#El monstruo de todas las noches#

2090 Palabras
Atención: ⚠️ Esté capítulo tiene escenas perturbadoras. Abuso, lenguaje inapropiado y maltrato psicológico. En caso de leerlo, será bajo tú propia responsabilidad⚠️ **** Narra Derex. Años antes —Nos mudamos a la casa Salvatore—dice mi madre. Sus ojos verdes brillan de la emoción de ser dueña y señora de una casa tan grande, además, de acreedora de casi todos los bienes del ahora mi padrastro. Opinar a la edad de 7 años se hace demasiado imposible, al menos que quisiera una buena paliza por parte de tú madre. En eso, la conocía perfectamente. Derex no estés presente en conversaciones de adultos. Derex no salgas a jugar. Derex no parpadees. Derex, no respires. A esa edad obedeces en todo a tú madre a pesar de que sus decisiones estén equivocadas. Nunca me preguntaron si quería un padrastro, tampoco si quería un hermano como Dante. ***** Los primeros meses todo era perfecto. la convivencia increíble, y tener un hermano y amigo como Dante espectacular. Juro que amaba a Dante con toda mi alma, con todas mis fuerzas. Quería ser como él, tal vez, ser él. Dante, el típico chico rico, buena onda, con muchos amigos, un excelente padre, y a todas las chicas se le bajaban las bragas por él, especialmente ella, nuestra vecina pelirroja con el rarito de su hermano. Mickey Fisher no solo visitaba a menudo la casa Salvatore, si no que se consideraba el perfecto amigo tímido de Dante, hasta que nos volvimos un grupo de tres. El grupo estaba conformado de la siguiente manera: Mickey el tímido, Dante el atractivo, y yo el idiota gracioso, el que tenía una enfermedad en los ojos. Los ojos... fue lo que comencé a odiar de mí. Esos malditos ojos de distintos colores que le provocaba terror a las mujeres considerando aparte, todos los sobrenombre que recibía a causa de mi condición genética. Monstruo... fenómeno... psicópata. El de todo, es que las me gustaba era: fenómeno. Mi madre decía que mi padre tenía esa condición en los ojos, y que soy muy parecido a él en todos los aspectos. Sin embargo, no estoy seguro que mi padre sintiera lo que siento, esa necesidad inaudible de regocijarme en el dolor ajeno. ¿Cómo comenzó?... quien sabe. Tengo mi teoría, y quizás, en el primer momento en que empujé a Mickey Fisher de un columpio y este se cayó rompiéndose el brazo. Aún la sensación deliciosa de verlo sufrir cuando su hueso salió, rompiendo la carne de su antebrazo fue grandiosa, inimaginable. Solo me quedé parado, mirando, observando la sangre, la facilidad de que un hueso salga de su sitio, y la expresión de dolor que Mickey estaba sintiendo. Entonces, lo supe, supe que podría ser el único amigo de Dante. Mi intención fue más lejos cuando quise tomar una piedra y aplastarle la cabeza como si se tratara de un globo frágil que puede explotarse al tirar la ronca encima, no obstante, fui interrumpido por Dante, que asustado gritó angustiado, y estoico, fingí estar también aterrorizado. A pesar del alboroto de ese día, Mickey Fisher salió bien de la operación, saliendo del hospital con un yeso en el brazo, mientras tanto, mi cabeza revivía la escena donde el hueso se quebraba. Craccck... Música a mis oídos. Para mí mala fortuna, Dios se vengo de mi oscuridad de la siguiente manera, cuando una noche el monstruo iba a verme. El monstruo me tocaba... el monstruo me observaba. No estaba seguro de lo que era, o quien era. Solo llegaba en medio de la oscuridad y después se desvanecía entre las sombras como un demonio. Por alguna razón, guardé silencio. Me callé lo del monstruo. Nunca se lo conté a Dante, ni mucho menos a mi madre. ¿Por qué? es la pregunta que le hago a mi yo del pasado. ¡Bendito pasado que me convirtió en el monstruo que soy ahora! Más tarde, tuve curiosidad de algo. La curiosidad ferviente de estudiar