La mañana en el Reino del Norte despertó con un aire distinto. Los estandartes ondeaban en lo alto de las torres, agitados por un viento gélido que descendía de las montañas. Los portones del castillo se abrieron en cuanto el sonido de cascos y ruedas de carruaje se hizo presente en la calzada principal. Los ojos del pueblo y los miembros de la manada estaban fijos en el carruaje real, con sus relieves de plata y el sello del lobo alzado. La expectación se palpaba. No todos sabían la noticia, pero los rumores habían corrido como fuego: el Rey Kilian había encontrado a su luna. Kilian descendió primero, su presencia imponente hizo que los murmullos callaran. Iba vestido con su capa real, el broche de plata con forma de colmillo brillando en el pecho. Sus ojos, de un ámbar penetrante, reco

