La brisa del jardín no ayudaba. El aire seguía sintiéndose pesado sobre su piel. Abigaíl —o más bien Luciana, la que realmente era— caminaba en silencio entre las columnas floridas con la respiración entrecortada. Apretaba los puños con fuerza, los nudillos blancos, la mandíbula tensa. Algo en su interior se agitaba sin tregua, una presión que iba creciendo desde el estómago hasta el pecho, una necesidad... animal. Su loba. “Sofoco. Calor. Hambre.” Se detuvo junto a la fuente de los lirios plateados, cerrando los ojos. Intentó calmarse, pensar con claridad. Pero su cuerpo no respondía a la lógica. Y entonces apareció. —Hermana, buenos días —canturreó Anet, con su usual tono dulzón—. ¿Cómo te sientes esta mañana? Escuché que te sentías mal anoche... Qué lástima que te hayas perdido tu

