Quiero que todo se acabe

1274 Palabras
No había dejado de llorar en toda la noche. Rodrigo y Violetta no dejaron de llamarme, pero no tuve fuerzas para responderles. Sentía que si hablaba, si escuchaba sus voces, todo lo que había ocurrido se volvería aún más real. Al día siguiente, me levanté temprano, aunque apenas había dormido. Mi cuerpo aún temblaba por el trauma, mi mente seguía reviviendo cada horrible segundo de aquella noche. Rodrigo no tardó en llegar a mi casa. Lo vi entrar con el ceño fruncido y una expresión de preocupación en su rostro. Apenas cerró la puerta detrás de él, caminó apresurado hacia donde yo estaba sentada en el sofá, envuelta en una manta. —No me has respondido el celular en dos días —dijo, arrodillándose a mi lado y tomando mis manos entre las suyas—. Tu padre solo me dijo que te sentías mal, pero sé que hay algo más. ¿Qué ocurrió, mi vida? Sus ojos, tan llenos de amor y angustia, hicieron que mi corazón se estrujara aún más. Yo no podía sostenerle la mirada. —Ro… yo… —mi voz tembló, y tuve que tragar saliva antes de continuar—. No quiero casarme contigo. Vi cómo su rostro se transformaba por completo. Sus manos apretaron las mías con más fuerza, como si temiera que fuera a desaparecer en ese instante. —¿Qué? —susurró, incrédulo—. Aurora, no digas eso… Sé que soy mayor que tú, pero ya hemos hablado de esto. Negué con la cabeza, sintiendo las lágrimas arder en mis ojos. —No se trata de eso… Rodrigo frunció el ceño y su mandíbula se tensó. —Entonces dime qué ocurre —insistió, inclinándose más hacia mí—. ¿Alguien te dijo algo? ¿Mi familia? ¿Tu padre? Cerré los ojos con fuerza. Si le decía la verdad, ¿me seguiría mirando con ese amor en los ojos? ¿O me vería con desprecio, como mi padre? Un sollozo se me escapó antes de que pudiera evitarlo. Rodrigo tomó mi rostro entre sus manos y me obligó a mirarlo. —Aurora, por favor… dime qué pasa. Yo solo pude negar con la cabeza. No podía decírselo. No podía arriesgarme a perderlo. Pero, al mismo tiempo, ya lo había perdido todo. Rodrigo no apartó sus manos de mi rostro. Me miraba con desesperación, tratando de encontrar en mis ojos las respuestas que yo no me atrevía a decir en voz alta. —Aurora… —susurró—. Dímelo. Lo que sea, lo afrontaremos juntos. Un sollozo se escapó de mis labios. No podía seguir guardándolo. Me estaba matando por dentro. —Ro… —mi voz apenas era un murmullo—. Me… me violaron. Sentí cómo su cuerpo se tensó de inmediato. Sus manos temblaron sobre mi piel. Sus labios se entreabrieron, pero no dijo nada al principio. Era como si su mente estuviera procesando mis palabras, como si se negara a creer lo que acababa de escuchar. —¿Qué… qué dijiste? —preguntó finalmente, su voz quebrada. Cerré los ojos con fuerza, sintiendo que todo el aire me abandonaba. —La otra noche… fui con Violetta al bar. Bebimos… pero algo no estaba bien. Me sentí extraña, mareada… No era normal. Cuando intenté irme, alguien me tomó por la espalda… —mi voz se quebró y llevé una mano a mi boca, tratando de ahogar mis sollozos—. No recuerdo mucho después de eso. Solo que desperté… en una habitación de hotel… desnuda… Rodrigo se apartó bruscamente, poniéndose de pie. Se pasó las manos por el cabello con furia, respirando de manera agitada. —¡Dime quién fue! —exigió con la voz rota—. ¡Dime su maldito nombre, Aurora! Me encojí sobre el sofá, sintiéndome aún más pequeña, más frágil. —No lo sé… —susurré—. No lo vi… No recuerdo su