La cama vacía
El despertador de mesa resonó en la habitación produciéndole una fuerte jaqueca que lo obligó a ponerse de pie en seguida.
La habitación yacía completamente a oscuras como era de costumbre desde hacía ya mucho tiempo. Jon se había acostumbrado a los constates dolores de cabeza, el mareo y la garganta con sabor metálico luego de las borracheras en las que olvidaba que se había metido la noche anterior. Ella estaba, como siempre, desnuda a su lado con un sueño profundo y aquella mirada que había quedado suspendida en el tiempo, una piel de porcelana que no envejecía, un cabello que jamás se marchitaba y una sonrisa que no se borraba. Él, por otra parte, tenía ahora más arrugas, un cabello más seco y una mirada más baja.
No valía la pena despertarla ni sacarla de las tranquilas ilusiones, no a esta hora de la mañana cuando aún podía verla y estar junto a ella.
Jon se colocó de pie dándose tumbos contra la cama y la mesa de noche golpeándose accidentalmente el quinto dedo del pie. El impacto le sacó una mueca de dolor intenso y se sentó de nuevo en la cama ahogando el grito mientras que la borrachera se difuminaba entre el dolor. La noche anterior había exagerado con las copas, que ella estuviera ahí todavía era la prueba de ello y el dolor de cabeza, demonios, maldito dolor de cabeza no se iba.
Jon pasó de abrir las oscuras cortinas y tanteó con su mano hasta llegar al picaporte de la puerta de la habitación, una vez al otro lado la ráfaga de luz de la sala le hizo escapar un grito que no pudo ahogar.
- ¿Pasa algo, amor? -. Preguntó la voz femenina desde el interior de la habitación.
No tenía ningún sentido contestar aquella pregunta.
Por unos minutos se mantuvo apoyado contra la puerta de la habitación y cuando las fuerzas regresaron a sus piernas se colocó de pie apoyándose de un viejo butaco. Miles de chispas de luz se amontonaron en su cabeza y la oscuridad se hizo en su mente. El sudor le parecía helado y sentía que sus manos perdían cada vez más fuerzas temiendo caerse si no se aferraba rápidamente a algún muro o alguna columna. Aquellos episodios parecían eternos y ahora eran mucho más comunes que antes, lo transportaban a otro universo como si fueran otras enteras de un sufrimiento infinito. Sin embargo, cuando volvía en si al cabo de unos segundos se decepcionaba al comprobar que estaba de nuevo allí a solas en la cocina.
Los trastes llevaban sucios hacía varios días y cuando por fin se agotaron desde la última sesión de lavado, Jon optó por comer en embaces desechables que también se amontonaban en las bolsas de basura. Por un momento Jon olvido la última vez que había aseado aquella cocina que tanto había llegado a adorar una vez. No importaba, al fin y al cabo, nadie más que él entraría a su casa y no había fachadas que construir ni apariencias que mantener.
Cojeando y tratando de acostumbrar sus ojos a la luz, Jon buscó inútilmente por todas las estanterías el frasco de café instantáneo que hacía días había derramado en el suelo en medio de sus borracheras. Cuando su mano tanteó los granos de café molido rancio en el cajón cayó en la cuenta y quiso soltar una maldición y dar una patada contra el mueble de madera, pero tampoco era tan idiota como para romperse los dedos de los pies. A ella nunca le había gustado escucharlo maldecir, si lo hacía probablemente se fuera y quedara a solas de nuevo. Preparó el café rancio esperando que le hiciera daño para no tener que ir al trabajo, pero después de unos minutos sentado en el viejo sofá se le quitó el mareo y las luces empezaron a tener la nitidez de costumbre. Tal vez ella ya se había ido de nuevo.
Jon se puso de pie de nuevo decepcionado de la buena salud de su cuerpo y colocó el pocillo desechable sobre la pila de desperdicios de la cocina no sin antes prometerse que no olvidaría tirarla a la basura. Con más claridad y equilibrio pasó al cuarto vacío de su casa donde Paula había planeado colocar su propia oficina para dar clases en línea, más como un pasatiempo que como trabajo, y desenvolvió de un paquete la ropa que había mandado a lavar y que se pondría el día de hoy. Cruzó de nuevo el pasillo evitando mirarse al espejo mientras se preguntaba en qué momento se le había ocurrido la genial idea de llenar el apartamento de aquellos vidrios planeados.
