El palacio resplandecía con un brillo dorado que contrastaba con la creciente tensión que se sentía bajo los muros. Candelabros de cristal y antorchas mágicas iluminaban el salón de mármol, repleto de nobles, embajadores y representantes de todos los rincones del continente. El tratado de paz entre el Imperio de Normalia y el Reino del Norte había sido firmado esa mañana. Ahora solo restaba celebrar... y despedirse. Abigaíl bajó las escaleras principales con paso firme, la cabeza erguida, el vestido azul oscuro flotando a su alrededor como niebla nocturna. Su cuello aún mostraba la marca sutil que Laikan había dejado en medio del frenesí, pero su porte no lo traicionaba. Era una princesa… y también una loba. Desde el otro extremo del salón, Kilian la observaba. De pie junto a Ian y los c

