La noche envolvía el palacio con su manto denso, casi ominoso. Las estrellas apenas asomaban, opacadas por la luz abrumadora de la luna llena, blanca y poderosa. En el bosque, más allá de las murallas, una figura se movía sigilosa. Luciana, o mejor dicho, Nyra, avanzaba con pasos firmes entre la maleza. Sus sentidos estaban al límite, y su cuerpo en plena transición ya no respondía a la lógica humana. En sus ojos, la claridad de una loba alfa recién liberada. Bajo su piel, fuerza, hambre... y una nueva sed de dominio. —Necesito cazar —gruñó Nyra dentro de su mente compartida—. Y él... me huele mal. No se refería a cualquiera. Entre los árboles, un intruso. El mismo lobo beta que, días atrás, se había infiltrado en el banquete disfrazado de noble. Nadie supo su procedencia exacta, pero

