Susan Conduje hasta el corazón financiero de la ciudad, donde la torre de cristal y acero que albergaba el bufete de Alessandro se alzaba, imponente y fría, burlándose de mi desesperación. El pánico inicial por la amenaza de Esteban se había transformado en una rabia helada que me impulsaba. En ese momento, no temía al acosador; temía el engaño. Estacioné en un lugar prohibido. Me daba igual la multa, la grúa o, francamente, si el coche explotaba. Subí al ascensor, sintiendo el peso de la furia. Al llegar al piso de la oficina de Alessandro, la recepcionista, una mujer joven y eficiente, me sonrió con su habitual cortesía. —Buenas noches, Susan. El señor D'Santisl….. —Está en una reunión familiar, lo sé —corté, mi voz extrañamente aguda y sin aliento— Necesito verlo. Ahora. Es u

