ABIGAIL
Seis años después
20 de diciembre medianoche
– ¿Cómo te fue?
Apenas entré a casa me recibió una muy preocupada Jade. Quité mi bufanda y cárdigan poniéndolos en la entrada. Lo siguiente fue el gorro de lana que dejó mi ahora cabello rojo despeinado. Luego fue el turno de mis zapatos de invierno los cuales los dejé en la entrada. Esa época del año era demasiado frio para mi gusto, en especial en San Francisco que las lluvias eran pan de cada día. Me puse las pantuflas de panda y ahora sí no dudé en abrazar a mi amiga quien me recibió sin dudarlo.
– Bien, ya acabó todo lo del testamento así que podemos estar tranquilos.
Sí, unos dos meses antes había recibido la noticia de que mi donador de esperma, alias mi padre, falleció por un infarto. En ese momento no sabía qué decir o qué hacer, pero como era su única hija tomé responsabilidad de todo, lo cual significaba viajar a Los Ángeles por un tiempo, sí, ese hombre no fue un buen padre, pero estaba segura que mi madre en el cielo querría que le dé cristiana sepultura de forma adecuada y yo también lo pensaba, nadie merecía despedirse solo cuando uno dejaba el mundo. Desde que llegué me encargué del velorio, elección de ataúd, incluido los papeleos y el entierro, quién hubiera pensado que darle sepultura a alguien demoraría tanto y se necesitarían muchísimas firmas de mi parte. Está de más mencionar que en toda esa etapa no recibí ni una llamada de mi familia paterna, lo que no me sorprendió. Simplemente llegaron el día del entierro llorando y lamentándose como si hubieran sido demasiado cercano a mi padre y como si ellos mismos hubieran hecho todo ahí. No me inmuté, simplemente los dejé ser y me consolé pensando que después de eso no habría nada más que nos relacionara. Qué equivocaba estaba.
No supe que mi donador había dejado un testamento y al parecer me incluía. No pude evitar sorprenderme al saber aquello. Para mí no tenía lógica porque después de mi pelea con él hace seis años ya no supe nada de él, solo lo saludaba eventualmente para su cumpleaños o para Navidad o Año Nuevo, por eso pensé que tal vez incluso solo me nombró en el testamento porque quería reclamarme o humillarme. Pero no, fuera de todas mis expectativas el señor me dejó un par de terrenos y dos cuentas bancarias todas para mí, todos sus ahorros eran míos, todo por lo que él había trabajado me lo dejó a mí. No supe cómo reaccionar, después de tantos años en silencio solo rompiéndose por saludos formales, después de olvidarse que tenía hija ahora me dejaba algo como última voluntad, tal vez esa era su forma de preocuparse por mí o de manejar su remordimiento antes de morir, no lo sabía, pero no lo iba a desaprovechar así que lo acepté con gusto.
Mis familiares no tardaron en reclamar por la injusticia de ser su única heredera, fue irrisorio ver que mis familiares paternos lloraban y actuaban dramáticamente insistiendo que ellos eran los que tenían más derecho por encima de mí. Era gracioso, pues legalmente no había nadie con más derecho para recibir su herencia que yo, su única hija. Fue un dolor de cabeza, pero después de dos meses llenos de gritos por parte de mis familiares quienes intentaron apelar, pelear, berrear, incluso hasta ir a mi trabajo para hacerme quedar mal, pero no pudieron conseguir nada, todo era para mí. Después de mucho papeleo y firmas al fin pude regresar a casa, a donde pertenecía.
– Y…¿cómo te sientes?
– Me siento bien.
Jade se quedó mirándome fijamente, entendía que tal vez no me creyera, pero era verdad lo que decía. La muerte del donador no la sentí, no estuve acostumbrada a él y no pasé mucho tiempo con él. No puedes extrañar algo que no has vivido y yo no tuve experiencias suficientes para sentir pena. Tampoco sentía odio ni rencor, no sentía nada, pero esperaba que pudiera descansar a donde sea que iría. Le sonreí a mi amiga con mi mejor sonrisa y solo así se calmó un poco.
– Pero más importante, la casa está en silencio.
Jade soltó una pequeña risa, suavizando sus rasgos.
– Los pequeños terremotos están descansando y esta vez quisieron dormir en un solo cuarto.
Con una sonrisa en mi rostro, Jade me guio hacia una habitación que tenía un pequeño letrero azul bebé que ponía con letras blancas “Jared”, Abrí la puerta lentamente y entramos en silencio. Toda la habitación estaba a oscuras, los peluches estaban puestos en las repisas y en el suelo los juguetes. Las paredes eran color azul bebé y en el centro de toda la habitación estaba puesta una gran cama circular para niños, mantas blancas con pequeñas siluetas de lobo cubrían dos cuerpecitos que estaban dormidos tomados de la mano, nuestros dos ángeles.
Mi hermoso Jared se encontraba dormido siempre al lado de la puerta. Después de escapar de Arroyo Grande me enteré que estaba embarazada, en un inicio tenía miedo, estaba asustada pues no sabía qué me esperaba, no sabía cuidar niños, nunca me había rodeado de niños, no sabía lo que necesitaban, apenas y podía sobrevivir yo ¿Cómo podía hacer que un niño sobreviviera? Pero me negaba a sacarlo de mi cuerpo, no podía, así como mi madre me crio a mi prácticamente sola, yo quería mantener esta vida que crecía en mi vientre, pensando en lo que pasó mi madre sentí que las fuerzas que no tenía me llenaban el alma. Tomé la decisión de tenerlo aun con todo lo difícil que eso significaba, pero lejos de todo, mi pequeño Jared se portó muy bien. No me dio nauseas, no sentí dolores, ningún malestar me aquejaba. Incluso mi pancita no se notó hasta los siete meses y aun así era una pancita pequeña que me permitía trabajar y hacer cosas. Parece que mi hijo notaba que su madre tenía responsabilidades y no quería ponerme en aprietos.