Kaled y yo nos miramos. Azana aplaude y sus maravillosas alas vuelven a mostrarse, apenas unos segundos, antes de que vuelvan a desaparecer. La expresión de sufrimiento por los cambios en el rostro de Kaled me sacude. —Basta —exijo. —Mátala, Kaled. Te ayudaré a redimirte, sé que ya lo has pensado —se jacta, su risa se escucha lejos y cerca, sigo sin encontrarla. —Mentira —niega Kaled, poniéndose de pie—. Deberías estar en el infierno. Invoca su daga y me mantiene presa entre la pared del faro y su espalda. Me aferro a su camiseta. —Tú también, ángel pecador —susurra la bruja, el viento sopla y es como si se tratara de su aliento, hace que mi piel se erice—. ¿Crees que no puedo ver lo que hiciste? ¿Lo que todavía quieres hacer con ella? El deseo te enloquece, por eso es que los ángel

