La puerta de la habitación se cerró con un suave chasquido. El silencio que los envolvía contrastaba con la brutalidad del interrogatorio en los calabozos. Abigaíl se quitó la capa manchada y la dejó caer al suelo sin cuidado. A pesar de que la sangre ya no corría por su piel, el recuerdo aún la hacía estremecer. Sus pasos descalzos resonaban apenas sobre el suelo de piedra. Se deshizo lentamente de las pocas prendas que Liana le había conseguido y caminó hacia el cuarto de baño. Al empujar la puerta, el aroma de hierbas y aceites esenciales le envolvió los sentidos. Liana había dejado preparada la tina con agua caliente, flores flotantes y esencias relajantes, como si intuyera que su señora necesitaría más que solo un baño. Abigaíl no dijo una palabra. Se sumergió hasta los hombros, cer