Al entrar de nuevo en la habitación cruzó derecho a su baño sin levantar la mirada a su cama para evitar comprobar si su esposa ya se había ido.
El duchazo de la mañana solía ser relajante y ayudaba al hombre a aclarar las ideas. Mientras se desnudaba observó de nuevo al hombre que lo imitaba al otro lado del cristal con una nueva cortada en la ceja y un doloroso moretón en el hombro. Jon no recordaba la procedencia de los golpes, pero generalmente cuando podía recordar menos era porque la noche había sido más que fantástica. El agua caía ahora por su cara y bajaba a sus pies de manera casi automática ante los pocos movimientos que Jon hacía para despejar la cabeza. Era un proceso más que aburrido y aunque el café rancio le reiniciaba el día, quería regresar de nuevo a la cama para comprobar que su amada lo seguía esperando.
Como si se tratara de un sueño salió de nuevo de la ducha, desvió de nuevo la mirada evitando comprobar lo que ya se esperaba y regresó a la habitación abandonada. La chica de la lavandería, una vieja amiga, le había colocado una nota sobre su saco:
“Animo que todos los días no son viernes”
En otros días tal vez ello le habría hecho gracia, pero ahora era miércoles y aquella ropa de miércoles no la había revisado el viernes como para captar el mensaje. Además, Jon siquiera recordaba haberla recogido, probablemente estaría borracho y lo habría hecho su esposa, ella no tenía tiempo para leer aquellas notas, siempre estaba ocupada y como iba, venia.
La luz, más clara y nítida que antes, atravesó por la ventana de su habitación indicándole que la hora de irse estaba por llegar. Se colocó sin mucho interés el reloj que nunca usaba, pero que lucía por las insistencias de Paula, se subió la chaqueta y se acomodó los viejos lentes remendados con cinta aislante. A su esposa le gustaban tanto que, aunque hubiera preferido unos lentes de contacto, los lucia para darle la razón. Los zapatos estaban empolvados y descocidos, pero eran los únicos que tenía y al que no le gustará su apariencia bien se podía ir a comer de la basura del vecino.
Jon, ahora perfumado, vestido y listo para dirigirse a su trabajo, se dirigió de nuevo a la habitación con una tonta excusa, pero en realidad la curiosidad lo estaba matando. Cuando estaba por abrir la puerta por fin se arrepintió y se quedó suspendido junto a ella esperando tomar una decisión final. Simplemente, Jon volvió a cerrar la puerta por completo.
-Adiós, amor, espero que nos veamos por la noche-. Se despidió lleno de esperanzas.
Al otro lado de la habitación no hubo ningún ruido y mucho menos una contestación. Jon trató de esperar por unos segundos con la esperanza de que ella, tal vez adormilada, le devolviera el “Amor” con cansancio y acomodándose para volver a dormir, pero ella ya se había ido, probablemente mientras él tomaba el café. Tenía ganas de llorar de nuevo, pero ya era demasiado tarde para hacerlo y lo había hecho ya demasiadas veces. Un gallo anunció de nuevo la hora de marcharse, pero Jon se aferraba al picaporte como si este fuera a salir corriendo.
-Soy patético, qué diría ella si me viera llorando-. Se repitió, como todas las mañanas, Jon mientras recuperaba la compostura y se reacomodaba la ropa.
El tráfico, como era común, estaba un caos en la ciudad. Los pitidos iban de aquí para allá, las luces de los imbéciles que creían que estaban en carretera, los semáforos y la luz del sol de frente. De nuevo la migraña empezó a afectarlo y mientras esperaba su turno para pasar por el puente, bajó el compartimiento de la guantera y encontró la botella de Vodka que había olvidado la noche anterior en el coche.
-Bonita hora, me amargaste la noche para nada, cariño-. Habló para sí mismo mientras que ocultaba la botella evitando que algún policía de tránsito lo notará.
Aunque la botella se veía sabrosa y que ya estaba acostumbrado a conducir bebido sin que nadie lo notará, Jon prefirió dejarla para la fiesta de invocación de la noche. La mano tanteaba en la guantera inútilmente entre un basurero del que no era consciente y recordando que había dejado la pila de desechos en su cocina ¡Carajo! Se dijo, pero ya era muy tarde para hacer algo que podía terminar en la noche, o tal vez mañana.
