Han pasado más de tres meses desde aquella noche que cambió mi vida para siempre. La denuncia sigue en pie, pero la investigación avanza con lentitud. La desesperación de no saber quién arruinó mi vida me consume, pero intento seguir adelante. Violetta se ha disculpado mil veces por dejarme sola esa noche; dice que nunca se lo perdonará. Yo tampoco sé si podré hacerlo.
Sin embargo, todo cambió un mes después del ataque, cuando descubrí que estaba embarazada. Lloré durante horas, sintiéndome más perdida que nunca. Mi madre me sostuvo en sus brazos mientras sollozaba, tratando de calmarme, pero el miedo me ahogaba. No sabía quién era el padre.
Con Rodrigo tuve mi primera vez la noche que cumplí dieciocho años, y un día después, ocurrió el abuso. Mi mente se aferra con todas sus fuerzas a la esperanza de que este bebé sea suyo. Deseo con todo mi ser que tenga sus ojos azules, su cabello n***o, su sonrisa tierna. Rodrigo, en cambio, nunca dudó. Desde el momento en que lo supo, aseguró que el bebé era suyo, sin importar lo demás. Lo ha dicho ante su familia, ante nuestros amigos, ante el mundo entero.
Hoy es el día de mi boda.
Me miro en el espejo mientras mi madre, Julia, me ayuda con el maquillaje. Sus manos temblorosas reflejan su preocupación, pero su voz es firme cuando intenta calmarme.
—Mamá… todos hablan de mí. Nadie cree que fui abusada. Los medios han dicho de todo, incluso la familia de Rodrigo me juzga. Su padre está furioso.
Ella suspira, dejando el pincel sobre la mesa, y toma mis manos con ternura.
—No importa lo que digan los demás, Aurora. Ni siquiera lo que piense Liam Montesinos. Solo importa lo que siente Rodrigo, y él te ama. Hoy se casará contigo.
—Pero… —mi voz se quiebra—. ¿Y si el bebé no es suyo?
Mi madre baja la mirada hacia mi vientre apenas redondeado y acaricia mi mano.
—No importa, mi amor. Porque él ya decidió que lo es.
Un golpe en la puerta nos interrumpe.
—Es hora —anuncia una de las organizadoras.
Respiro hondo, tratando de aferrarme a las palabras de mi madre. Quizás ella tenga razón. Quizás no importe el pasado, sino el hombre que me espera al final del altar, dispuesto a amarme y protegernos a mí y a este bebé, sin importar de dónde venga.
Me levanto con determinación. Rodrigo ha estado conmigo en los peores momentos. Es hora de caminar hacia él y aferrarme a nuestro futuro.
Mi padre se negó rotundamente a acompañarme a la iglesia, pero mi madre, como siempre, estuvo a mi lado. Sujeta de su brazo, descendí del auto con el vestido blanco acariciando el suelo. Mi corazón latía con fuerza, no por nervios, sino por la sensación extraña que me oprimía el pecho. Algo no estaba bien.
Al entrar, observé a los invitados. No eran tantos como esperaba, y la ausencia más notoria era la de la familia de Rodrigo. Mi respiración se volvió errática.
—Mamá… ¿dónde están los Montesinos? —pregunté en un susurro, buscando desesperadamente entre los rostros.
Ella me apretó la mano con ternura.
—Tranquila, mi amor. Seguro Rodrigo ya viene. Quizás se retrasó por algo. Mejor esperémoslo en el carro.
Negué con firmeza y solté su brazo.
—No, mamá. Yo lo espero en el altar. Él vendrá.
Caminé con la cabeza en alto, aferrando mi vientre con una de mis manos. Cada paso pesaba como una losa. Sentía las miradas de todos sobre mí, susurros ahogados y murmullos cargados de lástima.
Los minutos pasaron. Uno tras otro. La espera se hizo eterna.
Y entonces, la puerta de la iglesia se abrió.
Me giré con el corazón en la garganta, esperando ver a Rodrigo, pero en su lugar, el chófer de su familia se acercó con expresión sombría. En sus manos llevaba un sobre.
—Señorita Aurora… —su voz sonaba tensa, como si le pesara demasiado lo que estaba a punto de hacer.
Mi madre intentó detenerme, pero ya era tarde. Con manos temblorosas, tomé la carta y la abrí de inmediato.
Mis ojos recorrieron las líneas escritas con la caligrafía firme de Rodrigo.
"Aurora, nunca me casaría con alguien como tú. Jamás sería la vergüenza de la sociedad ni el padre de ese niño que, seguramente, no es mío.No me busques nunca más, Rodrigo"
Sentí un vacío en el estómago, como si todo el aire hubiera sido arrancado de mis pulmones. Mi visión se nubló.
—No… —susurré, aferrando el papel con tanta fuerza que mis nudillos se pusieron blancos.
Mis piernas fallaron y mi madre me sostuvo justo antes de que me desplomara en el suelo.
—Aurora, mi amor… —murmuró ella, acariciándome el rostro con desesperación.
Pero yo no podía responder. No podía hacer nada más que quedarme allí, congelada, sintiendo cómo mi corazón se rompía en mil pedazos.