Me despierto un lunes con el cuerpo pletórico, vibrando de energía, como si los setenta años fueran solo una excusa para que el mundo me subestime. Tengo el coño todavía palpitando del domingo loco de ayer —pis de viejos cabrones, semen canino caliente, leche escasa de mi marido y sus hermanos impotentes—, pero en vez de quedarme tirada en la cama masturbándome hasta el mediodía como una puta perezosa, me levanto de un salto y me planto delante del espejo del baño. Me miro de arriba abajo: Paso las manos por el vientre curvo con estrías plateadas, marcas de tres partos y miles de folladas, y luego me giro para admirar el culazo tremendo: dos nalgas redondas, pesadas, separadas por una grieta profunda que deja ver el ano rosado y dilatado de tanto uso. Me doy una palmada fuerte, sintiend

