La sala del trono había quedado envuelta en un silencio espeso tras el estallido de furia de Kara. Su padre, el alfa Eldrik, parecía una estatua de piedra con los puños cerrados y la mandíbula tensa. Había implorado una audiencia para buscar a su hija, ignorando por completo que había estado encerrada en los calabozos del castillo, vigilada por los dos alfas más leales al rey. Kilian permanecía sentado en su trono, imponente. A su lado, Luciana —la Reina Luna— sostenía su lugar con la misma firmeza que lo hacía su pareja. Su presencia no se apagaba ante la tensión, sino que brillaba con un aura tan antigua y salvaje que incluso los más veteranos de los clanes bajaban la cabeza al sentir su poder. —Ahora que las palabras han sido dichas —anunció el rey con voz grave—, este consejo debe to

