Capítulo 5. Torbellino de color.

1044 Palabras
El turno de noche en Fontana había sido un infierno de asfalto y sirenas. Elías había echo cuatro detenciones y atendido cerca de diez llamadas por disturbios. En su mayoría, eran parejas que discutían y terminaban peleando, nada fuera de lo común. A veces, solo esperaba sentir ese golpe de adrenalina que lo hiciera sentir vivo, sacar a la gente mala de las calles, era lo único que lo motivaba a seguir en aquel trabajo. Regresaba a casa con la mandíbula tan apretada que le dolían los oídos. Había pasado las últimas dos horas lidiando con un accidente múltiple en la Interestatal 10; el olor a caucho quemado y el eco de los gritos de los heridos todavía le zumbaban en la cabeza. Eran casi las siete de la mañana y lo único que quería era hundirse en el olvido de su colchón y tratar de dormir aunque fuera solo un par de horas. No pedía más, solo un par de horas. Subió las escaleras del edificio con el paso pesado, arrastrando la fatiga como una cadena. Al llegar al tercer piso, se detuvo en seco. Frente a su puerta, sentada en el suelo con las piernas cruzadas y una computadora portátil sobre las rodillas, estaba Emma. Llevaba un pijama de franela con dibujos de tazas de café y el cabello recogido en un nudo que desafiaba las leyes de la gravedad. Parecía una hermosa escultura qué sin duda le daba vida a ese pasillo tan deprimente del cual Elías no quiso mudarse, pues ahí, ahí estaba su recuerdo mas preciado. Al verlo llegar, el rostro de Emma se iluminó con esa sonrisa que Elías ya empezaba a reconocer como una amenaza para su amargura. —¡Por fin! —exclamó ella, cerrando la computadora de golpe—. Empezaba a pensar que huiste. Elías soltó un gruñido bajo, sin detenerse. —Emma, son las siete de la mañana. ¿Qué haces en el suelo y junto a mi puerta?. —Probando la conexión, obviamente —respondió ella, poniéndose de pie con una agilidad que lo hizo sentir aún más viejo de lo que era—. El extensor de señal que instaló Erick es una maravilla. Pero como tu puerta es de madera maciza de la era glacial, tuve que acercarme para ver si la señal llegaba al pasillo y adivina qué, ¡Si llega!, ¿No es genial?. Elías sacó las llaves, ignorándola. Pero cuando el metal de la cerradura hizo clic, Emma no se movió hacia su propio apartamento. En lugar de eso, señaló una bolsa térmica que descansaba a su lado. —Como vi que no llegabas, asumí que el turno estaba siendo un asco. Y como yo estaba despierta terminando una portada de un tipo con barba que rescata gatitos, hice algo de desayuno. No estaba segura de que hacerte, es que se ve que tu tienes un físico que parece que cuidas. —No tengo hambre —mintió Elías. Su estómago lo traicionó con un rugido sonoro que resonó en el pasillo vacío. Emma soltó una risita limpia, sin rastro de burla, solo pura alegría. —Tu estómago dice que eres un mentiroso, Oficial. Vamos, déjame pasar. Solo es un omelet y unos panqueques con arándanos y café de verdad, imagino que no tomas mucha azúcar, así que solo le puse una cucharada. Elías se quedó un momento con la puerta entreabierta. Su instinto le decía que la echara, que mantuviera el muro alto. Pero el frío de la noche aún estaba en sus huesos y el aroma que salía de la bolsa térmica era demasiado tentador. Se hizo a un lado, permitiéndole el paso sin decir una palabra. Era una rendición silenciosa. Emma entró como un torbellino de color en su sala gris. En cuestión de segundos, había despejado la mesa llena de facturas y había servido dos platos de cerámica, que claramente trajo de su casa porque los de Elías eran de plástico barato. —¿Cómo estuvo la noche?, ¿Atrapaste muchos malos? —preguntó ella, sentándose y empezando a comer con un entusiasmo contagioso. Elías se sentó frente a ella, todavía con el uniforme puesto. Se quitó la placa y la dejó a un lado, un gesto que siempre le resultaba pesado, pero esta vez, bajo la mirada de Emma, se sintió diferente. —Lo de siempre. Gente que no sabe conducir y problemas que no son míos —respondió él, cortando un pedazo de aquel omelet que se veía bastante bien —. ¿Por qué eres tan… así? Emma ladeó la cabeza, con un trozo de arándano en el tenedor. —¿”Así” cómo? ¿Bonita? ¿Inteligente? ¿Con un gusto impecable para el desayuno?. —No. Tan insistente. Tan alegre cuando el mundo se está cayendo a pedazos ahí fuera —la miró a los ojos, buscando la grieta que sabía que todos tenían—. Nadie es tan feliz, Emma. Es estadísticamente imposible. Emma dejó de sonreír por un segundo, y en ese breve lapso, Elías vio algo de profundidad detrás de sus ojos castaños. Pero la sombra se fue tan rápido como había llegado. —Supongo que tienes razón, pero el mundo siempre se está cayendo a pedazos, Elías. Si esperamos a que todo esté perfecto para sonreír, moriremos con la cara rígida. Tú ves el desastre todas las noches, yo prefiero ver cielos azules y gente amable. Alguien tiene que equilibrar la balanza, ¿no crees? Elías masticó en silencio. La comida estaba deliciosa, pero era su presencia lo que lo estaba desarmando. Ella hablaba de cosas triviales: de cómo el vecino del 2B tiene un perro que ronca como un humano, de lo difícil que es dibujar manos en su tableta, de que el café de Fontana es mejor si le añades una pizca de canela. Él no decía nada, pero la escuchaba. Escuchaba el sonido de su voz llenando los rincones muertos de su apartamento. Se fijó en cómo gesticulaba con las manos, en cómo se le arrugaba la nariz cuando se reía de sus propias tonterías. En verdad es una tonta, pensó de nuevo, pero era una tonta que le estaba devolviendo el sabor a una comida que solía ser solo combustible.
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