Al fin sus manos tantearon la caja de las pastillas, pero al sacarlas se dio cuenta que el paquete estaba totalmente vació y todos los agujeros estaban quebrados.
El transito continuaba con lentitud, pero era mejor así, lo horrible de ver a sus compañeros cara de idiotas y a su jefe no era algo que quería adelantar. Después de todo, allí estarían sin importar que hubiera lluvia, terremotos o tormentas, todo se podía detener en el mundo, pero jamás el flujo de información. La música de la radio era la música genérica de su época, o tal vez la música de los viejos melancólicos con su rock de los ochenta, o tal vez la folclórica de los fiesteros. Jon no era ninguno de esos, pero escuchar eso era mejor que el silencio, y por su puesto mucho mejor que la voz de sus colegas amarillistas de la radio. Dios, cuanto odiaba a esos idiotas aprovechados que se robaban el crédito por lo que redactores como él escribían y se mataban investigando.
Jon, como de costumbre, parqueo su vehículo en la zona oriental del periódico y saludó con una sonrisa al portero que, a su vez, le devolvía la sonrisa y le entregaba el ticket para sacar su vehículo en la noche. Jon no se dirigió a su oficina, sabía que algo se le olvidaba en el carro, pero no quería dar de nuevo la vuelta, así que se dirigió primero a la farmacia donde compró por un módico precio tres cajas de pastillas para la migraña. Era mejor ser prevenido que lamentar después.
El segundo destino fue la tienda de 24 horas entrando mientras que la anciana que atendía lo miraba con sueño e indiferencia. Jon escogió el tercer pasillo a la izquierda, su favorito, y caminó tocando con sus dedos los cientos de productos ofertados. El olor a comida vieja, la sensación de los paquetes y la luz artificial del minimercado tenían algo tranquilizante, pero nada tanto como las neveras que se escondían al final del salón. Detrás de 2 milímetros de vidrio transparente y sobre la segunda gaveta estaban las botellas de Vodka y sobre la primera y más alta al fondo estaba el wiski que la encargada solía dejar en ese lugar para que los niños que entraban en la tarde no se pasaran de listos.
Aunque eran exquisitos, Guillermo, su jefe, ya había empezado a sospechar sobre las botellitas de agua, así que optó por las presentaciones más pequeñas de licor de aperitivo y las llevó despreocupadamente a la caja acompañado de unas pequeñas papas para disimular. La anciana dejó de leer una revista de chismes, en la que un amigo suyo trabajaba, y pasó los artículos por la registradora no sin antes hacer una mala cara al observar el licor y ver, no sin disimulo, la hora de la mañana. Vieja estúpida.
- ¿No es como muy temprano, Jon? -. Preguntó la anciana con una voz de juicio.
-No para usted, supongo-. Jon demostró una amplia sonrisa hipócrita.
Jon se dirigió directamente al baño y en medio de una maniobra que ahora dominaba, lleno el tarro con los aperitivos, cerró la tapa y dio un sorbo que le reinició completamente la mañana. Al verse al espejó se dio cuenta que no era tan difícil sonreír y que su rostro tenía cierta belleza. Salió con velocidad del supermercado, con su botella en la mano y con toda la confianza del mundo se despidió de la cajera como si se tratase de una amiga.
Después de estrellarse contra la puerta en un inútil intento de empujar la puerta que decía “Hale” entró en el hermoso edificio donde el bullicio de cientos personas corriendo con papeles, hablando por teléfono y discutiendo entre sí resultaba tranquilizante. Jon había logrado subir de piso en cuestión de pocos años e incluso, a pesar de uno de sus primeros reportajes sobre las hamburguesas de pollo en un pueblo cercano, ahora contaba con la autonomía que todo periodista le gustaría tener. Su primer artículo y que le dio el primer ascenso fue destapar un escándalo de explotación laboral en una fábrica, el siguiente fue otro escándalo en el que unas modelos estaban involucradas y uno de corrupción. Sin embargo, el mejor de sus reportaje y por el cual se ganó el respeto de todos en su corta edad, fue desenmascarar una red de explotación s****l en un psiquiátrico.
