El amanecer se filtraba débil por los ventanales de la habitación. El castillo seguía sumido en un luto silencioso, pero en el interior de Abigaíl algo comenzaba a inquietarla de un modo extraño. Se levantó con lentitud, apenas sosteniéndose, y se acercó al espejo de cuerpo entero. Apartó el camisón que cubría su cuello y clavícula, buscando lo que su corazón temía y anhelaba al mismo tiempo. Allí estaba. La marca. El lazo grabado en su piel desde la primera unión con Kilian. Ya no brillaba. No ardía como antes, ni respondía al contacto de sus dedos. Pero tampoco había desaparecido. En cambio, se mostraba negra, oscura, como si estuviera carbonizada, latente en sombras. Su respiración se cortó. —No… —susurró, llevándose una mano a la boca. Había escuchado cientos de historias. Cuan

