Dos días después del banquete, el palacio parecía en calma. Pero Luciana no lo estaba. Desde que la luna creciente se había alzado esa tarde sobre el horizonte, su cuerpo sentía una presión extraña, distinta al deseo o al calor salvaje de los días anteriores. Esta vez, era una llamada más profunda… un tirón en sus entrañas que no podía ignorar. Cada célula de su cuerpo la empujaba hacia un solo lugar: el bosque. Esa noche, mientras el palacio dormía, la princesa se encontraba sentada en el borde de su cama, con los dedos crispados y el ceño fruncido, mirando el suelo como si esperara que éste le respondiera. —Suficiente... —murmuró con voz baja y afilada—. No soy adivina. Dime qué quieres, Nyra. Dentro de ella, una presencia se alzó. Ya no era sólo un susurro. Era un rugido contenido,

