Desde el instante en que el carruaje del rey Kilian cruzó las puertas del territorio del norte, una energía antigua pareció despertar. La noticia había sido difundida con discreción: el rey había encontrado a su luna. Pero la mayoría no creía en ello hasta verlo con sus propios ojos. Y cuando lo vieron, todo cambió. El carruaje se detuvo frente al gran salón de la Fortaleza de Invierno. Kilian descendió primero, con su porte imponente y su aura de autoridad resonando en el ambiente. Pero fue cuando extendió la mano hacia el interior y ayudó a descender a la joven a su lado que la tensión se volvió palpable. Abigaíl se sostuvo de él con gracia, bajando las escaleras con la calma de una reina. Su vestido era sencillo pero elegante, de un blanco perla que contrastaba con la piel clara y el