Aunque Jon había tratado de ocultarlo constantemente en medio de risas y con el discurso de premiación, aquel caso lo afectó más de lo que pesaba. Todo había ocurrido tan solo unas semanas santas del incidente de la casa y Paula, su esposa, era la única que podía comprender las pesadillas, los gritos nocturnos y las lágrimas espontaneas en sus ojos. Lo que para todos era un acto de heroísmo, para él era la imprudencia de haberse metido donde no debía y se arrepintió el resto de sus días de hacer algo como eso. Todo cuanto vio, todo cuanto sintió y todo cuanto sacrificó no había valido la pena por un premio de periodismo, tan solo Paula lo había entendido. Aquel drama se prolongó, pero el incidente del incendio fue lo que le hizo borrar el trauma del manicomio de su mente.
- ¡Jon! -. Linda, la fea secretaría de Guillermo, lo llamó con prisas. - El Boss te necesita. Te llevan esperando en la oficina de redacción desde hace diez minutos para una reunión importante.
Jon la saludo con un beso en la mejilla no sin antes dejar su mochila en su cubículo y se dirigió corriendo hacía la oficina donde otros cinco colegas le esperaban junto al jefe. Luego de disculparse por un retraso relacionado con el tráfico, Jon se sentó para escuchar las buenas nuevas de lo que pasaría en el periódico y para infirmar de los avances de su más reciente investigación relacionada con el envenenamiento de unos perros callejeros. La historia no tenía mucha tela que cortar, todo se había debido a unos contaminantes de una empresa, pero había poca inspiración y un cheque que cobrar.
-Bueno, ahora quiero saber en que anda metido Jonny-. Después de una larga charla Guillermo se sentó para cederle la palabra a Jon.
Jon dio un profundo sorbo a su termo mientras preparaba en su mente la presentación que se supone debió haber preparado hacía días. Su cara se tornó graciosa y Rene trató de ahogar la risa mordiendo un lápiz viejo. Tras colocarse de pie y enredarse con las primeras palabras comenzó a hablar pensando “Lo que fue, fue”
-Bueno, Boss, estas últimas semanas he estado investigando un caso de unos perros que resultaron envenenados en un barrio residencial al norte de la ciudad-. Jon estuvo a punto de escupir la carcajada al ver que su amigo seguía mordiendo el lápiz aguantando la carcajada. -De acuerdo a las investigaciones que he hecho, se murieron un aproximado de cinco perros…
- ¿Pero son callejeros o domésticos? -. Preguntó Guillermo con seriedad.
-Bueno…-. Jon estaba a punto de echar la risotada, su amigo ya estaba rojo de tanto aguantar. -Todos ellos son callejeros, pero igual el caso está interesante porque…
-No, Jon, no-. Guillermo se colocó de pie y lo hizo sentar de golpe. -Jonny, tú sabes que te tengo mucho aprecio, pero estas noticias de perros callejeros que comen mierda no le interesan a nadie. Créeme que te entiendo, sé por lo que estás pasando, pero es hora de que la dejes ir.
Las risas de Jon desaparecieron de golpe al igual que las de Rene que comprendió lo que estaba pasando. Jon volvió a dar un sorbo profundo de su botella tratando de ahogar un grito, pero decidió quedarse callado y mirar hacía el tablero donde los mensajes de Twitter de la chica que se encargaba de ello.
-Mira, Jon, tienes mucho potencial. Me hubiera gustado a tu edad ya haber logrado lo que tú, de cierta manera te tengo envidia-. Guillermo dio una vuelta por la mesa donde los demás redactores se encontraban sentados.
-Boss, no es eso-. Trato de justificarse Jon con el corazón roto. -Yo sé que esta historia tiene potencial, la podemos sacar adelante. Las empresas…
-Jon, por favor no sigas-. El viejo volvió a interrumpirlo.
-Boss, las empresas están envenenando a los animales-. Continuó de forma frenética Jon. -Es una buena historia, yo sé que lo es.
- ¡Suficiente! -. Sentenció el viejo al ver el estado emocional del chico. -Mira, Jonny, me sorprendí de que no quisieras tomarte días libres después de lo que paso con tu esposa. Creí que querías ahogar la pena en el trabajo, pero ahora me doy cuenta de que fue una mala decisión.
El viejo ordenó a todos salir de la habitación con excepción de Jon que se quedó mirando al vacío. Guillermo se sentó frente a él con el pesado movimiento que tienen los viejos obesos y que han llevado una vida más feliz.