los huesos, la manera de romperse y la capacidad de rasgar la piel. Entonces, tuve mi primer experimento. Un sucio ratón que se había colado en la casa se encontró con la desafortunada muerte, ya que le quité todas las tripas que tenía adentro, y lo despedacé lentamente. Esa misma noche, el monstruo fue a visitarme, y no solo hizo lo que acostumbraba hacer... está vez quiso más, mucho más. Durante el proceso de tocarme, también se metió dentro de mí, tan profundo, tan asquerosamente doloroso como mis gritos ahogados. Sus dedos grandes taparon mi boca, y su olor a whisky impregnó mis fosas nasales, y no solo ese aroma invadió mi nariz, también el perfume que la bestia llevaba consigo. Ese perfume que conocía muy bien porque Dante ocasionalmente lo usaba, y era cuando se lo robaba a una persona, a su padre. Ese día entendí que el monstruo tenía forma humana, además de nombre y apellido. Ese hombre era mi padrastro. ***** Abro los ojos, estoy resignado que maricon de Mickey Fisher me mate a la vista de mis dos fanstamas más añorado. Sin embargo, ante mi vista, Maya y Pamela no están, han desaparecido y ahora solo veo al viejo Salvatore mirándome, sonriendo, colocándose el perfume que tanto odiaba. Gruño con fuerza, y me muevo antes mis cadenas. Aún me duele el culo por lo que Mickey me hizo, aunque lo que más detesto es ver a ese hombre que me convirtió en la bestia que soy. Sigo moviendome. Mickey sigue apretando mi cuello al punto de quedarme sin aire. El viejo Salvatore sonríe, me llama con esas manos que tantas noches me tocaron y eso me enfureció. No quería irme con él, no con ese monstruo que arruinó mi vida. Me estremezco. Trato de hablar. Mickey me suelta y retrocede, a medida que estoy tosiendo para recuperar el aire perdido por esas manos fuertes de Mickey. ¿Desde cuándo se volvió tan fuerte? si hace poco era un niño frágil que podía romper con tan solo un soplido. —¡Espera, espera! ¡lo siento vale, lo siento!—no me quiero morir. No quiero descender al infierno con ese monstruo—. Mickey, somos amigos. —¡Nunca fuiste mi amigo!—replicó, con una mirada severa, imprescindible. —¡Claro que sí, eras el tímido!—trato de que haga memoria y me perdone la vida, o puedes ser que lo que esté logrando es tiempo. Mickey se ríe. No sé que es lo gracioso pero lo estudio. Ha ganado músculo, fuerza, está más hombre. Más atrevido. Nada que ver con el chico mierdon que era antes, ese se quemó en esa maldita cabaña donde debí asegurarme de que estuviera bien muerto. —Y tú el payaso... el fenómeno—esa palabra a pesar de que es mi favorita, me saca de quicio. Ya no soy el estúpido que quería ser aceptado y por eso se hacía el gracioso —. ¿No lo recuerdas, te llamaban así a menudo? Miro a los ojos a Mickey e imagino cortarle el cuello, o tal vez, volverle a romper el brazo. Saco mi lengua y saboreo el poder que mi cabeza tiene para pintar escenas que no existen. —¡Eso es lo que soy, querido amigo! un fenómeno de circo. —Un desquiciado—repuso Mickey, con fieresa en los ojos. —¡Tienes razón! toda la razón... Y lastima que tú hermana Pamela lo comprobó—musité en una risita, con la intención de provocar a Mickey. —¡Cállate, maldito!—grita, furioso. —¡Le bajé las pantaletas mientras gritaba, que pena por ella, la pasamos muy bien! Mickey se me fue encima, y el primer dolor que sentí fue un puñetazo en la cara, luego, en el estómago, y más en la cara. Hasta que se detuvo... —¡Mickey!—una voz femenina capta mi atención. Veo como ella lo aparta de mí y yo escupo sangre en el suelo. Alzo la cara, sintiendo los ojos con punzadas feroces que me lastiman, aunque logro reírme, no le daré el gusto de verme suplicando. A voluntad de Mickey me seguiría golpeando, destrozandome con sus propias manos sin parar. Y, agradezco que esa linda chica que era mi presa, corrección, sigue siendo mi presa lo haya apartado. —Es ella... —dice, y le da un teléfono. Mickey lo mira y lo toma, luego, me lanza una mirada. —¡Vigila a este fenómeno!