Los primeros dos días de viaje, lo hicimos a todo galope, solo paramos un par de veces por la noche para que los caballos descansaran y bebieran agua, de otra manera no podrían seguirnos el paso. Pasado el tercer día, procuramos descansar bajo la carpa al medio día, el fuerte sol y el calor ayudaba a distorsionar la vista sobre la arena y podíamos pasar inadvertidos, de esta manera los caballos también se echaban a nuestro costado y podían reponer fuerzas para poder avanzar a todo galope desde el ocaso hasta el amanecer, cuando la oscuridad nos podía cubrir. Para el cuarto día, yo estaba muy cansada, casi no había dormido ni comido, pero no quería parar, tenia tanto miedo de que los dragones nos dieran alcance y se llevaran a Yuvén, que de alguna manera me daba fuerzas para continuar. Por