-Jon, te voy a dar dos opciones y necesito que lo decidas ahora-. Dijo el viejo mientras le arrebataba el termo a Jon y daba un profundo sorbo. -Vaya, chico, te gusta iniciar el día con fuerza ¿no?
-No es nada-. Contestó Jon sin arrepentimiento.
-Estas son las opciones-. Siguió Guillermo. -Quiero que te tomes un descanso y te vayas de la ciudad hoy mismo si es posible, donde yo me llegué a enterar que sigues encerrado en tu apartamento yo mismo voy y te mato. Quiero que vayas a un país más pobre que el nuestro, o a las playas o a donde sea y te cojas tantas putas como para quedar impotente, eso es cuestión tuya. Eso sí, cuando regreses quiero ver al mismo Jon que llegó a esta oficina pidiéndome trabajo, hasta que no te repongas no te quiero acá.
- ¿Y la segunda opción? -. Contestó fríamente Jon luego de una pausa.
-Debo confesar que, aunque esperaba que adoptaras la primera opción, necesito a alguien bueno en su trabajo-. Guillermo se levantó y buscó entre unas carpetas una en especial y se la entregó a Jon. -Necesito que hagas una investigación, es sobre un grupo religioso con comportamientos extraños. Según lo que hemos podido encontrar son muy reservados entre sí y se ocultan tras fachadas.
- ¿Hacen sacrificios o algo así? -. Contestó Jon mientras observaba las imágenes mal tomadas de gente cubierta hasta la cabeza con ropas oscuras y velos negros.
-No, por supuesto que no-. Contestó Guillermo mientras reía. -Claro que no, nada de eso. Solo queremos saber quiénes son, qué quieren y por qué se están instalando en la ciudad. Si tienen algo oscuro quiero que lo registres, sino no hay problema, hablaremos bien de ellos. Solo que son gente muy rara y a penas lo único que tenemos es un testigo que estuvo en una de las Células, como ellos le llaman, que es como la puerta de entrada.
-Bueno, a mí nunca me ha parecido que alguien reservado tenga pensamientos necesariamente buenos-. Contestó Jon mientras cerraba la carpeta. -Lo haré, me pondré en esto desde hoy. Que se jodan las chandas callejeras.
Guillermo miró con pesar a Jon mientras se colocaba de pie.
-Hubiera querido que reconsideraras la oferta de las vacaciones-. Mintió Guillermo con cortesía.
-No soy de quedarme quieto-. Contestó Jon mientras salía de la oficina. -Además a mí esposa no le gusta que me vaya por ahí a vagabundear.
Guillermo observó con preocupación a Jon mientras salía y se sentaba en su cubículo a trabajar. El chico se veía demasiado normal, pero tras su ultimo comentario era posible que en serio necesitara el descanso que le había ofrecido.
Por su parte, mientras Jon se sentaba en su cubículo se reprochó a sí mismo por ese mismo ultimo comentario. Que imprudente y salido de tono había sido, a ellos no les importaba sus problemas familiares. Además, desde el accidente, Jon le había prometido a Paula que no le hablaría de ella a nadie, la gente no solía comprender a los enamorados y mucho menos la relación tan complicada en la que estaban.
Después de buscar por internet todas las referencias que necesitaba y de acabarse el termo lleno de licor, Jon noto que era demasiado tarde y se levantó con velocidad para dirigirse a casa. Alla estaría su esposa, tal vez desnuda en la cama esperándolo, tal vez en la cocina lo esperaría reprochándole su descuido con los desechos o probablemente tendrían una pelea por su adicción al trabajo. Nada importaba porque ahora estaba feliz y sabía que ella estaría allí.
Jon condujo con velocidad, pero sin llamar demasiado la atención. El dolor de cabeza regresó, pero no quiso tomarse ninguna de las pastillas que había comprado porque a Paula no le gustaba que él las tomara. Por su parte, abrió la botella de Vodka y la fue bebiendo mientras subía los cuatro pisos del pequeño edificio donde se quedaba. Jon tocó a la puerta y desde más allá la hermosa voz de su esposa que nunca cambiaba le respondió.
-Acá estoy, amor, pasa que estoy ocupada-. Le contestó su mujer.
