había escuchado el inicio de la conversación. No tenía idea de lo que había dicho al principio. Y la verdad me preguntaba “¿Importaba?” Yo ya sabía que no la dejaría ir. No ahora que sabía que era real. Antes de que pudiera responder, la funcionaria se movió con rapidez hacia nosotros, adoptando una expresión conciliadora. —Señorita Dumont, desde luego el señor De Lucca prestó atención. Es solo que quizá lo pasó por alto, ¿cierto? —No —dije con firmeza. Si había algo que nunca haría con ella, era mentirle. Aunque se molestara. —Increíble —dijo Sarah. Hizo una pausa antes de continuar—. Realmente son increíbles los tres. No puedo creerlo. —Todo se malinterpretó —insistió la funcionaria. Pero Maxim, que había permanecido en silencio, finalmente habló. —Es bueno que otros hombres no hayan poseído tu cuerpo y que se mantenga inmaculado. Solo debemos asegurarnos de que sea cierto antes de concederte una gratificación por ello —dijo, con una expresión más propia de un hombre de negocios que de alguien que buscara casarse con una mujer. La reunión concluyó poco después, por sugerencia de la funcionaria. Sarah salió sin decir una sola palabra. Antes de que nos marcháramos, la mujer nos detuvo. —Se que fue un desastre, pero no se preocupen así pasa a veces con las extranjeras. Ustedes no se preocupen, aunque existimos pocas mujeres en el mundo hay muchas más opciones para un clan como ustedes. Ninguno respondió. Años juntos bastaban para entendernos sin palabras. Nos íbamos a quedar con Sarah. Así que antes de salir, me volví hacia la funcionaria. —Que sea este mes, ¿de acuerdo? Me miró confundida. Maxim ya se adelantaba hacia el auto cuando agregue. —Queremos casarnos con ella. Arréglalo. El asistente de Maxim te pasará los detalles de la ceremonia y la recepción. Solo asegúrate de que esté ahí. —¿Sarah? —preguntó, aún desconcertada. Stephan salió sin decir una palabra, visiblemente irritado. Podía imaginar con claridad lo que pensaba. “¿Por qué hay personas a las que es necesario repetirles las cosas?” —Sí. Sarah. ¿Quién más sería? Encárgate. Haz que ella lo sepa.
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