Capítulo 7. Que pesadilla.

1179 Palabras
De regreso en el complejo de apartamentos, Emma subía las escaleras cargada de bolsas, haciendo un ruido infernal. Su mente ya estaba planeando dónde poner cada cosa, pero en el fondo, se preguntaba si Elías ya estaría despierto. No se dio cuenta de que estaba silbando una melodía alegre hasta que llegó al tercer piso. Allí estaba él, justo cerrando su puerta, listo para irse de nuevo. Elías se quedó inmóvil, observándola mientras ella luchaba con un helecho que parecía querer devorarla y tres bolsas de Target. —¿Vas a montar un vivero en el pasillo? —preguntó él, sin moverse para ayudarla, aunque sus ojos recorrieron las bolsas con curiosidad. Emma se sorprendió de verlo, ¿Ya era tan tarde?. —Es para mejorar el Feng Shui, Oficial —respondió ella, recuperando el aliento y dedicándole su mejor sonrisa—. Deberías probarlo. Un poco de color no te mataría. Por cierto, te compré algo. Elías frunció el ceño. —No acepto regalos de desconocidos. —No soy una desconocida, soy tu vecina —replicó ella, sacando el vaso térmico para el café de la bolsa y extendiéndolo hacia él—. Tómalo. Es para que tu café no sepa tanto a soledad. Él miró el vaso y luego la mano de Emma. Hubo un silencio tenso en el pasillo de aquel edificio. Elías parecía estar librando una batalla interna entre su deseo de ser un tipo duro y algo más profundo que Emma estaba empezando a despertar. Finalmente, extendió su mano grande y callosa, y sus dedos rozaron los de ella al tomar el vaso. Emma sintió una descarga eléctrica que no tenía nada que ver con el clima. —Gracias —dijo él, con una voz tan baja que casi fue un susurro—. No debiste molestarte, lo recibiré solo porque eres mi vecina— dijo y bajó las escaleras rápidamente. Emma se quedó allí, en medio del pasillo, rodeada de bolsas y flores, con el corazón latiendo un poco más rápido de lo normal. —Tonto —murmuró ella con una sonrisa gigante—. ¿Por qué tenía que ser tan guapo?. El ambiente en la estación de policía de Fontana era el de siempre: olor a café, el zumbido de las radios y el brillo clínico de las luces fluorescentes que hacían que todo el mundo pareciera diez años mayor. Elías estaba sentado en el área de descanso, observando aquel vaso y aquella frase. A su lado, los oficiales Miller y Sánchez discutían sobre lo mismo de todas las noches. —Te lo digo, hombre —se quejaba Sánchez, frotándose las sienes—. Mi esposa lleva tres días sin hablarme porque olvidé que era nuestro aniversario de novios. ¿Quién celebra el aniversario de novios después de cinco años de casados? Es una trampa. Disfruta tu soltería, Elías, las mujeres son un rompecabezas difícil de armar. Miller soltó una carcajada y le dio un golpe amistoso en el hombro a Elías. —Déjalo en paz, Sánchez. Elías tiene el secreto de la felicidad: una casa en silencio y nadie que le pida explicaciones, debí de ser igual, quedarme soltero hasta los treinta y cinco y ya después casarme, pero me atraparon a los veinte y mírame. Elías no respondió. Normalmente, esos comentarios pasaban de largo, pero hoy la palabra “silencio” le supo amarga. Pensó en su apartamento, en la foto de Sara que custodiaba su soledad, y sintió esa punzada familiar de melancolía. Sara nunca se habría enojado por un aniversario olvidado, ella habría estado allí, sentada a su lado con su propio uniforme, compartiendo el turno, sonriendo y hablando de cualquier cosa. Si nada hubiera pasado, él ahora estaría casado, viviendo lejos de ese edificio, el que Sara odiaba tanto debido al aspecto lúgubre. “Vivamos en una casa enorme, con un jardín increíble, para poder tener reuniones con amigos”, eso le decía ella cada tanto. En la estación, el nombre de Sara era sagrado. Nadie hablaba de ella para no hurgar en la herida de Elías. Pero su ausencia pesaba en el aire cada vez que Elías se quedaba callado. Sánchez, que siempre era el más observador, se fijó de repente en el objeto que Elías sostenía entre sus manos grandes. —Espera un segundo… ¿Eso es un vaso de verdad? —preguntó, señalando el vaso —. ¿Qué pasó con los vasos de cartón que usas desde 2024? Nuevos hábitos, ¿eh, Thorne? Elías miró el vaso. Keep Calm. La tipografía parecía burlarse de él. —No es nada —masculló Elías, tratando de ocultar la inscripción con la mano—. Un regalo. —¿Un regalo? ¿De quién? —Miller se inclinó hacia adelante, con una sonrisa maliciosa—. No me digas que la cajera de la cafetería finalmente logró romper ese corazón de piedra que tienes. Elías suspiró, sabiendo que si no daba una explicación, inventarían algo peor. —Es de la nueva vecina —soltó, rodando los ojos—. Una chica que se mudó al 3B. Emma. Es… una molestia constante, supongo que es su manera de disculparse por todo el ruido que está haciendo debido a la mudanza. —¿Ah, sí?—curioseó Sánchez. —Imagina a una persona que cree que la vida es un musical de Disney —dijo Elías, y por primera vez en la noche, su tono no era melancólico, sino de una irritación vibrante—. No deja de hacer ruido, quiere llenar el pasillo de plantas como si estuviéramos en la selva y no sabe lo que significa la palabra “privacidad”. Apareció en mi puerta a las siete de la mañana con un desayuno y me regaló esto. Vive en su burbuja que no tiene ni idea de cómo funciona el mundo real. Miller y Sánchez se intercambiaron una mirada rápida. Conocían a Elías desde antes de la tragedia, y hacía dos años que no lo escuchaban hablar tanto de alguien que no fuera un sospechoso. —Vaya —dijo Miller, tratando de no sonreír—. Suena terrible. Una chica bonita que te lleva el desayuno y te hace regalos. Qué pesadilla, Elías. Deberías pedir una orden de restricción de inmediato. —No dije que fuera bonita —corrigió Elías rápidamente, aunque el recuerdo de la mancha de pintura turquesa en la mejilla de Emma y su vestido amarillo cruzó su mente como un relámpago—. Dije que era molesta. No sabe cuándo callarse. Es de esas personas que sonríen demasiado, de las que no ven el peligro aunque lo tengan enfrente. El otro día el técnico del internet le coqueteó en la cara y ella ni se enteró. Es… desesperante. —Desesperante —repitió Sánchez, asintiendo con excesiva seriedad—. Claramente por eso aceptaste ese regalo. Para recordar cuánto la odias en cada sorbo. Elías apretó la mandíbula y se puso de pie, tomando su radio. —Solo fui amable. Vuelvo a la patrulla. Diviértanse con sus problemas maritales.
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