Jon abrió la puerta con velocidad emocionado por verla después de un largo día de trabajo. Paula, quien estaba lavando los platos represados de días atrás levantó la esponja y de sus manos se escurrió la espuma hacía su antebrazo. Su cabello estaba recogido en una cola de caballo y su ropa se apretaba en el delantal mostrando su hermosa figura. No era demasiado alta, pero era realmente hermosa.
Jon se sentó sobre el sofá y mientras bebía a grandes tragos de su botella de Vodka, revisaba con mayor detenimiento las imágenes de la carpeta que su jefe le había entregado en la mañana. Los comportamientos que aquella gente parecían extraños. Evitaban comer carne, no iban a sitios concurridos y cubrían por completo su cuerpo. Su credo, según una búsqueda rápida, no estaba registrado en las oficinas del gobierno y no tenían una sola página web para la información de los aspirantes. El único cabo suelto que parecían haber dejado era un joven drogadicto internado en un sanatorio que alegaba haber estado allí y apenas salir con vida.
-Amor, ya es muy tarde, vamos a dormir-. Paula lo abrazó por la espalda mientras tomaba un sorbo de la botella casi vacía. -Curiosa vestimenta la que usa esa gente.
-No te puedo contar nada de ellos, es una nueva investigación que me asignaron el día de hoy-. Respondió Jon.
-No es como que mañana ellos ya no vayan a estar si no te trasnochas-. Paula lo levantó del sillón y lo llevó hasta la habitación.
La cama continuaba destendida y la pila de desechos se acumulaba aún en la cocina, pero Jon no era capaz de reprocharle nada a su esposa por el temor de que ella lo dejara de nuevo. Ambos se recostaron y después de una larga sesión de besos y abrazos estuvieron hasta tarde teniendo la intimidad de la que no todos los matrimonios se pueden jactar de tener.
El despertador de mesa resonó en la habitación produciéndole una fuerte jaqueca que lo obligó a ponerse de pie en seguida.
Ahí estaba todavía Paula, desnuda y con aquella sonrisa que nunca envejecía. Ne nuevo la habitación yacía a oscuras y Jon se levantó evitando despertar a su mujer. después de buscar a tientas el café y de no encontrar más que los granos rancios del día anterior, se decepcionó de encontrar los trastes asquerosos de la grasa acumulada de varios días. Abrió las cortinas y la luz entró de nuevo mostrando la carpeta con las fotografías del Culto.
El sonido del teléfono perturbo la escena mecanizada en la que Jon no fue inmune a maldecir por el corte de la paz.
-Diga-. Contestó con molestia Jon.
-Hola, Jon, soy yo-. La voz de Nancy, la madre de Paula respondió al otro lado de la línea. -Perdona que te llame a esta hora de la mañana, es solo que no puedo creer que ya haya pasado un año.
Jon se quedó en silencio y escuchó a la mujer que estaba a punto de romper en llanto.
-Perdona que te llame, Jon, pero siento que eres la única persona que puede comprender lo que yo estoy sintiendo ahora-. La voz de la mujer se cortó entre lágrimas, pero no paró de hablar. -No puedo creer que mi hija lleve ya un año de muerta, yo la amaba con todo mi corazón, y ella te entregó a ti el suyo.
Jon se mantuvo en silencio, inexpresivo a las palabras de la anciana que continuaba llorando al otro lado de la línea.
-Me siento tan sola, Jon, no puedes creer lo mal que me siento-. Continuo Nancy. -Esta mañana madrugué muy temprano en la madrugada a visitar su tumba, aún no me creo que ella esté allí enterrada…
No tenía sentido seguir escuchando a aquella mujer, ella no hablaba con Jon, hablaba consigo misma y él ya se había cansado de ello. Quería a la anciana como si fuera su propia madre, pero no por ello quería seguir escuchando sus palabras. Jon se levantó y caminó a su habitación esperando que Paula siguiera allí acostada, durmiendo y con sus mechones de cabello n***o en la cara. Esperaba que ella estuviera allí con aquella pose tan obscena que siempre solía poner. Dudó en abrir el picaporte, pero no podía seguir escapando de él mismo.
Cuando la puerta se abrió de par en par la cama estaba vacía, el baño estaba vacío, la sala estaba vacía y la cocina estaba vacía. Jon estaba completamente solo en el apartamento, se dirigió al teléfono donde Nancy continuaba con su monologó y lloró.