—Gracias por el desayuno —dijo él cuando los platos estuvieron vacíos, aun no entendía porque ella estaba siendo tan amable con él, aunque tal vez, ella solo era amable con todos.
Emma se levantó, recogiendo todo con eficiencia.
—De nada. Ahora, vete a dormir. Tienes una cara de “si me tocas, te arresto”, así que…descansa, estaré trabajando así que no te preocupes, no hare nada de ruido.
Se dirigió a la puerta, pero antes de salir, se detuvo y lo miró por encima del hombro.
—Por cierto, Elías… el uniforme te queda muy bien, pero te ves mucho más guapo cuando te quitas la cara de oficial y solo eres el vecino que necesita un café.
Emma salió y cerró la puerta con suavidad. Elías se quedó sentado en la penumbra de su cocina. El olor a vainilla y panqueques flotaba en el aire, mezclándose con el recuerdo de su risa. Se tocó la cara, preguntándose si Emma tenía razón. ¿En qué momento había olvidado cómo ser simplemente un hombre?.
Se acostó en la cama y, por primera vez en dos años, no se quedó mirando la foto de Sara hasta quedarse dormido. Cerró los ojos y lo último que vio fue el amarillo del pijama de Emma, una pequeña luz que empezaba a brillar con demasiada fuerza en su oscuridad.
Mientras tanto, después de unas horas, Emma miraba sus dibujos, estaba agotada de trazar líneas, no era de las que se quedaban encerradas esperando a que el destino tocara a su puerta.
Así que sin pensarlo mucho, tomó su teléfono y mandó un mensaje rápido.
《¿Quieres ir por un café?》.
Una hora después, se encontró con su mejor amiga y agente literaria, Valeria.
Se sentaron en una cafetería con mucha luz y aire acondicionado, un refugio necesario contra el sol aplastante del exterior. Emma estaba en su elemento, moviendo las manos mientras describía su nueva vida.
—Te lo digo, Val, es como vivir al lado de una estatua griega que alguien maldijo para que solo pudiera decir “no hagas ruido” y “lárgate” —dijo Emma, antes de darle un sorbo gigante a su frappé de caramelo.
Valeria, que estaba revisando unos contratos en su tableta, levantó la vista y arqueó una ceja. Conocía a Emma desde la universidad y sabía que su amiga atraía el drama y la luz en partes iguales.
—¿Y dices que es policía? —preguntó Valeria con interés—. Eso suena a cliché de novela romántica de las que ilustras, Emma. Solo falta que te rescate de un incendio.
—No, no, este no rescata a nadie si no hay un reporte oficial de por medio —rio Emma, aunque luego se quedó mirando el fondo de su vaso con una expresión algo más suave—. Pero con el uniforme. ¡Cielos!. Tiene esos hombros que parecen una pista de aterrizaje y unos ojos que te miran como si estuviera leyéndote los derechos, pero de una forma que te hace querer confesar hasta pecados que no has cometido.
—¡Vaya! —Valeria soltó una carcajada—. Así que el Oficial Gruñón es guapo.
—Es guapísimo —admitió Emma, encogiéndose de hombros—. Pero es un ermitaño total. Vive en una cueva gris. Ayer entré a su cocina y juraría que el refrigerador tiene eco. Solo hay cerveza, agua y tristeza. Le hice el desayuno, y él lo analizaba como si tuviera veneno, pero luego… no sé, hubo un segundo donde bajó la guardia. Es como un rompecabezas al que le faltan las piezas más importantes.
—Ten cuidado, Em —advirtió su amiga, volviendo a ponerse seria—. Esos tipos que se encierran así suelen tener cicatrices que no se ven a simple vista. No vayas a terminar tú con el corazón roto por intentar arreglar a alguien que no quiere que lo toquen.
—¡Yo no quiero arreglarlo! —exclamó Emma, fingiendo indignación—. Solo quiero que el pasillo no parezca el corredor de la muerte y llevarme bien con él. Además, es divertido ver cómo se desespera cuando le sonrío. Es como si mi alegría le diera alergia.
Valeria solo negó y sonrió, Emma siempre hacía cosas así, ayudar a los demás sin darse cuenta, era debido a eso, que regularmente, la gente solía lastimarla mas de lo apropiado, aun así, ella siempre mantenía ese entusiasmo. Era simplemente admirable.
Después del café, ambas se fueron de compras. Emma necesitaba “vida” para su nuevo apartamento. En una tienda de decoración, empezó a llenar el carrito con una energía que agotaba a cualquiera: cojines de colores, una lámpara con forma de flamenco (que pensaba poner cerca de la ventana para que Elías la viera al llegar) y, sobre todo, plantas. Muchas plantas.
—¿Para qué quieres un helecho gigante? —preguntó Valeria, cargando una caja de velas aromáticas.
—Para el pasillo —respondió Emma con una chispa de travesura en los ojos—. Si Elías no quiere venir al bosque, yo traeré el bosque a Elías. Las plantas son vida, eso necesitamos en ese lugar, vida. Además, el verde ayuda a relajar la vista. Y ese hombre necesita relajarse o le va a dar un colapso en medio de una multa de tráfico.
—Pobre hombre, no sé si quieres ayudarlo o generarle un tic por estrés—Comentó Valeria.
Mientras caminaba hacia la caja, Emma se detuvo frente a un estante de vasos térmicos. Había uno que era de color n***o mate, muy sombrío, pero con una pequeña inscripción que decía: “Keep Calm”. Sonrió para sí misma y lo echó al carrito.
—¿Y eso? —quiso saber Val. —Ahora vas a ser una adicta a la cafeína, sabes que tienes problemas para dormir, no puedes tomar café.
—No es para mi, es un regalo de “buen vecino” —dijo Emma—. O un soborno para que no me regañe la próxima vez que ponga música de Taylor Swift a mediodía.
—Te dije que te vinieras a mi edificio, los departamentos son de paredes gruesas, no se escucha nada.
—Mi departamento estaba en oferta, necesito ahorrar— Dijo Emma.
—Ahorrar y ponerte almohadas en los pies para no hacer ruido.
Emma soltó una risa. —No importa, le caeré tan bien, que no podrá decirme nada, ya verás.