
Hosanna Benedetti tenía tres años cuando su mundo ardió.
No recuerda el olor a pólvora. No recuerda los gritos. Solo recuerda unos ojos oscuros mirándola desde las sombras… y la decisión de no apretar el gatillo.
Nunca supo quién fue ese hombre.
Nunca supo por qué la dejó vivir.
Pero desde esa noche, sin saberlo, su destino dejó de pertenecerle.
Criada por una familia de apellido impecable y secretos más sucios que el dinero que los sostenía, Hosanna aprendió a moverse en silencio. A no hacer preguntas. A sonreír en las cenas correctas y mirar hacia otro lado cuando los hombres correctos desaparecían. Aprendió, sobre todo, que en ese mundo hay cosas que es mejor no nombrar.
Pero hay algo que nadie le enseñó a ignorar: la sensación de ser observada.
No es paranoia. Es certeza.
Alguien la ha seguido durante años. Ha borrado amenazas antes de que ella las notara. Ha esperado, con una paciencia que solo puede nacer del deseo o de la obsesión, el momento exacto.
Porque Hosanna carga con algo que no pidió y que no comprende del todo. Un peso que los demás ven en ella sin que ella pueda verlo en sí misma. Un secreto que ha costado vidas. Que sigue costándolas.
Las Lágrimas de Veles.
Solo pronunciar el nombre hace que los hombres bajen la voz.
El hombre que la reclama tiene un nombre que se pronuncia igual: en voz baja.
Saulo Di Marzo.
Capo de La Corona Nera. Catorce años mayor que ella. Construido de violencia y silencio, de decisiones que no admiten arrepentimiento. Un hombre que no persigue lo que desea porque, para él, perseguir implicaría la posibilidad de no alcanzarlo.
Saulo no persigue. Toma.
Y cuando finalmente aparece en la vida de Hosanna, no llega como una amenaza. Llega como algo mucho más peligroso: como alguien que ya sabe todo sobre ella. Sus miedos. Sus secretos. El nombre de la persona que más ama en el mundo.
Lo que Hosanna no sabe aún es que ese hombre no es un desconocido.
Es el mismo que estuvo presente la noche en que todo ardió.
El mismo que la miró desde las sombras.
El mismo que eligió no apretar el gatillo.
El que la salvó… es el mismo que ahora la reclama.
Y en el mundo de Saulo Di Marzo, el amor no es algo que se pide.
Es algo que ya estaba decidido hace mucho tiempo.

