El sol despuntaba sobre las torres del palacio de Normalia, tiñendo de dorado el mármol blanco de la gran escalinata. La caravana del Rey del Norte esperaba imponente, con estandartes oscuros ondeando al viento y cinco lobos alfas resguardando el perímetro. Ian, como siempre, supervisaba cada detalle. El carruaje real estaba preparado, discreto pero reforzado por dentro. El viaje duraría un día, pero Kilian no se permitía margen de error. No ahora que había encontrado a su luna. Abigaíl, con un vestido azul profundo y capa de terciopelo, sostenía su mirada firme. Caminaba con el porte de una reina, aunque en su mente, no dejaba de analizar cada salida, cada rostro, cada posible amenaza. El emperador se acercó. Su mirada fue más distante que afectuosa. —Buen viaje, hija. —Su tono era más