rostro… Solo… su olor… Rodrigo cerró los ojos con fuerza y apretó los puños. Se veía fuera de sí. —Voy a matarlo… —murmuró entre dientes—. Juro por Dios que voy a encontrarlo y lo voy a matar. Yo solo negué con la cabeza, sin poder contener más las lágrimas. —No puedes hacer nada… Ya está hecho… Se giró hacia mí, con el rostro lleno de dolor. —No, no está hecho. No voy a dejar que esto quede así. Lo vi respirar hondo antes de volver a arrodillarse frente a mí. Tomó mi rostro con cuidado, con ternura. —Aurora, escúchame. Nada de esto cambia lo que siento por ti. No voy a dejarte sola en esto. No tienes que casarte conmigo si no quieres, pero no te voy a abandonar. Un nuevo sollozo sacudió mi cuerpo, y esta vez me aferré a él con todas mis fuerzas. Me envolvió en sus brazos y me meció suavemente, como si intentara reconstruir mis pedazos rotos. Por primera vez desde aquella noche, sentí un poco de alivio... Rodrigo no me dejó sola ni un segundo. Desde el momento en que le conté lo que había pasado, se convirtió en mi sombra, en mi escudo. Esa misma tarde, me llevó a la comisaría para denunciar lo ocurrido. Su mano no soltó la mía en ningún momento mientras le explicaba todo a la oficial que nos atendió. Mi voz temblaba, pero él apretaba mi mano con fuerza, transmitiéndome su apoyo silencioso. Luego de hacer la denuncia, nos enviaron al hospital para los estudios médicos. Fue lo peor. Cada prueba, cada examen, me hacía revivir aquella noche de pesadilla. Pero Rodrigo estaba ahí, hablándome suavemente, asegurándome que todo estaría bien. Cuando terminamos, volvimos a la estación de policía. Un detective nos recibió en su oficina. Era un hombre de unos cuarenta años, con cabello entrecano y una mirada dura. Se presentó como el detective Ramírez y nos pidió que tomáramos asiento. —Hemos revisado las cámaras de seguridad del bar y del hotel —dijo con tono profesional—. Lamentablemente, ambas fueron borradas. No hay registros de lo que ocurrió. Mi corazón se encogió en mi pecho. Miré a Rodrigo con desesperación, pero él mantenía la mandíbula tensa, como si intentara contener su furia. —Eso no es todo —continuó el detective—. Hablamos con el mesero del bar y él declaró que la señorita se marchó del lugar por su propia voluntad, acompañada de un hombre. —¡Eso es mentira! —Rodrigo se puso de pie de golpe, golpeando la mesa con el puño—. ¡Mi novia no miente! ¡Ella no se iría con un desconocido por su cuenta! El detective suspiró, sin alterarse. —Lo entiendo, señor Montesinos. Pero sin pruebas, es la única versión que tenemos hasta ahora. —Entonces investiguen mejor —insistió Rodrigo, su tono lleno de ira—. Mi familia tiene contactos, puedo conseguir que les den acceso a otras cámaras cercanas. Si alguien manipuló las del bar y el hotel, es porque quiere ocultar lo que pasó. El detective asintió lentamente. —Haré todo lo que esté en mis manos, se lo aseguro. Pero este tipo de casos son complicados. Si el agresor tomó precauciones, será difícil encontrarlo. Bajé la cabeza, sintiéndome completamente impotente. Rodrigo se giró hacia mí y volvió a tomar mi mano. —No voy a dejar que esto quede así, Aurora. Te lo prometo. Encontraremos a ese malnacido. Yo solo asentí, sin encontrar fuerzas para responder. Porque en el fondo, temía que nunca supiéramos quién me había hecho esto. —Yo solo quiero que todo se acabe — Solloce y él me dio un abrazo.
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