—ordena. Ella asiente. El increíble Mickey se marcha con el teléfono en manos, entonces, me concentro en ella, en esa mezcla de Pamela y Maya, es como si ellas dos se hubiesen casado y fuesen tenido una hija. Es hermosa... Es tan... ellas. Quiero tenerla, antes de partir de este mundo, juro que la tendré, así tenga que perseguirla desde el mismísimo infierno. —¿Lograste engañarme?—digo, y sonrió de medio lado. Estoy seguro que mis dientes y todo mi rostro está lleno de sangre. —¡Cállate, psicópata!—escupe con desdén. —¡Auch! eso hiere mi pobre corazón. Sus ojos preciosos me miran. —Tú no tienes corazón. Sonrió. Me encanta. Me fascina que se haga la difícil. —Aunque no lo creas, lo tengo. Y late muy fuerte por tí. Ella pone los ojos en blanco. —¿Enserio? Wuao, que descubrimiento. Supongo que latía con fuerza por Maya y Pamela ¿no? Alzo una ceja, al parecer lo sabe todo. —Mi error fue amarlas. —¡Vaya, que amor! ¡bendito amor el tuyo! —dice con sarcasmo, y se cruza de brazos. Su cuerpo es delgado, tales como me gustan—. Por favor, tú no sabes que es el amor. —Si no lo sé, entonces, explícame. Se acerca, y me excito cuando lo hace. Puedo oler su perfume, su piel, su aliento a menta. Y no solo eso, escuchar los latidos frenéticos de su corazon. Quiero tenerla más cerca, tal vez, a centímetros de mí. —El amor no lastima. No es enfermizo ni obsesivo. —¿Quien dice que las lastimé, preciosa? ¿lo dice Mickey? ¿realmente confías en él? —Por supuesto que confío en él. Pongo los ojos en blanco. —Pues, no deberías. Es tan engañador y mentiroso como yo. La veo como arruga las cejas, y su ritmo en la respiración se vuelve más rápida. —¡Mientes! —Puede ser que sí, puede ser que no. —¡Cállate! —Esta bien, me callaré con una condición. —No estás en posición de exigir, fenómeno. Entorno los ojos. —Bien, puede ser. Pero sé que no saldré de aquí con vida. Mickey sin dudas me asesinará y creo que sería justo concederme un último deseo. Ella me mira confusa. —¡Vete al infierno! —Y sin duda para allá iré. No sin antes, una última petición. —¿Crees que soy estúpida? —Para nada, de hecho, te considero lo bastante lista y hermosa como para prestarte a esto. —¡Tú eres un asesino! —¿Y que crees en que te convertirás cuando me mates? ¿serás diferente a mí? —Pues, si. —Oh, iluminame. —El mundo estará agradecido de desaparecer basuras como tú. Trago saliva. Me duele todo. De alguna manera tengo que persuadirla y descubrir su punto débil. —Mi hermana no estará muy contenta si desapareces a esta basura. —Me importa un comino tú hermana. —Deberia de importarte. Es una puta loca. Sus tiernos ojos siguen mirándome. Me fascina. —¿Acaso naciste en una familia de putos psicópatas Derex? Escuchar mi nombre en su boca me excita más. En definitivo, será mía, solo mía. Sonrio. —Quizas el ser asesinos es parte de nuestra genética. —¡Por favor! —Yo no quería ser así, de verdad, debes creerme. —¿Creerle a un psicópata? no gracias. —Es la verdad. A mí me hicieron así. La veo alzar una ceja. —Te justificas. —No, no lo hago. Solo quiero que me escuches, esa es mi petición. —¿Por qué te debería de escuchar? —Porque así sabría los motivos que me llevaron a ser así. Se interesa, parpadea. —Okey. Habla. Sonrio. —Todo comenzó con el monstruo de todas las noches. ****** Notita: Buenas, buenas. Perdón... he estado perdida. Aquí les traigo nuevo capitulo. Espero les guste y sigan en sintonía con la historia. Sin más que decir, nos vemos mañana. Un beso.
Lectura gratis para nuevos usuarios
Escanee para descargar la aplicación
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Autor
  • chap_listÍndice
  • likeAÑADIR